La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 14 de abril de 2015

Olor a pimientos, por F. JAVIER FRANCO.




Aún la primavera, a pesar de lo que dictamina el almanaque colgado de una chincheta en la pared, no ha dejado sentirse y el frío invierno se aferra a la supervivencia en una agonía terrible de vientos y aguanieve. No sé si fui yo o fue el vendaval nocturno quien dejó abierta o abrió la puerta del patio, pero esta mañana un ambiente a despensa fresquera invade mi pequeño habitáculo. He salido al patio, estaba el suelo revuelto de hojas muertas, testigos mudos, que no quietos, de esos mortíferos últimos estertores invernales. En mi ansiedad he inhalado todo el frío oxígeno que transportaba la mañana, pero por los canales de mi nariz se ha introducido un olor suculento, un olor a pasado, a cocina de carbón, a la abuela dominando la materia sobre las planchas incandescentes de hierro, olor a pimientos asados que los caminos venteros dejaban que se condujese hasta el desolado patio. Y yo, en mi soledad, he dejado embriagarme por la gula de los sabores del recuerdo, del hule a cuadros sobre la mesa de madera con indicios de carcoma en la cocina, aquellos sabores que en una infancia glotona hacían que me atiborrara hasta que sentía la tirantez de las paredes de un estómago repleto. Luego en la confesión con el cura que nos introducía en los secretos morales para poder digerir la carne de un dios, éste me hacía rememorar mis pecados y me descubría que aquellas ingestas eran un pecado capital: la gula, mientras le miraba su cara sonrosada y presidida por un narigón rojizo y observaba los pliegues que no podía disimular la sotana de un barriga oronda e inmensa, él sí que había sabido bien conseguir alcanzar el esplendor máximo de los contornos estomacales. Si yo por mi autodelación debía rezar tres padrenuestros y tres avemarías, ¡cuántos rezaría él tras cada opípara comilona!, eso era lo que siempre me preguntaba, eso y si de veras servía para algo aquella confesión, porque el acto de contrición era momentáneo, justo duraba hasta que la abuela volvía a asar los pimientos sobre la sobreexplotada carmela de metal. Luego pensaba en las mojigatas figuras de luto perpetuo de comunión diaria, ¿aquello no sería gula de la carne de dios? Aunque cuando vestido de blanco probé lo que yo creí debía ser un manjar exquisito, joder si la carne de pollo o cerdo, cuando había oportunidad, me resultaba un manjar, la carne de dios debía ser insuperable, sufrí la decepción de la insípida oblea. Entonces decidí que mis atracones de guisos con cariño de abuela no eran pecado, más tarde con los años me planteé si realmente existían pecados.
Siete pecados capitales me hizo memorizar aquel cura voluminoso y carente de humildad: gula, ira, pereza, lujuria, avaricia, envidia y soberbia. Siete pecados que alguna vez en la vida practiqué y de los que, salvo en ocasiones de los dos últimos, jamás me arrepentí. Gocé de la gula, a pesar de las hambrunas que me han tocado padecer, y de la lujuria lo que pude y me fue permitido o correspondido,  estallé en ira ante las injusticias y los abusos, obtuve de la pereza los beneficios del descanso y la meditación y de la dulcísima sensación de poder aprovechar el tiempo en no plantearme la propia laxitud del tiempo, fui avaro de mis placeres, más intelectuales que mundanos, para estos me reservé la lujuria y la gula, de la envidia me arrepentí en cuanto lo fue por lo ajeno en ánimo de trueque, no en cuanto lo fue como admiración y deseo de llegar o alcanzar, procurando envolverme de los méritos suficiente, el bien admirado, y de la soberbia me arrepentí casi siempre, salvo en aquellos momentos en la soberbia no supuso sino autoafirmación ante el desdén del auténtico soberbio empavonado. Pero, realmente estas actitudes humanas ¿qué son?, ¿qué es el pecado? Según mi enciclopedia, de la escasa compañía que me queda, es “transgresión voluntaria de la ley divina o alguno de sus preceptos” o “lo que se aparta de lo recto y justo, o que falta a lo que es debido” o “exceso o defecto en cualquier línea”.  Todo heterogeneidades sin concretar: ley divina, recto y justo, exceso o defecto… El problema, su raíz, justamente está en “quién” ha de definir esos valores, y siempre –naturaleza humana– cada intérprete arrima el ascua a su sardina, o a su pimiento… Tengo instalado el olor desde que me levanté en medio de este frío fuera de época, es como una esencia que me impregna y me recupera parte de mí mismo, de ese tiempo perdido por irrecuperable, pero que no sé si estuvo bien perdido, porque no es el arrepentimiento un sentimiento útil, como tampoco lo es la resignación, pero es más pragmático y gracias a ella resisto en este escondrijo, cuya una salida a la realidad es este patio, porque tengo la seguridad de que aquí nadie puede verme desde ningún lugar.

El sótano de esta vivienda en semirruina, desde el bombardeo de febrero del treintaisiete, es mi refugio desde marzo de mil novecientos treintainueve. Ser un perdedor perseguido ha hecho que lleve varios años aquí metido, en perenne soledad tan sólo interrumpida por mi enciclopedia y por la presencia de la fiel Amelia que aún se mantiene en lo que queda de esta casa y me mantiene, ayuda y resguarda. Ella no es sospechosa de nada para los centuriones del nuevo orden –tan eufemístico como la palabra pecado– y siempre fue amiga de la familia. Mis padres no sobrevivieron al fuego del destierro en la carretera de Málaga a Almería y sólo me quedó ella cuando quedé en desamparo y sin poder huir a ninguna parte. Fue justamente en una noche de olor a pimientos, cuando toqué la aldaba de la medio casa, enseguida se ofreció para esconderme, y aquí sigo, sólo sé del tiempo por el almanaque clavado en la pared por una chincheta que va renovando año a año. Vivo en un rinconcillo del mundo suspenso sin edad, siempre aterrorizado ante cualquier vestigio de llamada, mientras en los registros oficiales me mantengo como desaparecido, igual que una hoja muerta más del patio para las ramas del árbol del que un invierno se desprendió. Resignación y recuerdo es lo que me queda... ¿y la esperanza? La esperanza también forma parte del pasado, del tiempo perdido, del olor a pimiento asado. Si, en verdad, existiesen esos pecados, en mi cubículo sin alrededores no tendría oportunidad de practicarlos, salvo la pereza, pero esta pereza no es una actitud propia sino una condena impuesta. Y al final me pregunto si es verdad que este año se retrasa la primavera o es que estoy condenado a vivir en un perpetuo invierno… ¡Ya qué importa!

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