La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

jueves, 16 de octubre de 2014

Memorias del joven Perico, por JULIO GARCÍA DE LOS REYES.


¡Hola! Mi nombre es Pedro Antonio de Alarcón, principiemos por el principio. Nací, hace ya muchos, muchos años, en Guadix, en el callejón sin salida que hay entre la actual oficina del INEM y la Escuela de Música, En la penúltima casa a la derecha. Me bautizaron en la parroquia del Sagrario, y me pusieron un montón de nombres: Pedro, Antonio, Joaquín, Melitón.
A los dos años, de resultas de una infección que me pegó un ama de leche, quedé ciego…, y hasta los tres años y medio no recobré la vista…, gracias a un médico de Gor, que me curó la infección. Pero de esa historia quedé un poco bizco.
Eso lo aprovecharon mis hermanos para gastarme bromas, sobre todo cuando llegaba el invierno, y los carboneros bajaban de la sierra con sus mulas cargadas de picón para los braseros, recorriendo las calles de Guadix, al grito de “¡Cisco!, ¡Cisco del picón!”. Mis hermanos me decían ¡Perico! ¡Perico! Que te están llamando. Que preguntan por el bizco Alarcón… y claro, nos liábamos a palos.
La familia iba aumentando. En total fuimos diez hermanos, de los que yo era el cuarto, y mis padres buscaron una casa más grande, que encontraron en la calle del “Duende”, un poco más arriba de la placeta del “Conde Luque”, donde estuvo la “Zona” y años después, “Cáritas”. Casa que ahora pertenece a Rosa Martínez, abogada.
Pues bien, como os iba contando, cuando tenía unos nueva años, mis hermanos y yo en lo único en que pensábamos era en correr, saltar, jugar y … pelear.
Mis padres, viendo que les íbamos a destrozar la nueva casa, nos regalaron, prestaron un corral de la casa, que de nada servía, por haber otros mejor acondicionados para gallinas y demás animales comestibles. Hicimos el reparto del corral en diez lotes, dejando en medio la calle para “vía pública”.
Desde ese momento todas las horas que nos dejaban libres, escuelas y colegios, las pasábamos con el azadón y el escardillo en la mano, o sacando agua del pozo, o haciendo estanques y acequias, o… pintando verjas en las tapias con almagra y almazarrón, o... cambiando entre nosotros tales o cuales frutos o semillas. Pasaron ¡Ay! Aquellos años… los hermanos más pequeños fueron heredando las abandonadas huertas de los mayores, según que éstos iban casándose o yéndose del hogar paterno.
Uno de mis hermanos, Fernando José, murió cuando tenía nueve años. Su propiedad fue sembrada de siemprevivas… Comencé en broma a hablar de mis juegos en la niñez y ya no caben lágrimas en mis ojos…
En fin, sigamos. Mi primer maestro fue don Luis de la Oliva. Entré en su escuela con tres años y medio, y salí de ella con nueve años, para ponerme a estudiar gramática latina, que aprobé dos años más tarde. Con catorce y medio ya era bachiller en filosofía, y me fui a Granada, donde me matriculé en derecho. Pero no llevaba aun tres meses en Granada cuando, las dificultades económicas de una familia tan numerosa, me hicieron volver a Guadix. Me matriculé en el Seminario con gran alegría de mi madre, que creo que ya daba por hecho que iba a ser, como mínimo, madre del obispo o quizá… ¡quién sabe!.
¡Yo no tenía vocación de cura! ¡Yo tenía vocación de casado! ¡hombre ¡con quince años, quiero decir que, me gustaban las mujeres, vamos, que me había enamorado. Nunca hablo de esto, pero alguna vez tiene que ser la primera. Veréis, escribí por aquel tiempo cuatro obritas de teatro, casi seguidas, que un grupo de actores aficionados representaron en lo que llamábamos Teatro del Pósito, que no era otra cosa que un gran almacén de granos, situado a espaldas de lo que hoy es el ayuntamiento de Guadix, y que servía también para local de funciones musicales o de teatro. ¡A lo que vamos! Aquellas obritas me valieron triunfos y coronas de laurel sin número, sólo envidiables (pronto me di cuenta) por lo mucho que me gustaba la graciosa joven que representaba el papel protagonista, y a quien yo regalaba todos mis laureles. Su nombre era Claudia, hermana de mi buen amigo José Requena Espinar. Murió pocos años después aquella infortunada, y los necrológicos versos titulados LAS NUBES, que escribí pensando en ella.
¡Oh, nubes disipadas
del apacible otoño,
llevad mis pensamientos
a la que muerta adoro.
Son quizá los únicos que salvé de aquella mi juventud. Todo lo demás que escribí, lo quemé. A mediados de 1852, cuando contaba 19 años, a través de mi amigo Torcuato Tárrago, entramos en contacto con un mecenas de la ciudad de Cádiz. Convinimos en publicar allí una revista que se escribiría desde Guadix. Así nació EL ECO DCE OCCIDENTE. Fue todo un éxito y al poco teníamos más de setecientas suscripciones entre Madrid, Toledo, Cádiz, Granada y Guadix. En esta revista publiqué mis primeros relatos, algunos de ellos muy conocidos como EL AMIGO DE LA MUERTE, EL CLAVO, LOS OJOS NEGROS, LA BUENAVENTURA… y otros muchos más.
Como la revista iba muy bien, y yo ganaba un buen dinero, decidí emanciparme. Dicho y hecho, cuando aún no había cumplido los veinte años me marché de casa yendo a Cádiz, donde después de un mes salí para Madrid con poco dinero, muchas esperanzas y dos mil versos en endecasílabos que había escrito como continuación a EL DIABLO MUNDO de Espronceda, que este había dejado sin terminar por su prematura muerte. Pero cuando fui al editor y le llevé mis versos no hacía dos meses que se venía publicando la verdadera continuación de los versos de Espronceda.
Así que quemé también los dos mil versos, y el poco dinero que tenía me lo gasté yendo al Teatro Real a oír buenas óperas. Cuando ya estaba sin un cuarto, en Guadix se hizo el sorteo para ver qué mozos iban de soldados. Y salí con el número ocho. Volví a mi casa preocupado y asustado, pero mis padres pagaron para librarme de la mili (la verdad, no sé de dónde sacaron el dinero).
Convencidos mis padres de mi vocación literaria, me dejaron que me fuera a Granada, donde el uno de enero de 1854 volví a editar EL ECO DE OCCIDENTE, que dos meses antes había dejado de publicarse en Cádiz.

Comencé entonces a relacionarme con los jóvenes literatos y artistas de la ciudad y al poco toda Granada nos conocía como LA CUERDA GRANADINA. Pero eso ya es otra historia que quizá algún día os contaré.

martes, 14 de octubre de 2014

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 16, 15 de octubre de 2014 "Pedro Antonio de Alarcón"




Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN 2340-8634


SUMARIO


PORTADA, por JORGE PASTOR SÁNCHEZ

DIBUJO:




ARTÍCULOS:




MISCELANEA: 



RELATOS: 



POEMAS: 





Los sonetos de Pedro Antonio de Alacón, por JAVIER FRANCO.


