La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 10 de abril de 2015

De abogados, jueces, fiscales y otros pecados capitales, por JULIA GARCÍA NAVARRO.



SOBERBIA




Mónica perseguía el sueño de ser notario. Durante diez años embargó las horas de su vida para regalárselas al Código Civil. Su único amigo fue el cronómetro colgado al cuello y su mejor plan salir a cantar los temas. El día de descanso se asomaba al balcón y miraba matrículas de coches para evocar el número del artículo correspondiente recitándolo como si fuera un verso de Machado.
    Llegó una nueva oportunidad. Saludó a los examinadores y giró el bombo lleno de bolitas. Salió el tema ciento ocho, dando testimonio de su mala suerte; ese era el único que jamás dominaría. Lloró desesperada. 
    El Presidente del Tribunal desalojó la sala y cerró la puerta. Le dio un clínex para que se sonara la nariz y le dijo:
    –Señorita, ser notario ya no es lo que era. No tiene futuro desde que pinchó la burbuja. Déjelo. Sea usted otra cosa. ¡Hágase abogado¡ salga al mundo, viva y diviértase.
    Todos los miembros del Tribunal asintieron, pero la soberbia de Mónica la tuvo cinco años más con el trasero pegado a la silla y los codos soldados a una mesa.
    Con las primeras canas, sacó plaza en un pueblo de Alicante. Desde entonces se aburre cómodamente. Anda de la firma a la tumbona, de la tumbona a la casa y de la casa a los sueños. 

PEREZA



Corrían los sesenta y el Juez novato del tribunal era yo. Me senté en estrados para impartir justicia y caí fulminado por la magia del espectáculo.
    Teresa lo había perdido todo, incluyendo la vida, presuntamente a manos de un desalmado. Él se llamaba Manuel y era tan guapo como malhablado. Aseguraba no tener razón para matar a nadie y menos a una mujer preciosa por la que estaba colado. Doy fe que era tan fácil creerle como no creerle.
    El abogado y el fiscal fueron dos magos del suspense. Me introducían en la trama y jugaban conmigo. Lograban que me perdiera entre vericuetos de pruebas que tan pronto ratificaban los hechos como los hacían parecer inverosímiles. El testigo de cargo me tranquilizó. Fue tan contundente que supe que debía declararle culpable. Las pruebas del forense me mataron y estuve segurísimo de que nunca podría condenarle. En los alegatos finales se libró una cruenta guerra de lenguas afiladas. Defensa y acusación batallaron hasta hacer jirones cualquier posibilidad de certeza por mi parte. 
    Al terminar, en mi cabeza solo quedaban dudas. Me dio pereza decidir el destino de Manuel. Lancé una moneda al aire y salió la cruz de culpable. No tenía futuro como Juez y pedí la excedencia ese mismo día. 

IRA



Salí con la señora para acompañarla a misa. Un taxista nos estaba esperando en la acera de enfrente con el coche arrancado. Llevaba allí un buen rato y le iba a tocar ayudarme con la silla de ruedas de Doña Carmen, pero parecía contento. Cambió el gesto y me puso en alerta cuando un hombre salió de las sombras del portal. Apenas pasaron segundos y ya pateaba a Doña Carmen en la acera. Vomitaba palabras soeces y supe que era él, a pesar de las décadas de cárcel que llevaba a sus espaldas. Seguía siendo la misma mala bestia de siempre.
    Reaccioné rápido. Lo llamé “hijo de puta” y lo llamé cobarde. Sé por experiencia que un hombre que maltrata nunca aguanta esos dos insultos. Aproveché su desconcierto para darle una patada en el punto flaco de todo hombre, con toda la fuerza de mis ochenta kilos de mujer. Cuando lo tuve en el suelo, ataqué sus riñones y lo dejé inconsciente.
    Me pedía el cuerpo liquidarlo con un golpe seco en la cabeza, pero había escarmentado con mi propia historia: Un asqueroso que vivía con mamá la mató delante de mis ojos en plena calle. Si yo hubiera tenido más templanza no le habría golpeado con un martillo hasta machacarle los sesos. No porque me arrepienta, sino por todo este lío que me traigo de ser una prófuga condenada a malvivir de “chacha” fija sin papeles. No olvidaré lo que me dijo el doctor abogado que me ayudó a huir de México:
    –La ira es mala consejera. Si hay que matar, hazlo “mijita”… pero limpio y de academia, sin ira.
    La alimaña había regresado para matar a su mujer, veinte años después de tirar el bebe de los dos por la ventana. Aquel no era el lugar, pero decidí que buscaría uno más tranquilo para hacer justicia.
    Eso hice, sin ira.

