La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 14 de marzo de 2014

El sueño de la Valquiria, por MARCELO MIRANDA RIVAS.

Caía la noche y la batalla languidecía. Se trataba del crepúsculo de los tiempos, y la neblina amortajaba con su tenue manto los miles de cadáveres de guerreros caídos en pos de un ideal. Los árboles del bosque de Niflheim ardían lastimosamente desgajados por la ira y la sed de venganza, y las rocas del hogar de las tinieblas chorreaban la sangre del caído; sangre de orgullo, de lucha por la supervivencia, de amores perdidos y horrores consumados. El enfrentamiento ahora se encontraba a escasos cientos de metros de allí, allá en donde el Caos adquiría su magnánimo sentido, las tierras de Odín.

Caminando entre los vapores de la guerra, del dolor y la desgracia, se encontraba Hilda, dísir de Freyja, comandante de las valquirias. Hilda llevaba eones sirviendo a su señor Odín, recogiendo los cadáveres y elevando las almas de todo guerrero valeroso digno de luchar, algún día, junto al mismo en la batalla del fin del mundo. No era sencillo, mas escrutaba el escenario y las virtudes que contenía, recogiendo del sueño de la muerte a los elegidos. Sin embargo, hoy esa noche era aquélla, los heroicos acerados habían caído por segunda vez, y los chasquidos de hueso y de metal componían el tan anunciado réquiem de los tiempos. Su rival, no otras sino las fuerzas del Caos.

Aquel ocaso vagaba sin rumbo entre los árboles, su túnica teñida de sangre arrastraba la melancolía y el temor. Acababa de presenciar como convidada de piedra la mayúscula oscuridad en la expiración de uno de aquellos guerreros. Sucedió, surgió de la nada y el tiempo se detuvo para él. Se trató de una caída fría y seca, desprovista de todo. No hubo tiempo para pensar, el Caos —o la guerra— no lo permitió. Cayó a los pies de la valquiria, sin tiempo de hacer o decir nada más. Era curioso, durante el intangible devenir de los años había rescatado del olvido a todo aquel merecedor del título “servidor de Odín”, y ahora se percataba de que su deber había concluido. En su mente fluían las imágenes, recuerdos e ideas fundidas en la amalgama de la duda y el ensueño. Se preguntaba por el paradero de sus compañeras Sigrún y Brynhildr, conocedoras de los hechizos de la victoria. Las había perdido de vista días atrás, y ahora se encontraba sola ante la barbarie; distinto final en aquella ocasión, se decía.

Esa noche aparentaban pugnar dos visiones del mundo, luz u oscuridad, libertad frente a tiranía, quedando atrás todo lo demás. ¿Era esta simple reducción su concepción de la guerra? ¿Servía ante esta batalla final que a sus ojos estremecía? Pese a haberla sobrevolado en infinidad de ocasiones, de haberla contemplado, olido o tocado, las palabras dolor y muerte nunca habían significado para ella más que pasión y lealtad. De fondo seguía sonando la cruel melodía de la batalla, e Hilda continuaba al margen de todo aquello, sólo un dios la podría hacer descender a la fétida realidad de vísceras, aullidos y muerte que la rodeaba, pero ya no quedaban dioses. Habían caído entre sus súbditos en cruel alegoría fraternal. Creía estar ya por siempre condenada a la etérea sensación de abrazar una realidad que se le escapaba. Hasta entonces, dicha condición era inherente a sí misma, nació así. Sin embargo, sin referentes más allá del recuerdo de una vida de servicio, la existencia se le antojaba harto difícil.
Entre paso y paso advirtió un rostro familiar. Era Freyja, lánguida y sin vida. Su cadáver había sido ultrajado por la sed de venganza, y la gélida mirada que devolvía se acababa por perder en el oscuro infinito de la muerte. Al fin pareció comprender. Los guerreros y hasta ellas mismas no luchaban por un ideal superior, ni por lealtad, la fría piel de su comandante se lo había mostrado. Era la noche de los tiempos, santo dios. Como meros humanos, todos sin excepción habían mandado su ideal al cuerno. Simplemente, sin dioses que los dirigieran, con Odín vencido, el crujido de los cristales rotos, y sin más razón por la existencia que su propia vida, les resultó difícil seguir soñando. Tomaron conciencia, eso es todo.

El recuerdo de lo sucedido clavaba su mirada a través de las estrellas, fijando su alma, y la de todas sus compañeras a cada una de ellas, como tratando de agarrarse a un infinito en donde se encontraría con Odín. Pero Hilda lo sabía, ya era consciente de ello apenas sí pisó aquella región. Sabía que en algún momento volvería sobre sus pasos y, caminando entre la destrucción, dejaría a un lado a los guerreros rescatados, y a Freyja, y a sus compañeras, y hasta a la valquiria que un día fue. Y habiendo llegado el momento, en la frontera entre la duermevela y la ensoñación, la guerra pareció detenerse y solo quedaron en el cielo unas pocas nubes blancas livianas. Hilda tomó el filo de acero de Valhalla que por nombre respondía Boreal, y enfiló su último Destino. Atrás quedaron las dudas, todos la mirarían cuando se encontrase frente al Caos. Los siglos de cosecha auguraban el sello de la Historia.

Deseó que todo hubiera terminado ya, mas empuñando la “emisora de auroras” se adentró en la niebla. No quedaba sino vencer, o morir.     


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