La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 14 de noviembre de 2014

Los encuentros cibernéticos (La primera cita por Internet), por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN

Pintura de Vladimir Kush


“Aquí vemos que la adolescencia, 
en especial las señoritas, 
bien hechas, amables y bonitas 
no deben a cualquiera oír con complacencia, 
y no resulta causa de extrañeza 
ver que muchas del lobo son la presa. 
Y digo el lobo, pues bajo su envoltura 
no todos son de igual calaña:
Los hay con no poca maña, 
silenciosos, sin odio ni amargura, 
que en secreto, pacientes, con dulzura 
van a la siga de las damiselas 
hasta las casas y en las callejuelas; 
más, bien sabemos que los zalameros 
entre todos los lobos ¡ay! son los más fieros.”

“La Caperucita Roja” Charles Perrault  (1628-1703)


El amor, como el café, hay que tomarlo a pequeños sorbos, ya que si no es así no hay cuerpo que lo resista. Al igual que el café instantáneo pierde cuerpo y aroma, el amor poco hecho, deja el ánimo revuelto y una sensación de fraude.
Yo no soy bebedora de café, por lo tanto, no es mucho lo que puedo decir sobre el mismo. La última vez que probé sus efectos, me dejó el estómago en un puño y los nervios destrozados, pueden creerlo, con el amor me pasa lo mismo.
Hoy día la inmediatez está servida, aprietas un botón y cambias el canal de la tele en un segundo, puedes calentar la comida en el microondas en un plís plás, subes o bajas de la planta del un edificio a otra, una máquina expendedora te sirve bebida, comida o tabaco al momento, tan sólo con pulsar un simple botón.
Fue también apretando un botón, el del ratón del ordenador, cómo conocí a Olasyespuma. Coincidimos en un chat y su nick me llamó la atención casi al instante. Tal vez porque me vino a la memoria la imagen de un anuncio, de algo que tenía  el frescor salvaje de los limones del Caribe. En seguida visité su perfil y vi la foto de un hombre atractivo, de mirada  profunda por encima de las gafas, que le daban ese toque intelectual irresistible, y un encantador hoyuelo en la barbilla.
Olasyespuma, 50 años, ojos azules, complexión fuerte, de profesión empresario, separado, amigo de sus amigos, independiente, soñador, muy romántico. Leí de un tirón, aunque me preguntaba qué tenía de extraordinario ser amigo de los amigos, me detuve en los dos últimos calificativos para regresar de inmediato al hoyuelo en la barbilla.
Después de dos tardes de conversación virtual, en la que mis dedos volaban sobre las teclas, poseída por la febril curiosidad que me caracteriza y mi desbocada imaginación, concertamos una cita. El lugar de encuentro elegido era la cafetería Titanic de mi barrio. Más tarde caí en la cuenta de que una primera cita en un lugar llamado así no podía augurar nada bueno.
Me arreglé y perfumé primorosamente y hacia allí me dirigí casi en volandas, sin apearme de la nube que yo misma me había fabricado hacía tres días escasos. Conforme iba acercándome al lugar acordado, vi a lo lejos la figura de un hombre apoyado en un Peugeot 406, ese modelo que siempre me había horrorizado por asemejarse a un coche fúnebre. Allí, estaba encallado un tipo de unas proporciones tales, que en nada hacían evocar sustantivos tan dinámicos como las olas, o tan ingrávidos como la espuma. Mi primer impulso fue retroceder, pero viéndome dudar, me escondí tras un contenedor de la basura cercano.
¡Venga! ¿Qué te pasa –me decía- tú siempre has alardeado de ser una mujer espiritual ¿Ahora vas a discriminar a una persona, tan sólo porque  su aspecto exterior no encaja con la imagen del caballero andante que te has forjado?
Luego pensé que quizá me equivocaba y que aquel señor, después de todo, tal vez no era la persona con la que había quedado. Me recompuse y continué el trayecto hasta llegar. Pues sí, cuando me disponía a entrar en la cafetería haciéndome la despistada, el hombre me llamó
-          ¡Hola! Perdona, tú debes de ser Claudia…
-          Sí  ¿Tu eres Olasyespuma?
-          El mismo –respondió mientras me desnudaba con la mirada- pero me llamo Juan, Juan Valdés.
Juan Valdés, como el del anuncio del café…, pensé.
-          Yo  en realidad me llamo Verónica
-          Bonito nombre.
En efecto, era él. Allí estaban las gafas, unos ojos de un azul imposible y el hoyuelo en la barbilla. Aunque del pelo negro de la foto del perfil, apenas quedaban algunos mechones intercalados entre las canas.
Una vez instalados en una mesa apartada de la cafetería, pedimos dos cafés instantáneos, y hablamos largo rato entre risas de temas variados, sobre todo él, no se podía decir que el hombre no tuviera tema de conversación. Aprovechando que alargué la mano para coger una servilleta, él la tomó entre las suyas y me la sostuvo  durante unos segundos. Yo lo miré sorprenda, entonces me guiñó picaronamente y pude ver espantada que un extremo de su iris celeste se tornaba marrón al  mover del ojo ¡Llevaba lentes de contacto de color!. Disimulé como pude mi sorpresa, pero al volver la vista a las manos bronceadas que aprisionaban la mía, especialmente la mano derecha, pude advertir la señal blanca de un anillo en su dedo anular. Él debió notar la descomposición en mi rostro porque se disculpó diciendo que tenía que ir un momento al lavabo… ¡qué consternación! Una vez que había entrado al servicio, decidí seguirlo y entré en el de señoras. Los WC de señoras y de caballeros  de la cafetería Titanic, tan sólo están separados por un tabique que no se alzan hasta el techo, por lo que se podía escuchar cualquier ruido, ventosidades incluidas.
Pude oír con claridad la conversación telefónica que Olasyespuma mantenía al otro lado a través del móvil.
-          ¡Hola mi vida!, te llamo para decirte que hoy llegaré un poco más tarde…, sí mi amor, estamos haciendo balance en la oficina y el jefe amenaza con fastidiarnos hasta el fin de semana. Sí, entonces ¿te encargas tú de recoger a los niños? ¡Gracias cielo!...
Salí de la cafetería haciendo el menor ruido posible, antes que Olasyespuma, ahora transformado en Juan Valdés, regresara a la mesa, por supuesto sin despedirme. Me escabullí por una calle muy transitada, sin atreverme a volver la vista. Comencé a sentir en el estómago los efectos del café. Mi ánimo, a duras penas, rescataba sin remedio los restos de aquel naufragio.









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