GULA



Mario era un joven de buena familia que se quedó sin padres y se comió la vida. Existió como si no hubiera mañana; salteando banquetes con acontecimientos varios en los que se adoraba a Baco. Nunca tuvo oficio ni beneficio.
    Los consejos de su abogado de cabecera no evitaron que dilapidara rentas y fincas a salto de mata. Disfrutaba horrores comiendo como un príncipe y bebiendo como un cosaco. Todos reconocían que lo hacía con el estilo de Capote y el desenfreno propio de un verdadero Hemingway. Les dobló a los dos en peso, gastos y amigos.   
    El tiempo huyó: su pelo fue raleando, las rentas menguando y no hubo indulto social cuando sus invitaciones en los restaurantes bajaron de los tres ceros. Por aquel entonces superaba los ciento cincuenta kilos en canal.
    El letrado, su último amigo,  perdió de vista a Mario la mañana que lo desahuciaron del Barrio de los Jerónimos. Cuando pagaron el sobrante de la subasta por el “casoplón” junto al Hotel Ritz, Mario había desaparecido por completo. Le buscó por todas las esquinas de Madrid pero no tuvo noticias hasta diez años después. Casualmente lo localizó esperando turno en un cubo de basura. Se compadeció de él; Mario había perdido la dignidad pero mantenía intactos los kilos a base de engullir basura caducada de un supermercado.
    Le citó en su despacho y puso en sus manos el cheque con los últimos restos del naufragio, indicándole que tendría suficiente para vivir decentemente unos cuantos años.
    –¿Vivir como un muerto de hambre? ¡De eso nada querido amigo¡ Te invito a cenar. Más vale noche de rey que mil como mendigo.
    Genio y gula,  hasta la sepultura.

ENVIDIA




Mohamed se presentó cinco minutos antes del juicio. Yo era su abogada de oficio y él un adonis alto y apolíneo. Su piel era negra como la noche y su sonrisa como nieve recién caída. Me dio vértigo al verle y supe que había sido victima de un flechazo fulminante.
    No tenía papeles, ni país de origen, ni un duro en el bolsillo. No sabía su fecha de nacimiento y no era capaz de relatar lo ocurrido.
    Le conté al Juez lo que había leído en la causa: Que Mohamed llegó a España arrastrado por la corriente del estrecho y lo pillaron infraganti robando pan, fruta y una lata de Coca-Cola en un supermercado de Algeciras y también que no llegó a comerse todo el pan, ni a beberse el botín, porque la policía decomisó las pruebas del delito. Nadie dio testimonio a su favor, pero quedó absuelto de multa por un tecnicismo legal que se me ocurrió en el último momento.
    Salí del juicio flotando. El amor es la droga alucinógena más potente que existe y yo me había enganchado. Padecí deslumbramientos descabellados mientras firmaba el acta en el Juzgado. Vi la vida en colores besándonos en una playa del sur y flipé en blanco y negro con nuestra existencia bohemia en Lavapiés. Después aparecieron Tarzán y Jane en technicolor por el caribe… Mi cabeza daba vueltas como una lavadora.
    Cuando fui a buscarle a la puerta del Juzgado estaba decidida a empezar por lo básico, o sea  invitándole a un café.
Mohamed rodeaba con su brazo de Apolo la cintura de avispa de una diosa de ébano. Me la presentó como su novia. La había conocido en la patera que los arrastró a Europa. 
    Si la envidia fuera tiña, yo sería tan negra como ella, pero no tan guapa.

