La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

jueves, 29 de mayo de 2014

Presentación del poemario "Recuerdos y coordenadas" de Custodio Tejada, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN

     

Recuerdos y coordenadas es una carta de navegación por los laberintos de la memoria, donde la infancia va marcando un sendero de luz reveladora. Es en la infancia cuando el alma se impregna de experiencias y emociones que determinarán la manera en que afrontamos la vida. En esas vivencias participan de igual modo, tanto las personas que nos rodean, los lugares, como las circunstancias en que se desarrollan. A lo largo de nuestra vida, especialmente en la edad madura, habremos de desandar el camino buscando los recuerdos, porque al encontrarlos, si estos son agradables, nos sentiremos acunados y confortados. Si por el contrario no lo fueran, también hallaremos la fuerza para combatir a los fantasmas y en ambos casos para comprendernos mejor como personas.
En el poema titula Introito, el poeta dice:

Es cierto que una parte de mí
se quedó intacta en aquella cueva del tesoro,
esperando que algún día,
mi alma regresara para habitarla de nuevo con agallas.

    La niñez reside en cada uno de los versos de este poemario, cada poema es un santuario que atesora los recuerdos de la infancia. El tiempo es un perito que va trazando las coordenadas, esas que la memoria recorrerá con cada lectura.
Recuerdos y coordenadas es un cordón umbilical de palabras, la raíz que alimenta la añoranza de aquellos días, que el poeta ha conseguido desempolvar.
La infancia es un eco que nunca se extingue, es un crisol de emociones donde las cosas nos parecen más grandes, singulares y luminosas, casi mágicas. Con la edad se va haciendo pequeñas, múltiples y banales. Sólo la creatividad, si es que tenemos la sabiduría de potenciarla, puede en muchos casos modificar esa percepción y hacerlas de nuevo especiales, marcando nuestra experiencia, ayudándonos a componer este complicado  puzle que es cada vida humana.
Dice Custodio:

Nuestra memoria es un rompecabezas
al que le faltan piezas
Y le sobran despedidas.


          La poesía de Custodio Tejada en este nuevo poemario nos invita a encontrar nuestras propias coordenadas, cada poema es un detonador de sinestesias que desata en el lector el nudo de la añoranza, Recuerdos y coordenadas huele a junco y alameda, sabe a melocotones y a miel de caña, tiene la luz de la nostalgia, Purullena y la vega de Guadix laten en él. Recordar sí, para después levar el ancla, pues el tiempo apremia o como dice el título de otro poema: Cronos se frota las manos.

Cronos se forta las Manos

Cuando miras atrás,
el ocaso envuelve con barniz de anticuario
las pertenecias que una caja fuerte custodia
con delicadeza de relojero.
El tiempo jamás demora la vida,
en todo caso la devora como Saturno
y luego la escupe sujeta en un sudario.
Las huellas que el destino deja sobre la piel
marcan una ruta de viaje hacia lugares
que ya no encuentras en los mapas,
que sólo existen en la memoria,
que tanto tienen de uno ahora mismo.
Crecer es tomar conciencia 
                del tiempo,
                       del cuerpo,
                                de una época.
Crecer es sentir el choque de las horas sobre tus sienes
y conservar entre las manos el impulso de los afectos
y el tacto del equipaje. 
El resto de la carga
es un espejismo que nos contaron
y que nosotros dimos por válido
sin hacer demasiadas preguntas.
Pequeñas teselas cuidadas 
que forman  un mosaico antiguo
de un dios ingenuo que vive de su pasado.

(del poemario "Recuerdos y coordenadas")


sábado, 24 de mayo de 2014

Alarcón de nuevo se limpia de polvo las botas, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN



Hoy, día 24 de mayo de 2014, ha tenido lugar un acontecimiento plenamente alarconiano, y digo plenamente alarconiano, porque al igual que en el romancillo del Corregidor y la molinera, se nos ha metido alguien en el lecho nupcial del molino, mejor dicho, nos lo han metido.  Sorpresivamente, más para unos que para otros, un grupo de teatro de Baza que no voy a nombrar porque sólo se han limitado a hacer su trabajo, y cobrar, naturalmente todo trabajo se paga,  ha representado diferentes fragmentos de obras de Pedro Antonio de Alarcón, contratados por la Delegación Provincial de Educación de la Junta de Andalucía para el Centro de Profesorado de Guadix.  A horas tempranas, serían las nueve y media, en plena plaza de las Palomas o de los corregidores; en este caso vamos a llamarle con este último nombre, porque la ocasión lo requiere, se representaba “El capitán veneno”.  Felicito al grupo de teatro, que aunque es aficionado, ha estado digno, aunque todo hay que decirlo: A la moza, Angustias, le faltaba salero y al Capitán algo más de veneno.  Si la cita era para el profesorado de Guadix, al menos yo allí no he visto a muchos, y si era por lucirse ante el mismo consistorio municipal ¿A qué tanto secretismo? Pensando en que mañana estamos en plena jornada electoral y que hoy es el período de reflexión en que la campaña ha terminado, tampoco tiene mucho sentido.
Pero en fin ¿A dónde quiero llegar contándoles todo esto? En primer lugar, es desalentador ver cómo Guadix y sus profesionales del teatro, se queda siempre en la trastienda, pues la prueba está en que contratan grupos de fuera para darnos a conocer un personaje tan accitano como lo fue Pedro Antonio.  Con la crisis que hay y el desempleo tan mastodóntico que asola Guadix, nos traen un grupo foráneo para mostrarnos nuestro patrimonio cultural. Mientras en Guadix, el tejido teatral se deshace cual pavesa del cañón del Carbonero alcalde. Una noble ciudad que debería hacer ondear la bandera del teatro; pues es cuna de uno de los más grandes dramaturgos del panorama literario del siglo de Oro y que cuenta con profesionales sólidamente formados, tiene que ver cómo traen de fuera un grupo amateur (y perdonen el termino) nos muestra la obra de nuestro Pedro Antonio y encima invierten el dinero fuera ¿Qué es esto…?.
Y es que la política, tal como funciona en la actualidad, lo emponzoña todo y no mira con amplitud, pues su visión está proyectada en una sola dirección, apuntarse un tanto. ¿Por qué aun no hay una Escuela Municipal de Teatro? Si hay una Escuela Municipal de Música, a pesar de que ya hay  un Conservatorio ¿Por qué no se crea una Escuela Municipal de Artes Escénicas? ¿Qué sí la hay? ¿Existe un Aula Municipal de teatro? Yo no he visto la convocatoria para seleccionar al profesor/a…, aunque uno se entere por ahí de que algo se está cociendo, y el tocino del puchero no haya sido elegido en pública convocatoria e igualdad de oportunidades. Sí señores, esto sigue siendo El baile de la Rifa, aquí baila con la moza quien más pague. Es sencillamente El escándalo de una casta política cuyos actos van dirigidos a agarrarse con fuerza a la teta del poder y no soltarlo, a costa de lo que sea.

Y qué hacemos los accitanos ¿Cómo nos sacamos El clavo? ¿Seguimos aceptando pasivamente todo lo que hagan con nosotros, o nos pronunciamos para que de una vez esta ciudad deje de ser La pródiga

domingo, 18 de mayo de 2014

A modo de “eprílogo”, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN.



No hay teoría, simplemente escucha. La fantasía es la ley.


Bajo el título Oscuro parentesco, Eduardo Moreno nos presenta esta antología de relatos urdidos con las hebras de la fantasía terrorífica. En ellos, la luz y la sombra se entremezclan para crear esa atmósfera onírica tan característica del autor albaceteño. Durante su lectura, la tensión se insinúa al inicio como un presentimiento, que se precipita y hace patente en cada final, siempre impactante. La inquietud es el sonido apenas perceptible de la gota que un grifo averiado va dejando caer hasta anegar la superficie en que vierte su frío pálpito.
Relatos como La hija de Molinari  o El pozo amargo, son una auténtica alegoría de la pasión y el deseo, cuyas raíces se alimentan de la trasgresión. Ambos están tan cargados de simbolismo que harían sonreír al propio Freud.
En El figurante y Mala caída, dos cuentos extraordinarios —en el amplio sentido de la palabra—, es donde mejor puede rastrearse el germen de la angustia y el suspense. El tiempo parece detenerse y, a la vez, expandirse en el transcurso de la historia; la atmósfera se espesa y se enrarece hasta tornarse grasienta, opresiva, irrespirable.
La isla Dorada y La ofrenda de Pakal, más cercano al relato de aventuras el primero, y al de la ciencia-ficción el segundo, nos sumergen en escenarios insólitos y misteriosos, inspirados en la Historia y la Mitología. Escritos con la maestría de un alquimista del lenguaje, nos envuelven en un cosmos de exotismo, de arcanos fascinantes.
            El relato que da nombre a la obra, Oscuro parentesco, bebe de un pensamiento filosófico: el nacimiento y la muerte forman los dos polos de todas las manifestaciones de la vida. Las luces y las sombras no son la una sin la otra; no existe gozo sin pena de contrapeso. Por eso, el título escogido no puede ser más acertado.
Querido lector, tienes la suerte de tener entre tus manos un libro que propone infinitos viajes. Con él, has adquirido un pasaje hacia rutas desconocidas. Deberías estar inquieto, pues ¿quién no se estremece ante lo desconocido?

