La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

miércoles, 14 de enero de 2015

El sexto sentido (ʻJe suis Charlieʼ), por F. JAVIER FRANCO.





A todos los asesinados por la intransigencia, cuya única defensa fue la palabra y su único crimen su libertad a expresarla democráticamente.

Dice el Profeta, Dios le otorgue sus bendiciones, en el Sagrado Alcorán que «la muerte de un inocente es la muerte de toda la humanidad». Eso aprendí a fuerza de leer y escribir en una tablilla las suras del libro sagrado, en una escuela rural en el Atlas, más allá de Chechaouen. No soy árabe, soy amazigh, bereber, mi cultura es tan peculiar y ancestral como la de los oriundos de las tierras que circundan la ciudad santa de La Meca. En mi familia, en mi escuela, en mi aldea nunca hemos renunciado a perder nuestra idiosincrasia, aunque seamos fieles cumplidores de nuestras normas religiosas, somos un pueblo, un pueblo de religión islámica, pero un pueblo, soy amazigh y sólo tengo por hogar natural mi país bereber, el Rif, no creo en estados islamistas universales.
Cuando emigré a Francia, esto lo sostuve muchas veces frente a otros musulmanes que habían perdido el norte, o el oriente de su alquibla, y divagaban en un fanatismo, que semejaba la yihad, la lucha de todo hombre por alcanzar la Verdad, con una guerra de conquista, más aún, de terror, de terror injustificado, de terror por terror, fruto más de una desesperación manipulada que de la verdadera “guerra santa”, esa que impulsa al hombre a buscar en su interior para aprender, momento a momento, a ser mejor, a estar más cerca de Dios. Vi en los ojos de algunos de ellos, más que la incomprensión, la rabia, el odio, no vi la fe ni la fuerza de la voluntad por ser digno de formar parte de la obra divina, incluso vi el miedo, el miedo a no saber buscar, cómo encontrar, su verdadero destino y por él arrojarse así en manos de falsos alfaquíes, inundados de un fanatismo cercano a la locura, que al unísono une el afán de poder a su propia egolatría, lo más alejado de la santidad, al proclamarse ellos mismos el brazo ejecutor de Dios, sin asimilar nada de lo que El Único habló por boca del Profeta.
Ahora estoy ante el televisor, doce personas han muerto por ser obreros de una revista satírica, servidores del humor. Dios no puede estar en contra del humor, porque el humor forma parte de la vía pacífica de escape ante las inmundicias cotidianas. Recuerdo aquel viejo ciego que, cuando bajábamos a la ciudad, en el zoco, recitaba en árabe andaluz los versos satíricos de los poetas antiguos, los de aquella época que fue la de mayor gloria cultural para el Islam. Si el humor satiriza a Dios, bien pudiera ser reprochable, pero nunca puede justificar la muerte de la humanidad, la muerte de un solo inocente. El reproche, de ser procedente, ha de ser proporcionado, ha de ser la palabra frente a la palabra, la convicción es el único método válido en la yihad, en la santa lucha por la verdad.
Hoy me he visto morir, he visto de cerca la muerte de los inocentes, hemos muerto todos, todos y cada uno de los habitantes de la tierra: musulmanes, cristianos, hebreos, budistas… Todos. Y, a pesar de tanto horror y tanta muerte, aún puedo sonreír porque un viejo humorista, el mayor de todos, es capaz de rescatarme con sus audaces reflexiones: «un día sin una sonrisa, es un día perdido». Charles Chaplin culminó su propia yihad, alcanzó su sentido de la verdad. En la escuela me enseñaron que existían cinco sentidos: vista, oído, olfato, gusto y tacto; pero él me hizo descubrir el verdadero sexto sentido: el sentido del humor. «Humor o muerte», una vez dijo, pero los terroristas disfrazados de hijos del Islam, no alcanzaron el sexto sentido y optaron por la muerte y han asesinado esta mañana en París, Dios condene su pérfida obra, a toda la humanidad.
«Je suis Charlie», es la escarapela que hoy voy a lucir sobre mi pecho, y hoy, como todos los días, como cada día que me quede hasta poder alcanzar el Paraíso de Dios, seguiré luchando como siempre por mejorar, por la alcanzar la verdadera sabiduría. Esta es, no hay otra, la incuestionable y única yihad.

Hoy sigo en Francia, algún día, si Dios lo concede, retornaré al Rif, no sé si más rico, pero al menos estoy seguro que más sabio y más justo, en busca de la paz total, pues ese es el único camino que puede escoger quien quiera seguir fielmente las palabras del Profeta.

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