Pedro Antonio de Alarcón, el hijo pródigo y prodigioso de un Guadix pueblerino, encerrado en sí mismo, y de fantasmas antiguos, fue en su momento un bestesellerista reconocido, sus novelas «El Escándalo», «El Niño de la Bola», «El Capitán Veneno» o «El Sombrero de Tres Picos» estuvieron en el top de las ventas impresas de su época, algunos de sus cuentos llegaron a convertirse en clásicos como «El Clavo», «La Buenaventura», «El Carbonero Alcalde» o «La Mujer Alta», también obtuvo el reconocimiento su labor periodística, ante todo su «Diario de un Testigo de la Guerra de África», exponente del primer periodismo de guerra riguroso, pero su poética no alcanzó el reconocimiento más allá de premios en juegos florales con poemas de romanticismo trasnochado, al uso de la época, pero de escasa calidad literaria como «El Suspiro del Moro».
Pero no se ha resaltado una de sus facetas, a mi entender, más magistrales: la de sonetista. Es autor, al menos, de una serie de veintinueve sonetos, algunos de ellos de una fina ironía, combinada con el uso magistral de la métrica, que da lugar a unos sonetos de gran belleza e ingenio como «Al vino “Abolengo” de las bodegas de misa», «El cigarro», «Humo y ceniza» o «Las palmeras». También sabe reflejar el dolor del amor imposible, no encontrado o no correspondido en «El llanto del Soltero», «Desaliento», «Presentimientos» o «El amanecer». La imagen de la amada muerta, la muerte en sí, con una impronta claramente poeiana en «En la tumba de un asesinado», «A…», «La campana de agonía» o «¡Adiós al vino!». Y, cómo no, el amor por el amor, sea de enamorado, sea de padre,  en «A Carmen, al piano», «A mis hijas en sus días» o «La hija del poeta».
Pasados más de setenta años de la muerte del autor, de acuerdo con la legislación vigente, las obras son de acceso público, por lo que voy a transcribir a continuación algunos de los sonetos reseñados, para que valgan de muestra para el descubrimiento y regocijo de quienes los desconocen y para remembranza y regocijo de quienes ya los saben:


El Cigarro

 Lío tabaco en un papel; agarro
 lumbre y lo enciendo, arde ya medida
 que arde, muere; muere y enseguida
 tiro la punta, bárrenla... y al carro!
 
 Un alma envuelve Dios en frágil barro,
 y la enciende en la lumbre de la vida,
 chupa el tiempo y resulta en la partida
 un cadáver. El hombre es un cigarro.
 
 La ceniza que cae es su ventura;
 el humo que se eleva su esperanza;
 lo que arderá después su loco anhelo.
 
 Cigarro tras cigarro el tiempo apura;
 colilla tras colilla al hoyo lanza,
 pero el aroma... ¡piérdese en el cielo!



En la tumba de un asesinado

 No lágrimas merece la memoria
 del que justo vivió y honrado muere,
 ni gritos de venganza el alma quiere,
 si escucha ya los cánticos de gloria.
 
 Quien al caer, cual víctima expiatoria,
 perdona generoso al que le hiere,
 cándidas flores del amor espere,
 sacras, más que le laurel de la victoria.

 Hoy esas flores tejen tu diadema
 y adornan tu callada sepultura,
 como ayer adornaban tu camino:
 
 Ellas de tu virtud son el emblema...
 ¡Así dejaran su semilla pura
 en el alma del bárbaro asesino!


La campana de agonía

 ¡La una!... ¡Paz a ti! –Todo reposa,
 La noche aduerme al mundo... mas yo velo,
 dando en los libros a mi loco anhelo
 pábulo ardiente y expansión briosa.

 La voz de una campana pavorosa
 cruza los aires con remoto vuelo...
 adiós de un alma que se eleva al cielo:
 aye de un cuerpo que se hundió en la fosa.

 Feliz mortal, que huyes de esta vida,
 ¿quién eres? ¿quién has sido? ¿qué has hallado
 en el mundo que dejas? Tu partida,

 ¿a qué nueva región te ha encaminado?
 ¿Sombras o luz? ¿Comprendes algo ahora?
 ¡Ah! ¡Dime tú lo que este libro ignora!






Presentimientos

 Al fuego lento de tus ojos frito,
 tengo en mi corazón verano eterno:
 tú, en las neveras de constante invierno,
 guarda, Inés, un alma de granito.
 
 Yo me acerco a tu hielo y no tirito,
 ni las llamas mitigo de mi infierno:
 tú llegas de mi alma al hogar tierno
 y en sus ascuas tu nieve no derrito.
 
 ¿Cómo encuentro calor donde no hay llama?
 ¿Cómo no da calor la llama mía?
 ¿Cómo mi incendio tu esquivez no inflama?

 ¿Cómo tu hielo mi pasión no enfría?
 ¡Ay! ¿cuándo nos veremos igualados,
 abrasados los dos, o ambos helados?


Humo y ceniza

 Fumaba yo, tendido en mi butaca,
 cuando, al sopor de plácido mareo,
 mis sueños de oro realizarse veo
 del humo denso entre la niebla opaca.

 Mas ni la gloria mi ambición aplaca,
 ni nada calma mi febril deseo
 hasta que, envuelta por el aire, creo
 verte mecida en vaporosa hamaca.
 
 Corro hacia ti, mi corazón te evoca,
 y cuando el fuego de tu amor me hechiza
 y van mis labios a sellar tu boca,
 
 de ellos, ¡ay!, el cigarro se desliza
 y sólo queda, de ilusión tan loca,

 humo en el aire y, a mis pies... ceniza.

Cartas que nunca escribí, por ANTONIO MEDINA GUEVARA.


   A don Pedro Antonio de Alarcón y sus pasos.

Hace poco que pasé por una calle de Badalona, donde resido, y me fijé en el rótulo que le da nombre: Pedro Antonio de Alarcón, mi paisano que igual escribía una historia fantástica donde la muerte andaba comprando almas, que en unos poemas que hacen sueños de los sueños:

He dicho que dormías;
y dormías tan muda y mansamente,
que una rosa cerrada parecías.
Dormías... y, aunque amante desdeñado,
próximo alguna vez a aborrecerte,
te admiré en aquel sueño sosegado...
sin desear que fuera el de la muerte.