Carmen Hernández-Montalbán.



miércoles, 14 de mayo de 2014

Elementos, por ANGEL PÉREZ URETA



—¿Nunca os habéis preguntado por qué de vez en cuando sentís como que vuestro corazón arde cual la más intensa de las hogueras, que vuestro pensamiento fluye como el agua en calma, que vuestra convicción es férrea como la tierra, o que vuestro ánimo se alza como el viento huracanado? Eso, descreídos, es porque no sabéis nada acerca del misterioso secreto de los Cuatro Elementos.
Esa era la letanía que una y otra vez repetía aquel cansado y doblado viejo como los juncos al viento cada vez que alguien se acercaba a su mísero cartel que rezaba con letra tan torcida como su espalda: “Maestro de Secretos revela arcano del Universo a cambio de comida”. Cuentan que alguno de los incautos que decidió quedarse cerca de su verborrea incesante pudo descubrir un lejano brillo en su mirada cuando el vagabundo hablaba de los tiempos anteriores a la Oscuridad, antes de que unos pocos apresaran la palabra y los Cuatro fueran ocultados al mundo en nombre de la sagrada fe.
Según decía mientras movía sus manos con fuertes aspavientos, como gritando a un enemigo invisible que sólo él veía en la puerta de aquella vetusta iglesia, la Verdad revelada de fe, había robado con alevosía las otras Verdades sobre el mundo. El anciano contaba a todo aquél que le quisiera escuchar, que cuando era un niño en su aldea en el Norte, el Hombre-Cuento del lugar les enseñó a honrar a los Cuatro Elementos, pues «gracias a ellos es que existimos y vivimos esta vida, que no somos almas presas en este valle de lágrimas, no somos hijos de la pena sino del amor». Según relataba a los niños del pueblo, en el principio de los tiempos, desde las cuatro esquinas del Universo, surgieron cuatro seres: Fuego era un torrente rojizo, abrasador, que hacía que todo se pusiera en movimiento a su paso, pero que si permanecía demasiado cerca de algo, lo consumía hasta tornarlo cenizas. Agua era un dulce y errático ser que no lograba encontrar sitio donde contenerse y fluía en el vacío de un sitio a otro. Tierra era un lecho inmóvil y yermo, deseoso de crecer y florecer, y Viento era un aullido perdido en el tiempo y el espacio. Estos cuatro seres estaban rotos y perdidos, y cada uno, por distintos motivos, fue acercando su vagabundear hasta los otros, como si el Destino así lo hubiera querido; así, Fuego conoció a Tierra y la sedujo de tal forma que ella ardió por los cuatro costados, y su resquebrajado ser se incendió y abrió, dejando por siempre dentro de su corazón a Fuego, haciendo de su latir uno sólo. Agua, al ver a la humeante y herida Tierra, se vertió sobre ella para calmar las heridas que la pasión con Fuego le había provocado. Fue tan curativa la presencia de Agua que, gracias a ella, floreció una nueva piel en Tierra llena de verdor y color; de las profundidades de Agua, pequeños seres empezaron a tomar forma de esa mágica amalgama que se había creado por el crisol de los elementos más suplicantes. Parecían gemir y necesitar algo más, su llanto llegó hasta Viento, que era el único capaz de escuchar y trasmitir las voces, y al sentirlo, la creación estuvo completa y tomó su primer aliento de vida.
En la aldea del anciano mendigo, era tradición honrar a los Cuatro Elementos, respirar a padre Viento, saciar la sed con madre Agua, cultivar a madre Tierra y calentarse con padre Fuego. Todo giraba en torno a ellos. Cuando un nuevo niño nacía en la aldea, se encendía un gran fuego en su honor, se le daba su primer baño para que madre Agua lo conociera, se le dejaba secar con la caricia del Viento, y se le posaba en un lecho terroso para que sintiera el abrazo de madre Tierra.
La cansada voz del anciano se casca al recordar esos tiempos ingenuos, antes de que el Progreso viniera montado en odio y acero para borrar del mapa la existencia de su aldea. Ahora es el último de los Hombres-cuento, el último sabio que queda para contar la historia secreta que hay más allá de la venda que todos portan. Nota que sus fuerzas llegan a su fin y la congoja se apodera de su corazón, pues ni tan siquiera recibirá el último adiós de los suyos, y cuando su voz calle, nadie recordará a los Cuatro Elementos.
—¿Podrías contarla otra vez, por favor?
Consternado, el anciano observó que una niña con ojos color tierra se había quedado a su lado, cuando el resto le habían abandonado en su diatriba hacía tiempo, sepultando sus mentiras con el tañer de las campanas.
—Yo también quiero oírla. —En esta ocasión le habló un joven de encendido cabello pelirrojo como el Fuego.
Otra joven con un vestido azul se sentó sin decir nada, mientras que un joven de aspecto desaliñado se quedaba colgado de un alfeizar como un halcón, en tanto el viento movía sus ropajes.
Una sonrisa aflora mientras el viejo vuelve a entonar la balada sobre los Cuatro Elementos: al acabar, las sinceras sonrisas de los niños y su abrazo lo envuelven.
Poco más que consternación hay sobre el misterio de la puerta de la iglesia. Según cuentan los testigos, el mismísimo Dios, o el Diablo, vino a encargarse de ese loco vagabundo. Unos dicen que su cuerpo ardió de pronto como una tea cubierta de brea; otros que la tierra se abrió y lo enterró; otros, que una bandada de pájaros bajó del cielo y lo devoró, e incluso hay quien afirma que el vagabundo se transformó en un haz de lluvia y se alejó de la ciudad, corriendo como un río hasta que llegó al Mar. Pese a lo insólito de estas declaraciones, todos coinciden en una cosa: la gran sonrisa de paz que el rostro del vagabundo tenía antes de dejarse llevar.




ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 12, 15 de mayo de 2014 "Los cuatro elementos"



Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN 2340-8634



SUMARIO



Portada, por NURIA HERNÁNDEZ.



ARTESANÍA: 

Los elementos en Diademas sin fronteras, por CAROLINA FERNÁNDEZ.


PINTURA:




ARTÍCULOS:




RELATOS: 






POEMAS: 





















Las semillas del amor, de LUCÍA NIETO OLIVER.



Mis semillas,
en el corazón de mi tierra;

La tierra que me vió nacer,
palmo a palmo,
entre charcos y alegres paisajes.

Y con mi barco velero,
voy hacia la orilla del mar
paseo bajo cataratas cristalinas,
Y canto más que llanto,
que la lluvia arrasará.

Pues de lava y fuego
ya he conocido,
negra como el carbón
enojado y enrojecido…


Y mis alas escondidas,
que vuelan frente al sol,
ven a volar conmigo,
por encima de las nubes,
con el aire por camino.


Génesis, por Dolors Lluy



Cuando llega el deseo
la piel se convierte en camino pedregoso,
que no va a ningún lugar,
pero llega a todas partes.

Cuando el placer explota,
la carne se abre en mis pedazos,
y se convierte en mar, tierra
brasa y aire.

Nuestros cuerpos:
pecan,
comulgan,
y se perdonan.
Escribimos el Génesis
en nuestro cuarto.

Cuando la pasión remite,
satisfechos de haber forjado
nuestro propio mundo.
Al séptimo segundo
cuando el suelo se asienta,
se extingue la llama,
cuando el rio forma su cauce
y el viento cesa;
Dios nos bendice
y descansamos.



La pieza, por MARÍA PIZARRO


Fuimos la tierra,
fuimos el agua,
halo ahora  que tocamos.
La arcilla de nuestra madre roja,
la pura madre arcilla
al fuego ardida,
tierra
transformada.
Manos en la tierra caliente,
los pies niños
en el cauce del río…
La sal de las lágrimas
colorean la pieza
que en el horno somos,
tras recorrer la vida
y  respirar su fuego.
La pieza única de tu corazón:

halo, polvo, viento.

Vagabundo de otoño, de JAVIER FRANCO




Y yo me disperso
al viento perverso
que me arroja
acá, allá
como a la
muerta hoja.
Paul Verlaine. Chanson d’automne.