AVARICIA



Mi primer caso como letrado fue un asunto de tráfico de drogas. Estaba muerto de miedo porque me entregaron los autos el día antes del juicio.
    La acusada era Paraguaya y le faltaban dos dientes en la foto. Una nota manuscrita, en un “post-it” pegado a la causa, hablaba de Elena:  
“dejó seis hijos en Paraguay
para atravesar el mundo,
con unos “polvos de talco” muy “guay”
pero el asunto era chungo… ”

    Debió escribirla un poeta mediocre que se hacía pasar por oficial del Juzgado.
    Los agentes del aeropuerto la habían detenido al pisar tierra Española. Incautaron los polvos y mutaron sus quimeras en una pesadilla preventiva que ya duraba dos años.
    No hubo tiempo para preparar la vista y menos para hablar con ella. Improvisé una defensa con estrategias aprendidas de Billy Wilder.
    Veinte días después llegó la sentencia. Arranqué la moto y volé a la cárcel para verla.  
    Ella apoyó sus manos en el cristal; su vida entera colgaba de mi boca.
    –Elena, ya eres libre. Dime la verdad… –le pregunté–. ¿Eras inocente?
    –Abogado, avariciar una vida mejor que la mía ¿es ser culpable?... –me respondió.
    Jamás volví a hacerle una pregunta tan absurda a un cliente.

LUJURIA





Tenía la certeza de que era hijo único, huérfano de un padre miliciano muerto en la guerra civil. Después del entierro de mi pobre madre, vacié los armarios. No tenía previsión de encontrar nada interesante, pero había una carpeta esperándome en un cajón. Era de cartón marrón y tenía tres palabras escritas en la portada: “Para vosotros dos” 
    Dentro había un álbum con hojas de cartón, concebido por mamá al mismo tiempo que yo. Contaba nuestra historia a través de imágenes y recortes de viejas revistas. Ella era casi una niña cuando le conoció. El jugó con ella mientras rodaba una superproducción de Hollywood en un castillo de nuestro pueblo. Luego se fue y nunca volvió.
    Mamá me tuvo a mí. No hubo estudios ni quiso marido y vivimos de alquiler. Salvo hacer las migas como nadie, nunca le conocí otra habilidad que limpiarle las escaleras a la gente y hacer croché.
    Todo el mundo conocía a mi padre. Hasta yo, que no sé de casi nada, sabía su nombre y le había visto en el cine. Era un actor consagrado y su lista de mansiones, divorcios y amantes lujuriosas no tenía fin.
    Pero mamá era de buen conformar y no había celos ni amargura en sus notas y recortes. Al contrario, la existencia de mi padre la hizo feliz como si fuera en parte la nuestra propia. Recortaba fotos de los tres y hacia “collages” inventado escenas que imaginaba para nuestra familia de mentirijillas. Luego las pegaba en el álbum por riguroso orden cronológico.
    Anotaba pies de pagina y bocadillos contándome y contándole detalles en los que yo era igualito a él y también frases cariñosas que imaginaba que el pronunciaba desde el olimpo de los dioses. En algunas paginas dibujaba manos falsas para enlazarnos en los momentos clave de nuestras respectivas vidas.
    La composición que más me gustó era una en la que estoy vestido de almirante y pegado en una foto a color del ABC, en la que se ve a papá recogiendo su primer oscar. En el bocadillo que salía de su boca se podía leer: “Dedico este premio a mi querido hijo Pepito, como regalo en el día de su primera comunión”…y en el pié de página mamá escribió: “El galardonado disfrutó de la fiesta posterior acompañado de su bella esposa Española, natural de Turégano, Segovia”. 
    La novela que había escrito mi madre era colorista, amable y entretenidísima, pero más falsa que la más falsa moneda.
    El fiscal que todos somos, condenó a ese hombre a la pena de olvido eterno por golfo lujurioso sin posibilidad de recurso. Estaba a punto de lanzar el álbum al fuego, cuando el abogado, ese que sólo algunos pocos llevamos dentro, pidió la venia y alegó en su defensa:
    –Muchacho, borrarlo es imposible y odiar no sienta bien. Esta España de postguerra se nos cae a pedazos y en este pueblo ya no queda nadie ¿Por qué no haces lo que quiere mamá? Las madres suelen tener razón.
    Saqué los ahorros de la cartilla y los gasté en un billete de ida a Los Ángeles. Nunca regresé.
    Por cierto, a papá le gustó el álbum. 


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