Pocos días después llegué a donde siempre acaban mis pasos: a Zújar, mi pueblo, que es donde mejor entiendo los pensamientos que tenía don Pedro Antonio, y me puse a mirar lo primero que vieron mis ojos cuando se abrieron a la vida y observé que allí apenas faltaba algo, pero sí alguien; ¡muchos…!
     Después seguí andando por las veredas que ahora son carriles, pasé por albercas que ya no están o que duermen su eterno sueño convertidas en escombros y lugares de zarzales, y me vi en ellas desnudo gritando al viento, remojando la fruta robada, o navegando por unos palmos de agua cristalina que entonces eran océanos. Como en un sueño… Pero desperté y estaba solo.
     Luego, después de andar lentamente por los bancales y de seguir el murmullo de una acequia que me conoce desde niño durante largo trecho, cuando llegué a uno de aquellos árboles que mis manos plantaron cuando apenas tenían fuerza, lo miré y pensé en aquél día en que mi padre me enseñó a plantar... ¡Cómo mis manos crearon algo tan hermoso y necesario....! Y creo que, al ver mi cara, tal vez ese árbol me reconoció y sus ramas intentaron tocarme el hombro, pero ya estaban viejas y no podían agacharse tanto. Entonces, para ayudarle y a pesar de que a mí ya me cuesta trepar, me subí a su tronco y acaricié sus cimbreantes ramas que intentaban mostrarme el cielo... Y con una voz muy baja, me dio las gracias por regarlo, podarlo y darle abono a sus raíces.... Susurrando a mis orejas... Creo.
     Creo que perdí por momentos la razón, pues a los susurros de la vega se unieron unas voces que hace ya muchos años no están por aquí y que llegaban a mis oídos tan cercanas que pensé estar en otro tiempo. Cerré los ojos y no quería abrirlos, pues pensaba que al abrirlos desaparecería todo lo que oía y veía con ellos cerrados.
     Todo eso lo vi y lo escuché… Creo.
     Después (como siempre que vuelvo a mi sitio), seguí bordeando el Jabalcón y llegué a la Granja o a lo que usted llamó “La Casa de la Pródiga” y pensé en un tiempo que todavía recuerdan mis ojos cuando lo que la rodea era un serpenteante y frondoso río donde legiones de chopos se mecían al viento (en vez del Mar del Negratín), y me imaginé su figura bajo unos de aquellos inmensos tilos escribiendo cosas que ya me gustaría a mí poder hacer, pero me conformé al pensar que esos lugares que tanto quiero ya están escritos en la historia de la literatura por una de las mejores plumas granadinas.   
     Le diré, maestro, que con su manera de ver las cosas nos enseñó a muchos a intentar escribir en nuestras páginas con cariño y dedicación: como usted. A querer lo nuestro, a soñar con los sueños y a no despegarnos de nuestras raíces, en definitiva: a intentar ser un poco parecidos a usted. 
     Ahora, para seguir sus pasos, salgo a veces a pasear  por esos sitios donde otros pasos conocidos antes pasaron. La lluvia y el tiempo parece que los borraron…, pero  no,  no  los pueden borrar de mi memoria. Ahí están, yo los veo a veces por otros que ya no pueden con mis ojos abiertos y también cerrados, porque, como bien sabe, maestro, para ver algo no hace falta tener los ojos abiertos.
     Cada día que pasa intento parecerme a los que dejan en el aire un hueco que nadie puede ocupar, de arregostarme por lo nuestro y las cosas sencillas. Esas cosas aparentemente iguales, pero que a la vez son siempre tan diferentes, y que usted nos enseñó a comprender que no hay que irse muy lejos de aquí para ver y sentir la belleza, y que el cielo a veces lo tenemos a los pies…, aunque a veces también lo pisoteamos.
     Tengo que decirle, don Pedro Antonio,  que algunos días, esos que parece que los sueños hacen sueños de los sueños, me pongo a pensar en la cantidad de personas que imprimieron de poesía y leyendas nuestra tierra y que están tan olvidados, pero me contento al pensar que más tarde que temprano serán reconocidas y admiradas… No puede ser de otra manera.
     Y aquí acabo, maestro. Para despedirme le diré lo que usted decía al acabar sus cuentos y que, con su permiso, yo copié en alguno de los míos:

En las largas noches seguimos hablando de cuentos antiguos, de moros, doncellas y anécdotas pasadas. De historias estúpidas, tontas, que seguramente nunca pasaron, pero que da gusto escucharlas porque hay tantas historias como personas… y hasta más.
Por los demás  y  como escribió mi paisano, don Pedro Antonio de Alarcón —que parece ser, también  dialogó alguna vez con la muerte—, solamente puedo deciros que yo puedo terminar este cuento (carta) del propio modo que terminan las viejas todos los suyos: diciendo que fui, la vi, me enamoré de estos lugares, vine…, y no me dieron nada.
…¡O todo…!

Pétreo Antonio, por LUIS LÓPEZ-QUIÑONES RUIZ.



Con el paso de los años ha acabado de encajarse
al frío sillón de granito que hace arrugas en su traje,
desde la altura del pedestal que le da ese aire de padre,
llena su horizonte de cuevas y paisajes familiares.
Solo siente añoranza de un sombrero para su testa
con tres picos que le protejan y a la vez le resguarden,
del sol severo y pertinaz de los veranos accitanos,
de los gélidos vientos de sierra y de las lluvias otoñales.
Su pétrea figura enclavada en la encrucijada de caminos,
el que de Madrid trajo sus huesos de la vuelta del exilio,
el que te lleva hacia el mar y le trae recuerdos africanos
el de los cafés de Granada y del Carmen tertuliano.
A sus pies el estanque de los peces descoloridos,
a su lado el Santo vigía cómplice de sus últimos años,
y a la izquierda la rambla del río que como la vida se comporta,
casi siempre seca, mansa y de repente te desborda.
Desde su atalaya de privilegio Pedro Antonio tiene alma,
con la paciencia adquirida y la posteridad conquistada,
con el manuscrito de su escándalo entre sus dedos de mármol,
reprende eternamente a su niño de la bola.



Guadix , 4 de octubre del 2014

Pedro Antonio de Alarcón, por CUSTODIO TEJADA.


Paseo por el parque de Guadix a media tarde
Entre hojas caídas que suenan como carracas.
Desde lejos veo una paloma triste
Resistir a la monotonía posada sobre una cabeza.
Observa con paciencia el trasiego de la gente:

Ahíta va la muchedumbre perdida en sus quehaceres.
Nadie repara en su quietud silenciosa de piedra.
Todo el mundo pasa de largo sin mirarlo
O se sientan a descansar en los bancos
Numantinos mientras nuestro paisano,
Ilustre y aristócrata, subido a un pedestal,
Obedece el dictado de la historia en solitario.

De nada sirve una estatua inmóvil
En un parque olvidada si nadie lee su obra y le honra.

Altos como torre de catedral, sus ojos,
Lentamente nos guían por las zigzagueantes
Acequias llenas de agua fresca y
Repiques de campanas viejas que suenan
Como cuentos en boca de nuestros antepasados.
Oleaje de palabras que le rinden

Nuestro humilde y sincero homenaje.

Conversaciones en el parque accitano, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN



Hay tardes que meditando,
matando el tiempo o pensando
en la cruda realidad,
me pongo a mirar el paisaje
y emprendo un largo viaje,
por mi pequeña ciudad.
Y así caminando…
como quien despierta a un sueño,
en el parque estoy sentada,
y un señor de corte antiguo,
como de piedra o cemento,
me dirige la palabra.
“Es verdad que no es reacio,
fue flexible,
se adaptó a los vaivenes variopintos
de la moda de los tiempos,
puedo poner mil ejemplos:
desde la Acci invisible,
fue del imperio romana,
fue judía y musulmana muy a conciencia,
pues si le echas la cuenta,
ocho siglos la tuvieron, la morería ocupada,
después vinieron las lanzas, los pendones y las cruces
y también se abrió de bruces,
se hicieron mil caserones,
con escudos y nobleza,
y la ciudad de los moros ya bajaba la cabeza.

Y cundió tanto el señorío,
que aun de él no se ha curado,
y vinieron los franceses,
con todos su poderío,
y en la ciudad se han quedado.
Hablaron de igualdad, fraternidad,
llenaron la faltriquera,
ocuparon los cargos públicos con destreza,
y aun no se recupera,
si no es por un carbonero
que decían: El alcade de La Peza.