El inmenso silencio de la ciudad
en la profunda noche de otoño,
un silencio que hiere,
que cauteriza las esperanzas como fuego,
el silencio de los que duermen,
de los que desprecian la vida
y de los que lloran en soledad,
ese silencio me acompaña hoy,
—me quema, me abrasa—
mientras escapo a ningún destino,
porque siempre llevo en mí
aquello de lo que huyo,
siempre —silencio: fuego—
me acompaño.

El aire mece las primeras hojas mustias,
sobrevuelan sobre mi cabeza
y me coronan de laureles semovientes,
ya se acercan los idus de octubre
y la traición me aguarda —yo mismo: ¡hijo mío!—
a los pies de mi propio mausoleo.
El aire conforma tirabuzones de luciérnagas
que no saben conducirme,
solo sólo sé sentirme un vagabundo en la noche.
Es tiempo de otoño,
—de soledad, de tristeza, de desencuentro—
tiempo de decirme adiós y no reencontrarme,
mientras el aire mece lo que de espíritu
en mí aún queda.

Las hojas pardas se depositan en la tierra,
la tierra que acoge todo aquello
de lo que el tiempo ha sabido desprenderse
—mausoleo inmenso, cueva feroz—.
Son las huellas sobre la tierra,
ablandada por la humedad,
el vestigio del recorrido
—elegido o no— que nos acompaña…
¿Mañana?, ¿qué será mañana?,
¿qué será el mañana?
Extiendo mis manos ante los ojos
y tan sólo veo tierra,
esa tierra parda —como las hojas—
que al final de mi otoño me aguarda,
tierra ineludible que
—no sirven dudas ni excusas—,
prieta, parda, oscura, silenciosa,
formando montículos de invierno,
nos aguarda.

Briznas de agua —atrás quedó el fuego—
recorren el aire
para perderse en la tierra,
conformar pequeñas lagunas
en la oquedad de nuestras huellas
—huellas pasadas, huellas por venir—.
Torno a mostrarme las palmas
y sigilosamente aprecio
cómo van deshaciéndose —desmenuzándose—,
agua otoñal corre por sus ríos,
ante mi nocturna mirada,
tan cansada que ya sólo
aguarda que se haga luz
el alborear de un nuevo día.
Son las lágrimas de los que fueron,
de los que son y de los que jamás serán,
las que empapan mi ¿esperanza, desesperanza?
Caminar, caminar, caminar…
para nacer y morir siendo
un vagabundo en medio de la noche.

Fuego: mundo,
aire: mundo,
tierra: mundo,
agua: mundo,
y ningún destino,
ningún camino conocido;
vagar, vagar, vagar…
y sólo noche queda.

Acá, allá…
Cualquier noche —cada noche—
de este largo otoño.