Y es que esta que usted ve,
es una ciudad en la que todo el que viene prospera,
y el que nace, se tiene que ir fuera,
ya sea poeta o juglar,
porque la pura verdad,
nadie es profeta en su tierra.
Ahora estoy sentado en este parque,
del que mi humilde nombre,
después de un siglo,
vino a tomar posesión.
Le presento mis respetos, señorita,
por si no me conocía,
yo me llamo Pedro Antonio de Alarcón.


Los ojos negros (inspirado en el cuento del mismo nombre de P. A. de A.), de ELENA HERNÁNDEZ TORRES.


Mi destino es el tiempo (basado en la novela corta "El año campesino", por PEDRO CASAMAYOR RIVAS.



Como una lluvia de pelo suelto y torso desnudo
me imagino al tiempo
caer sobre mi impuntual reloj de arena.
Sabiendo de su paradero
en la calle Niño de la Bola nº 6,
empecé por mudar los dientes de leche
luego la infancia por la adolescencia
y ahora según los almanaques
y sus clasificaciones, en edad viril,
espero sin prisas el latido frío del sudario.
Aferrado en un ahora sin volumen,
en mi travesía hasta el límite,
al 9 mandamiento desplomo
deseando pensamientos impuros
y decido por mi edad elegir la fecha
de jubilación de mis creencias.
Para ello miro la dentadura al futuro
pregunto al olor de mis desagües
estudio en agosto las cabañuelas
y me responden que mañana
seguirá derritiendo la eternidad
trienios, infancias y retiros a cuarteles de invierno.

Descubriendo a Pedro Antonio de Alarcón, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.



En las tres últimas décadas del siglo XIX se completa el tránsito artístico del Romanticismo al Realismo. Es precisamente en esta época cuando la novela alcanza su mayoría de edad (1868) y se consolida como el modelo literario universal que hoy conocemos. El Realismo se acaba imponiendo en el viejo continente, pero como ocurre con frecuencia en cualquier tránsito, siempre queda un poso del movimiento anterior, que no muere, sino que muta y se transforma al calor del nuevo impulso estético, de modo que, añadidos cual estratos, estas dos sensibilidades conforman una amalgama tan uniforme como distinguible.
En este periodo también se produce un fenómeno de consolidación del cuento, publicándose, por un lado, en periódicos y revistas, y por otro, con la aparición de libros dedicados exclusivamente al relato breve (Obras, de Bécquer, 1871, o Narraciones inverosímiles, de Pedro Antonio de Alarcón, 1882 son dos buenos ejemplos).
En efecto, la huella romántica no desaparece del todo —nunca lo ha hecho—; seguirá presente, pero irá adquiriendo elementos nuevos que no harán sino transformar y enriquecer sus raíces. Algunos de los mejores cuentos fantásticos se escriben precisamente durante el periodo en que triunfan las novelas realista y naturalista. Fuera de nuestras fronteras, sirvan como ejemplo ilustrativo los nombres de Balzac, Henry James, Dickens o Maupassant.
Aquí en España, autores que hoy día consideramos plenamente «realistas», se sintieron atraídos por la literatura fantástica. Como una especie de legado oscuro y olvidado, hallamos maravillosos ejemplos de relatos fantásticos; escritores de la talla de Vicente Blasco Ibáñez, Clarín, Juan Valera, Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós o Pedro Antonio de Alarcón, así lo atestiguan.
Este último, encarna a la perfección los cambios acaecidos en el último tercio del XIX. Personaje fronterizo, rebelde en su juventud, conservador en la madurez, el accitano Pedro Antonio de Alarcón que, a diferencia de su coetáneo Bécquer, conoció el éxito de crítica y público en vida —hasta fue elegido miembro de la Real Academia de la Lengua Española—, creó una obra cuentística realmente admirable. No en vano, él mismo valoró siempre más sus relatos cortos que sus novelas.
Entre 1881 y 1882 aparecen tres colecciones que recogen todas sus narraciones breves: Cuentos amatorios, Historietas nacionales Historias inverosímiles.
A grandes rasgos, los aspectos que reflejan la evolución del estilo de Alarcón frente al ideal romántico —que mantiene también en algunos aspectos como por ejemplo sus personajes femeninos, muy «arquetípicos», en la línea de otros autores como el británico W. H. Hodgson— son:
Primero: El fenómeno sobrenatural se produce en un mundo que refleja fielmente la vida cotidiana, aproximándose así al lector (canon que defiende el maestro inglés del cuento de fantasmas M.R. James).
Segundo: Lo sobrenatural irrumpe sembrando dudas en el lector, cuestionando una visión positivista de la realidad.
Tercero: El fenómeno sobrenatural ya no es definido con nombres concretos (vampiro, demonio, fantasma…), sino que se torna vago y confuso; el propio escritor no acierta a definirlo (en el periodo realista se habla de visiones, apariciones etc…). Así, en el magistral e inolvidable relato de terror La mujer alta, el protagonista se pregunta angustiado ante lo inexplicable:
«¿Es Satanás? ¿Es la muerte? ¿Es la vida? ¿Es el Anticristo? ¿Quién es? ¿Qué es?».
No creo exagerado afirmar que estamos ante un pionero en muchos elementos narrativos, a la altura de los mejores literatos, y al que mucho debemos. Sus relatos son un placer para el lector: fluidos, amenos, entrañables, urdidos con inteligencia y maestría.
Finalmente, cabe destacar entre su variada producción, además de historias terroríficas, interesantes incursiones en el género policial (El clavo), la historia nacional (El carbonero alcalde), o el costumbrismo (La buenaventura).
Sólo los grandes permanecen incólumes. Merece la pena descubrirlos.


La Mujer Alta (Poema inspirado en el cuento del mismo nombre), por PURA FERNÁNDEZ SEGURA.



Un hombre pasea su huerto olvidado,
en la buganvilla se esconde el niño.

Sobre las copas de los tilos,
el pueblo duerme su calvario,
y el frío relente  corta;
¡cuántas veces, la misma noche!

Un galgo eléctrico de Amezcua
corre huidizo, tensa el arco y
solo va por la solitaria plaza.

Estigma de un mal presagio,
la hora precisa apunta.
La Mujer Alta  acecha,
La Cañada cruza,
en el zaguán se esconde,
hacia San Miguel  baja, sale al paso, 
roza tu hombro la mano grande,
las  cuencas vacías miran pétreas.
Breve abanico o témpano de hielo,
¿a quién señala?
Cierra los ojos aterrado el niño,
los abre el hombre y
para espantarla  grita.

La noche cerrada  engulle los sueños.

Apartado, muy lejos,
vivos  recuerdos traen,
los cuentos de estantiguas,
espíritus y duendes,
que aprendió en las ventosas noches, frías

de una áspera y vieja ciudad del Sur…

Sutemi, por JULIA GARCÍA NAVARRO.


Desde que había llegado de Toronto, los días se habían llenado de presagio. Cada mañana, al entrar a una tienda, seguía el mismo ritual. Se perdía entre los pasillos llenos de objetos bellos e inútiles, pagaba el precio de su capricho con una tarjeta de crédito que leía Isabel Moyano, y la vista de su propio nombre la hacía sonreír. Al salir, a menudo creía percibir un olor familiar, pero sin alcanzar nunca a ver a su dueño. Por las tardes, Penélope recorría el bulevar interminable de Midosuji sin saber quién seguía a quién.

El metro de Osaka, con su carga nocturna de hombres ebrios y cansados, le había exigido cautela al entrar al vagón. Penélope rechazó discretamente el primer asiento libre que se le ofreció y terminó por acomodarse al lado de una mujer que hablaba por teléfono con tono solemne. Enfrente, dos estudiantes ponían texto en sus móviles con la ferocidad concentrada que sólo las adolescentes japonesas parecen capaces de mantener.

"Qué cosas tan extrañas son las manos", pensó como había pensado tantas otras veces mientras miraba a las chicas teclear. Tan comunes como insólitas, las manos le cautivaban. Manos con dedos que tan pronto forman un mágico alfabeto como, de repente, se transforman en las patas de un insecto grotesco. Manos grandes, manos toscas que matan; manos bellas que asisten al deseo. Penélope las había visto brevemente en el manillar de la bicicleta que la había rozado durante unos segundos en el bulevar. Reconocer sus manos y distinguir su olor le habían hecho acelerar el paso hacia la estación de Namba. Ahora, en cambio, el recuerdo del incidente le produjo alivio.

La ciudad se sofocaba en un verano prematuro. En su diminuto estudio en Minami, el calor húmedo la había castigado con dos noches de sueños como de fiebre de los que se despertaba ahogándose en sábanas encharcadas en sudor. A veces, sin poder dormir, en esas dos escasas horas en que los sonidos de esta ciudad se apagan y el silencio se adueña de la noche, Penélope había apoyado su mejilla en el suelo y había creído identificar ciertos pasos sobre la tierra.

El tren emergió de los túneles y las ventanillas se llenaron con las luces de la bahía. La mujer a su lado volvía a hablar por teléfono. Penélope sintió que su cuerpo temblaba ligeramente mientras admiraba una vez más a la ciudad que había elegido como trampa y como cebo. Y las luces de Osaka se reflejaron en sus ojos mientras sus labios se movían formando una sola palabra.

Encuéntrame.
La flama de julio deshacía la arcilla de los cerros. El sol la machacaba y la convertía en polvo amarillo; como harina sucia que se esparcía a espasmos, arrastrada por el viento que azotaba la ciudad.
El joven agente pensó que moriría asfixiado, y que el polvo de Guadix se mezclaría con el sudor de su cuerpo, convirtiéndolo en una escultura de barro, que quedaría hueca y ligera cuando sus restos se hicieran cenizas. Supo con certeza que nunca se acostumbraría a este primer destino.
Aquella macabra visión le hizo acelerar el paso, hasta que tuvo a la vista la vivienda que buscaba. La solitaria morera que presidía la placeta de entrada, le ofreció una sombra misericordiosa. Se tomó su tiempo para vencer la vergüenza de novato que le atenazaba siempre que tenía que llamar a una puerta y aprovechó para revisar la nota que le había dejado su superior.
“Venegas, vete a la dirección que figura en el expediente AGDT2876-HJ. Ha desaparecido una joven, una tal Isabel Moyano. Su familia es medio gitana, pero ha denunciado. No saben nada hace semanas. No sé si abrir instrucción o archivar, me da en la nariz que la chica se ha ido voluntariamente; Vete a su casa y tráete el ordenador que hay en su cuarto. Que te firmen la entrega y les dejas copia. Fisgonea y me cuentas.”
La fachada era una mancha blanca en el imponente cerro, con dos bocas cuadradas que se abrían hambrientas para dar luz y ventilación a la vivienda. No había ninguna señal de las subvenciones que habían asolado el barrio con cocinas y baños adosados a las cuevas. Aquella se había salvado. Evocaba un mundo troglodita, perdido en la memoria.
Era hermosa, digna en su pobreza. Manuel sintió la curiosidad de la primera vez. Nunca había entrado en una cueva. No localizó timbre ni aldaba y decidió golpear la puerta.
Sintió arcadas, presintiendo olor a espacio cerrado. 
La puerta se abrió y un chiquillo escuálido, de apenas once o doce años, le regaló una sonrisa. Su pelo era blanco.
Penetró en el zaguán de techo abovedado, dejando atrás el calor. El frescor de aquella cueva le hizo estremecer, le golpeo inesperadamente. La visión de un pasillo, cuyo final no podía verse, le dejó estupefacto.
—Venga. Le enseñaré la habitación de mi hermana. Le gustará, a todo el mundo le gusta. Se la regaló mi padre cuando terminó el instituto.
—¿Se la regaló tu padre?
—Sí, la picaron a mano, él y Juan Ranas. Sacaron más de ocho mil sacas de tierra para que Isabel pudiera tener vistas a la catedral y la sierra, en la parte alta del cerro. Ya nadie lo hace así, pero mi padre dijo que allí no se podía meter la máquina.
—Está bien, enséñamela. Por cierto ¿Cómo te llamas?
— A nadie le gusta mi nombre. Cada uno me llama como puede. Tú, llámame como quieras.