La oscuridad, por JAVIER FRANCO




Sólo el agua de la lluvia podría salvar el caos, tan sólo ella. El fuego crecía, como un ejército invasor e invicto, al empuje de los empellones de aire, para dejar atrás un reguero de silencio –silencio y llanto– de tierra quemada. Alguien sugirió desviar el cauce del río para que se enfrentasen, cara a cara, las tropas del agua y del fuego, sería la línea de frente para estabilizar el calcinamiento de la tierra, a pesar de la alianza fatídica con la aviación de los ejércitos de aires ventosos. Los cuatro elementos zambulléndose entre sí en pugna tenaz, arremolinándose y siempre la misma víctima: el hombre, los animales, las plantas… La vida.
Tras mucho, una vez sujetas las bridas despotricadas de fuego y viento, los analistas comenzaron a dramatizar la recreación del origen del estrago. Una señal aquí, otra allá, una más acullá. Entonces el que vestía el uniforme con más insignias del equipo investigador dictaminó: “Este incendio ha sido provocado”. Luego la Guardia Civil rural recibió el informe exhaustivo y se puso en marcha en busca del pirómano; tras las múltiples pesquisas, un muchacho demacrado y desgarbado, que en poco sobrepasaría la veintena, fue detenido. No lo negó en ningún momento. Pero la clave era el porqué. “¿Por qué lo hiciste?”, le interrogó el sargento, “¿por qué?”. El muchacho no mostraba signos ni de emoción ni de arrepentimiento, respondía con la mirada perdida en el infinito, era un “no sé” tímido que no acertaba a ser respuesta completa.
A la noche, cuando la oscuridad más intensísima invadió el calabozo, comenzó a tiritar y a sollozar, culminando su desvarío en un griterío desaforado. Acudió el número de guardia, abrió la rejilla del portalón de la celda y se encontró con su rostro sudoroso, jadeante, babeante: “¡Sáquenme de aquí! ¡Tengo miedo, sáquenme de aquí! ¡No soporto esta oscuridad”. Fue despertado el sargento de su descanso reparador, y tan sólo dijo un “tráiganme al preso”. Cuando el tembloroso y sudoroso muchacho quedó sentado al otro lado de la mesa del despacho, no cejaba en mirar las bombillas de la lámpara del techo y de la lamparita de la mesa del sargento, quien le demandó: “A ver, hombre… ¿qué coño hace sollozar y temblar de pánico a un criminal que es capaz de incendiar todo un monte?”. Los ojos enrojecidos seguían pendientes de la lucecita de la lamparilla, le temblaba la mandíbula y ello le producía un babeo continuo, hasta que pudo articular de nuevo palabras: “Tengo pánico a la oscuridad… Es un pánico insuperable… En mi entorno todo el mundo lo sabe… De pequeño caí a un pozo seco y estuve tres días hasta que me encontraron… La penumbra de día y aquella oscuridad profunda en la noche me han marcado para siempre… ¡Por eso lo hice!... Los muchachos del pueblo, que sabían de mi mal, de mi debilidad, en una de sus gracias, me llevaron al monte en plena noche y me dejaron en el bosque solo… No podía resistirlo… ¡No podía! ¡No podía! ¡No podía!... Menos mal, que en el forcejeo para abandonarme, a uno de ellos se le escapó un mechero del bolsillo, y… ¡Hágase la luz!... Comencé una hoguera y otra y otra, así iba iluminándome mientras retornaba al pueblo, hoguera tras hoguera… Luego vino el viento y todo se expandió, pero aun así, me senté a la entrada del pueblo, sobre una piedra, y permanecí, hasta el amanecer, observando el magnífico espectáculo de ver crecer y crecer la luz… Hubo un momento, en que hasta pensé que cuanto más avanzara el incendio, más probable era que la luz  lo cubriese todo y desapareciese para siempre la oscuridad, que ya nunca más hubiese oscuridad en el mundo, aun a costa de la tierra quemada”.
El sargento apenas cambió el rictus de su faz y, una vez hubo terminado el acusado su relato, le miró fijamente a los ojos, luego se volvió hasta el guardia numerario y le indicó: “Lléveselo otra vez al calabozo, pero déjele la luz encendida… Por la mañana ya dispondrá el juez lo que hacer con él… Supongo que será, más que carne de prisión, carne de psiquiátrico.



Un lugar llamado paraiso, por NICOLÁS CORRALIZA.



Mi patria es un corazón soñado
que bombea lava.
Una tierra fértil
carente de prisiones.
Agua y estrellas
danzan sincronizadas
los efímeros pasos de la vida.
Llegará un mañana donde los hombres
no teman a dios
y los niños jueguen con libélulas
a sobrevolar el porvenir.

                                 

Cuatro elementos, por INMACULADA JIMÉNEZ GAMERO



Creo que llegó el agua
a mis ojos ciegos,
de camino
a tus labios de seda.
No era cualquier cita,
era el amor más festivo.
En mis pasos de tierra
de volcanes y de lluvia
me encontré con sarmiento,
me encontré con la niebla
pero no hallé tu boca.
El aire se llevó, cruda sorpresa,
el olvido muerto,
el descuido, el abandono,
las manos de vacío,
la miseria  superflua.
Días y noches han pasado,
y ha pasado la vida.
Te tengo en mis recuerdos
a brotes de calor y fuego,
el alma no entiende

de elementos. 

La frontera entre lo sutil y lo denso, por PEDRO CASAMAYOR RIVAS.



Escuché decir una vez que la artritis
latía en los arrebatos entre el éter y el fuego.
El pobre Renoir nunca supo de esas peleas
mientras la sal cruzaba en su cuerpo
               la frontera entre lo sutil y lo denso.
No te resistas al cambio y muerde
aquel grano de pimienta que guardaste
por miedo a excitar el escozor de tus entrañas.
Permite dar al poder residencia entre tu saber y tu sentir
y despierta en tu memoria el pulso
               del agua y de la tierra.
Acaso, ¿qué esperas de la vida?
No te has enterado
que las princesas de tus cuentos
no creen en la primavera
               que trafican con nuestros desmayos.
Según mis cuentas sigues sin respirar
sin mesar verdades al aire que trae la tarde
por eso insisto, mezcla en tus manos
               verde, azul y amarillo,
rebusca en tus bolsillos

y muerde aquella pimienta.