Nadie la vio abrir la puerta corrediza. En el descuidado callejón donde había alquilado su estudio no había más luz que una pequeña farola que se encendía al atardecer y titilaba toda la noche. En el interior, una única habitación rectangular. “Roku-jo no heya”, la dueña le había dicho orgullosa: seis tatami.
Penélope prendió el ventilador y abrió su única ventana. Nada podía verse desde ella, pero la luz del callejón le bastaba para distinguir los escasos objetos a su alrededor. Se quitó la blusa. En el lavabo desencajado refrescó su cuello y lavó sus pechos pequeños. En el espejo, su imagen parpadeaba al ritmo de la farola.
El rostro de su última existencia le cautivaba. Más que ningún otro cuerpo que hubiera habitado, la piel oscura y los ojos descomunales de Isabel Moyano, le recordaban a quién ella fue un día. Penélope sabía que ser capaz de recordar era el signo de nacer de nuevo. Sin vacilar, entró otra vez en el laberinto de la memoria que los dioses le habían alzado como castigo.
¿Cuántas veces había existido desde la noche en que abandonó Ítaca? ¿Cuántas mujeres había sido? Recordó bien la primera vez que despertó del dulce sueño de la inexistencia. Fue la hija de un mercader de vino en la ribera del mar Negro donde Jasón navegó en el Argos buscando el vellocino del oro. Después, también fue un jinete que en las llanuras de Mongolia domaba caballos de patas cortas y corazón inquieto. Antes de ser la niña que despertó en Guadix y la miraba ahora desde el espejo, Penélope fue otras muchas; también una mujer menuda que vendía pasteles en una confitería de Japón.
En su continua transformación, el amor por las ciudades había terminado apoderándose de su espíritu. Las hermosas vistas de la Vega de Guadix y las cumbres de Sierra Nevada calmaron su deseo un tiempo, pero Penélope ya no sabía soñar sino de las luces de la noche, el aroma del gentío, el sonido de miles de corazones latiendo en los bulevares de Osaka.
¿Había amado a Ítaca realmente alguna vez? Hacía siglos que había comprendido la respuesta. Quizá había amado su propia imagen como la esposa irreprochable de la que todo se esperaba. Pero no a Ítaca, no a esta isla que la ahogaba lentamente dentro de sus estrechos confines. La noche llegó en que no pudo continuar trabajando en su madeja. Sus manos ya no eran sus manos, sino dos arañas que tejían la misma red que la aprisionaba.
Soñó con el mundo extraordinario que se adivinaba a través de las aguas, con gentes feroces y bellas, de costumbres terribles y exquisita hospitalidad; con mapas que llenar con su propia geografía.
Esa misma noche, hacía miles de años, había caminado al puerto para embarcarse en un pequeño velero. Aunque no sabía aún de la crueldad de su venganza final, ya sentía cómo los dioses urdían su desquite. Comprendió que los viejos dioses griegos no permitirían a los poetas relatar su abandono de mujer y madre; que la historia de Ulises se escribiría para asegurar el deleite de generaciones futuras, relatando el regreso feliz del héroe a los brazos de su esposa amante.
Ulises…
Mientras miraba a Ítaca por última vez, Penélope había pensado en él. “A ti sí te he amado siempre. Búscame tú ahora, Ulises. Yo también necesito mi odisea.”
En el diminuto estudio del barrio de Minami, la muchacha de Guadix se sentó a esperar.
Manuel Venegas avanzaba, de la mano del niño, por el gigantesco pasillo que ascendía a través del corazón del cerro. Un olor a verbena en primavera se percibía cada vez con mayor intensidad. Cuando se abrió la puerta que daba acceso a la habitación de Isabel Moyano, Manuel creyó que se ahogaría con aquel perfume tan intenso. El pequeño leyó sus pensamientos. Corrió raudo a abrir los postigos de las dos ventanas, que presidian la habitación, precipitándose a vistas imposibles de creer.
Se trataba de un hueco casi natural, en el que todo era curvo. Se percibían las irregularidades del picado a mano, embellecido por el blanco deslumbrante de la cal viva. El techo era una bóveda, abierta al sol por una chimenea cenital, cegada en cristal. Un cañón de luz penetraba por ella, y se estrellaba contra el suelo blanco de cemento pulido.
 En aquel lugar no había absolutamente nada, salvo una cama, un ordenador y un libro mil veces leído. Manuel Venegas lo dejó abrirse solo. Leyó el párrafo subrayado:
He amado a cada mujer que me trajera un recuerdo de ella; por la bondad inteligente a unas; por la mezcla de madurez y alegres chiquilladas a otras; por la voz y la risa escandalosa, a alguna más. Hubo una vez en que creí amar a una mujer recién salida del mar, confundido por el olor a verbena de su bronceador. Pero nunca he vuelto a amar para siempre. Nunca he encontrado todo lo que ella era, en una sola mujer.
Si ella volviera a existir, jugaríamos de nuevo al juego de nuestra infancia. He soñado mil veces que se esconde en una ciudad lejana y desconocida. Es un lugar con mil olores, en el que es difícil seguir el rastro del perfume que desprende.”
Manuel miró la portada del libro. El último best seller de Fabián Flint. Manuel no lo había leído, y asumió que no tendría más remedio que hacerlo.
—Dime una cosa pequeño. ¿Tú hermana hacia algo especial últimamente?
—Sí, le dio por leer este libro.
—¿Algo más?
—Visitaba a menudo la tumba de una señora que murió hace mucho tiempo y que no conocemos de nada.

—Esa información es confidencial. Lo único que puedo decirle es que el señor Flint fue dado de alta recientemente.
—Gracias.
Penélope salió de la clínica en la avenida de Spadina. Aunque la breve conversación la había desanimado, el trasiego de la calle en un día tan hermoso levantó su espíritu de inmediato.
Pensó que Toronto es una ciudad que engaña los sentidos. Una ciudad gris con un corazón en llamas. En invierno, el viento gélido del Ontario asola la ciudad y todos sus seres vivos parecen descender bajo la tierra. La ciudad no los ve en meses, pero los intuye en sus entrañas, fundidos en un abrazo, soñando con esta primavera de espléndida promiscuidad.
Deleitándose en la temperatura perfecta, dejó atrás los edificios de la universidad y caminó hacia Chinatown. Al llegar cerca de Kensington Market, disfrutó del delicioso aroma de aceites y especias. Paró en seco porque recordó algo de importancia. Flint había escrito en sus libros sobre varios encuentros en un restaurante, Ka Chi, en Dundas Street. Valía la pena comprobarlo así que se encaminó hacia allí. No le sorprendió en absoluto encontrar el restaurante con facilidad. Hacía ya mucho que no era el escondite el juego al que se entregaban.
Eran sólo las cinco. Decidió esperar fuera a cierta distancia. Penélope hubiera esperado días, pero Flint apareció en menos de tres horas.
Ka Chi la recibió con un punzante aroma de ajo y hojuelas de pimiento. Era un lugar adorable con la mitad de las mesas ocupadas por familias coreanas que brindaban y reían comiendo carne picante.
Flint estaba sentando en una esquina, cerca de la ventana, sin perder de vista la puerta de entrada. Penélope no se alarmó. Flint no podía reconocer su rostro y los olores del restaurante mantenían el de ella a distancia. Se sentó en una mesa desde donde podía verlo claramente y pidió pasteles de kimchi y un vaso de soju a un camarero muy guapo.
Flint estaba ya comiendo. Adivinó que había pedido bibimbap por el gran cuenco en frente de él y sus movimientos tratando de mezclar el arroz con los otros ingredientes. Flint recorría el restaurante con su mirada ansiosa y parecía tener dificultades con los palillos. Miró hacia sus manos. No podía usar los palillos bien, porque temblaban sin control.
Penélope se compadeció. Había visto cómo esas manos le quitaban la vida, pero no pudo evitar conmoverse. Este escritor quebrantado, incapaz de capturar arroz, albergaba al héroe cuyas hazañas los hombres habían cantado siglo tras siglo.
Flint se rindió, puso los palillos en la mesa y se tapó el rostro. Penélope notó que intentaba calmar su respiración. Entonces abrió una bolsa de plástico que tenía bajo el asiento. Sacó un juego de agujas y lo que parecía ser la manga de un jersey a rayas. Lentamente, se puso a tejer. Al principio, con torpeza, pero cada vez con más fluidez. Penélope comprendió que, probablemente, le habían enseñado a hacer punto en la clínica.  
Sin poder apartar la mirada de él, Penélope contuvo las lágrimas y se tapó la boca con una mano.
—Aquí no nos reímos del señor Flint. No está bien. Es un amigo de esta casa y un hombre bueno. —La voz del camarero la sobresaltó.
Penélope no se molestó en aclarar la confusión.
—Tiene usted razón. ¿Podría hacerme un favor? Dele esta nota al señor Flint de mi parte.
Tomó una de las servilletas de papel y escribió “Perdóname” en grandes letras. Entonces cerró la mano y mantuvo el papel en contacto con su piel, por unos segundos, antes de dárselo al camarero.
Dejó la cuenta en la mesa y salió con rapidez. Desde el exterior, vio a Flint hablando con el camarero. Apuntaba con el dedo hacia dónde ella se había sentado. Entonces el camarero la vio por la ventana y la señaló. Flint la miró confuso un momento y entonces bajó su mirada a la servilleta en su mano.
Cuando alzó los ojos, vio la espalda de una mujer alejándose por Dundas Street.
Entre los papeles arramblados en un cajón de la cueva, Manuel localizó el justificante de compra de un billete de avión a Toronto, con salida desde Madrid, Barajas. Allí no había caso. Todo indicaba que la joven había abandonado su tierra natal voluntariamente.
A pesar de todo, Manuel sintió una mezcla de curiosidad y sentido del deber. Pidió al niño que le acompañara a visitar la tumba, de la que le había hablado.
Llegaron al cementerio, apenas unos minutos antes del cierre. Un monje anciano descendía por un camino escoltado de cipreses. Se dirigía hacia la puerta de entrada. Sus manos se ocultaban en las amplias mangas del hábito franciscano de arpillera. Los Hermanos Fosores del cementerio de Guadix, sumaban a los votos habituales, la promesa de dedicar su vida al cuidado de los muertos. Aquel hombre parecía llegado de otro tiempo.
—¿Chiquillo, cómo está tu hermana? ¿La habéis localizado ya? – la voz del monje lleno de ecos el camposanto.
—Aún no. He venido con un policía. Me ayuda a buscarla. No es de aquí. Se llama Manuel Venegas y quiere ver la tumba.
—Permítame cerrar la cancela, y les acompaño.
—No hace falta, podemos volver otro día. — Replicó Manuel.
—Insisto, lo hare encantado. Le gustará la visita, con todo el cementerio para usted solo.
Caminaron juntos hacia el tercer patio. El monje se retrasaba mientras el rapaz zigzagueaba sin parar entre las tumbas, hasta detenerse en una hermosa sepultura. La lápida era una inmensa losa de mármol. No había ninguna cruz, solo el nombre, Elvira Expósito, y un texto:
“Si verdaderamente es Ulises 

que vuelve a su casa, nos reconoceremos mutuamente; 
pues tenemos señales secretas para los demás

que sólo nosotros dos conocemos."

Manuel miro al chiquillo, buscando respuestas.
—Mi hermana decía que rezaba porque Elvira había muerto al mismo tiempo en que ella nacía. Yo la creía porque esa fecha de la tumba es la de su cumpleaños y nunca le pregunte nada.
—Y quién era esta mujer, ¿tú lo sabes?
—No tengo ni idea.
Manuel miró al monje.
—¿Y esta inscripción?
—Algunos versos de La Odisea.
—Lo sé. Pero poner esta inscripción en una sepultura. No parece algo común.
—Elvira Expósito no era lo que se llama una joven muy común.
—Así que usted la conoció. ¿Le importaría…
—¿Contarle de ella? —el monje lo interrumpió—. No en absoluto. Sentémonos, por favor. Tú también, criatura.
Tomaron asiento y Manuel ofreció al anciano un cigarrillo, que este rechazó amable.
—Sí conocí a Elvira. Vivía en una casa de color rosado en la puerta alta. Una niña simpática y aventurera a la que le gustaba correr por todas partes con un niño que se hizo su mejor amigo, Fabián Flint.
—Ese no es un nombre corriente. ¿No me irá a decir que era el escritor?.
—Sí. Solo que entonces era solo un niño más de la plaza de las Palomas. Era el hijo único de un canadiense que trabajó en las minas de Alquife y acabó instalado aquí. Eran muy buenos chicos los dos; el estudiaba en la Escolanía y ella en las monjas de la Presentación. —El monje cerró los ojos, buscando en la memoria. —Eran los mejores amigos. Cuando no estaban en la escuela, se pasaban las horas jugando. Lo que más les gustaba era el escondite. Hacían del pueblo su territorio. A menudo, hasta venían al cementerio. Elvira se escondía detrás de las lápidas, pero él la encontraba siempre. Se supone que los debía echar por respeto a esta tierra sagrada, pero me daba alegría escucharlos reír.
—Sin embargo, cuenta todo esto con tristeza…
—Porque para sorpresa de todos, su historia terminó muy mal. Cuando estaban por terminar la secundaria, él le quitó la vida.
—¿El chico la mató? 
—Nadie lo pudo entender. Una locura. Asfixia y varias costillas rotas. La abrazó hasta matarla.
—¿Qué pasó con Flint?
—Homicidio con la atenuante de trastorno mental. Pasó unos años en el Hospital Psiquiátrico de Granada, y al parecer fue allí donde empezó a escribir. Más tarde, se trasladó a Toronto de donde era su familia. Sabemos de él por sus libros, pero nadie lo ha vuelto a ver. Esto es todo lo que le puedo contar.
—Ha sido usted muy amable.
Manuel se levantó. El niño se quedó sentado. No había dicho palabra durante la narración. El monje le tocó la cabeza y revolvió su pelo en un gesto de cariño.
Manuel miraba ahora a la tumba. Era difícil no captar su confusión. ¿En qué cuento de hadas se había metido? ¿Quiénes eran estos fantasmas de Guadix? Y este olor, este olor que mareaba, en la cueva, alrededor de esta tumba…
El monje comprendió.
—Usted también lo siente. Es el aroma de Elvira.
—¿De Elvira? No. Está en todas partes. En la casa de este chico, en el chico mismo, aquí. ¿Qué es este olor?
—Es el olor a verbena. ¿Qué más podría ser?
                             …
 
Flint permaneció en Toronto muchos días más. 
 
Se abandonó a su locura. Cada mañana peregrinaba al restaurante y ocupaba la misma mesa; temblaba cada minuto de la jornada. No podía comer y le resultaba imposible tejer. Cada hora en punto solicitaba consumiciones que no consumía. Pensó que era la única forma de pagar un precio justo por habitar aquel espacio en el que esperaba.
 
Cuando llegaba la noche, regresaba a la casa de ladrillo inglés, que había detrás del mercado. Ocupaba el lecho; insomne y loco, hasta el alba. 
 
Con los primeros rayos de luz, abría el viejo libro en cuyas páginas atesoraba la servilleta de papel, mientras sus labios murmuraban: Elvira. La música de las sílabas regalaba recuerdos a Flint; los sonidos de las campanas ahogados por carcajadas de juegos infantiles; la intensa emoción al encontrarla agazapada en una esquina de Guadix; el sabor a fruta de sus besos adolescentes; la sed inexplicable… 
 
Algunas veces su memoria le castigaba con el sonido de los huesos, quebrándose en un abrazo mortal. Ni una sola gota de sangre manchó la mortaja de algodón celeste que ella estrenaba.
 
Al décimo día, a punto ya de cerrarse las puertas de Ka-chi, Flint contempló la idea de ingresar en la clínica de nuevo.
 
—Perdóneme Señor Flint, en diez minutos cerramos. 
—Diez minutos serán suficientes, gracias. 
 
Sacó la manga inacabada del jersey a rayas. Comenzó a deshacerlo lentamente. Desgranaba los puntos y amontonaba hebras, de la lana rizada que iba liberando. 
 
Cada vuelta de labor deshecha, provocó un relámpago en la memoria perdida de Flint; se abrió una rendija en las puertas cerradas de su delirio: los altos edificios de Toronto se arrugaron, mutando en casas curvas de fachadas encaladas. Su casa de ladrillo inglés se convirtió en una de fachada rosada donde Isabel lo esperaba; escuchó su adiós y volvió a maldecirla. Comprendió que había un rincón oscuro en su alma. Un dolor tan inmenso como el océano, nacido en otra vida. 
 
La tristeza de Flint no se podía medir. 
 
El apuesto camarero que le velaba, en el local ya cerrado, se acercó:
 
—Perdone señor Flint, solo quedamos usted y yo. Tengo que cerrar. Debo decirle algo.
 
—Perdóneme usted. He perdido la noción del tiempo.
 
—Esa mujer morena me dijo una cosa cuando me dio la servilleta. Me pareció algo sin importancia y, en el momento, lo olvidé. Lo siento mucho. Creo que debe usted saberlo. 
 
—Se lo ruego.
 
—Me dijo que le preguntara si querría usted jugar otra vez al escondite. ¿Tiene algún sentido para usted?
 
                             …

Penélope sintió su presencia en las sombras y le habló desde la ventana.


—¿Eras tú en la bicicleta?
—Sí. Estaba peinando la zona de Namba y tropecé con tu perfume. No quise sobresaltarte. Echaste a correr.
—Entra, por favor. 

Abrió la puerta. El hombre cruzó el umbral y ella le invitó a sentarse en el tatami.

—Corrí por instinto. No siempre eres un ser pacífico. Y también porque quería que vinieras aquí. 
—¿Qué estamos haciendo aquí, Penélope?
—Dijiste mi nombre. 
—¿Qué otro nombre iba a decir? Tu rostro es diferente, pero sé quién eres. ¿Por qué ríes?
—Porque soy feliz. Yo también sé quién eres tú. ¿Cuándo te diste cuenta? ¿Cuándo despertaste, Ulises?
—Quizá comenzó antes, pero el viaje me despertó. Cruzar los mares por el cielo, para llegar aquí, me hizo recordar. Al bajar del avión, me escuché a mí mismo pronunciar un nombre a un oficial de aduanas, pero entendí perfectamente que Flint no era yo.
—¿Cuál es tu último recuerdo real de mí?
—Decirte adiós para marchar a Troya. 
—¿Y a tu regreso? 
—A mi regreso, no estabas. Te maldije.
—Y los dioses te escucharon, Ulises. Me condenaron a vivir desde entonces, saltando de cuerpo a cuerpo por la eternidad.
—¡Ah! Qué terrible condena, tu inmortalidad. Ocupar cuerpos hermosos, recorrer este mundo y contemplar las maravillas que los hombres han creado durante épocas...
—No te burles. No fue todo. También hicieron de ti el instrumento de mi castigo. Cada vez que nací, tú naciste conmigo. Para sentirme y buscarme desde Colchis a Guadix, para encontrarme sin reconocerme. 
—Penélope, no entiendo tus palabras y este lugar me aterra. ¿Qué estamos haciendo aquí?
—¿No reconoces este estudio? No, claro que no. Ese fue el precio eterno de mi odisea: saber quién eras tú, sin tú saber de mí.
—¿Hemos estado aquí antes?
—Sí, muchas noches. En 1961.
—1961 es tan sólo un número sin sentido para mí. No puedo recordar. 
— Al igual que no recuerdas cada vez que nos encontramos. En ciertas vidas, fuiste un pariente lejano, en otras un desconocido que se cruzó brevemente en mi laberinto. Varias veces, me quitaste la vida en un arrebato. Una vez, hasta fuiste mi hermano. Casi siempre, fuiste un amigo.
—¿Y no te reconocía? 
—Nunca. En ocasiones, me sorprendías con saber algo muy íntimo de mí. O te sorprendías tú de qué te conociera tan bien. Y nos reíamos juntos de estos misterios y yo te convencía de que sólo eran coincidencias. Tú reías más que yo.
—¿Quiénes fuimos aquí, Penélope?
—Aquí fuimos los amantes más tristes. Nada puede satisfacerme si tus ojos no saben quién soy.
—¿Fuimos amantes otras veces?
—Muchas veces. Siempre fue parecido; como tener sed y beber agua salada.
—Nunca fue así entre nosotros cuando éramos nosotros mismos, Penélope.
—¿Cómo era entonces?
—Como sumergirse en un río y nadar. Así era tener tu cuerpo en Ítaca.
—Así era.


Más tarde, mientras reposaba en sus brazos, él contempló la silueta de su cadera contra la frágil pared del estudio. Al levantar la vista, vio que Penélope tenía los ojos abiertos.


—¿Qué miras?— Preguntó ella
—El mapa más precioso.


Penélope rio y él la abrazó muy fuerte porque no había nada que hubiera echado de menos tanto como su risa.


—¿Por qué soy capaz de reconocerte ahora?
—No lo sé. Quizá los dioses se han cansado de mi agonía. O quizá ya se han muerto todos los dioses griegos. No importa. Ya no quiero pensar.
—¿Penélope no quiere pensar? Esto sí es nuevo. Tú siempre pensaste por los dos.
—Sutemi. 
—¿Qué es Sutemi? 
—Una palabra en Japonés. 
—¿Qué significa?
—Abandonarse, dejar de pensar, poner tus sentidos en el momento. Por eso, a veces se traduce como sacrificio, pero es más que eso.
—¿Dónde la aprendiste?
—Me la explicaste tú en esta habitación hace cincuenta y tres años, cuando fuiste Hiroki, el contable de Chiba Bank que se relajaba por las tardes practicando esgrima.
—Tienes tanto que contarme. 
—Ahora no. Estás hambriento. Te compraré pasteles y té.
—No te vayas. Escucha.
—Estoy aquí.

—Nunca debí maldecirte. Perdóname tú ahora, Penélope.
—Perdonar qué.
—Que no supiera ver que tú también tenías el corazón de un viajero.
—Duerme, Ulises.

                                                     

El murmullo de Osaka al despertar se hizo eco en el callejón. En el futón desmadejado sobre el tatami, Ulises emergió de su sueño con angustia. Recordó “Te compraré pasteles y té” y se serenó. Mientras terminaba de despertar, escuchó los pasos menudos y apresurados. Qué importa el cuerpo que habite; esos pasos siempre serán los de Penélope.
Se levantó para recibirla mientras ella deslizaba la puerta. La vio en el umbral, una bolsa en cada mano, el pelo cayendo sobre su cara, y se abandonó a un momento de ternura casi insoportable.
Y entonces ella le vio. Sus ojos se abrieron desmesurados y a Ulises se le paró el corazón.
Con abatida resignación leyó el mensaje de sus ojos. Comprendió que los crueles dioses griegos no habían muerto. No podían morir porque nada muere nunca, porque todo permanece en el tejido de este mundo. No mueren el sueño o la vigilia, no mueren la ausencia o el reencuentro, no mueren la dicha o la desdicha, y tampoco mueren nunca ni el deseo ni el dolor.
Ulises cerró sus ojos. El hombre que había mirado sin pestañear a los ejércitos griegos pintar con sangre las murallas de una ciudad asediada hacía tres mil años, era ahora un niño aterrado, con los ojos cerrados como única arma con que espantar monstruos en una noche oscura.
En su impuesta oscuridad, escuchó las bolsas cayendo al suelo mientras Penélope le gritaba:
—¿Quién eres y qué haces aquí?


La sombra de una estatua, cobijaba al niño de pelo blanco y al monje vestido de arpillera.
El parque era un desierto silencioso. La ciudad sesteaba.
El Talgo a Madrid ya había salido, a las cinco en punto; Manuel Venegas iba en el.
—¿Será capaz de encontrarla?
—Lo hará. La traerá de vuelta.
— ¿Qué haremos con Penélope, ahora que ha olvidado?
—Seguro que él nos regala ideas. —Dijo el niño, mirando la pétrea figura.
Los dos dioses griegos rieron juntos. Tomaron el libro de piedra de las manos de Alarcón, y se sentaron a leer; tranquilamente.  


FIN