La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 14 de julio de 2015

Los primeros emigrantes, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.


(Sainete en dos actos)
Acto primero
           
            (Jardines del Paraíso. Bordeado por la frondosa vegetación, en lo alto de una loma, se alza un majestuoso templo de mármol. Un arcángel se aproxima, sube los peldaños de la regia escalinata y penetra en el espacio sagrado.)

GABRIEL (Plantado ante la puerta de una dependencia colosal. Llama tres veces.)
            Toc, toc, toc.

EL HACEDOR
            ¡Pasa, Gabriel, que ya conozco tu llamada!

GABRIEL
            Señor, traigo noticias.

EL HACEDOR
            Para eso te he nombrado mensajero.

GABRIEL
            Se trata del árbol. (Finge que la pulla no le afecta y prosigue en tono serio.) Falta una manzana.

EL HACEDOR
            ¿Queeeé?
           
GABRIEL
            Yo mismo he hecho recuento esta mañana. Falta una reineta, mi Señor. (La mirada de Gabriel parece decir: «aunque no sé por qué le estoy contando todo esto, pues usted ya estaba al tanto, ¿no?».)
           
EL HACEDOR (Adivina sus pensamientos.)
            A ver, Gabriel, ¿qué día de los siete es hoy?

GABRIEL
            El séptimo, Señor.

EL HACEDOR
            ¿Y qué pasa los días séptimos? (El tono evoca al padre primerizo frente al niño destetado.)
           
GABRIEL
            Que usted descansa, mi Señor.

EL HACEDOR
            ¡Pues entonces déjate de omnipotencias! No, si al final tengo que hacerlo yo todo… ¡vaya panda de asexuados! A ver si alguno se rebela y me da un poco de vidilla porque vamos… Y hablando de rebeliones, ¿quién ha osado quebrantar mis mandamientos? ¿No habrá sido la serpiente?

GABRIEL
            No, Señor. Había pisadas en la tierra y huellas digitales en las ramas del manzano. Con una certeza estimada del cien por cien, se trata del Hombre y la Mujer.

EL HACEDOR
            ¿Los bípedos sin alas? ¿Los de la hojita de parra en las vergüenzas? ¡Criaturas desagradecidas! Mira que lo sabía, ¿eh? Si ya me daban mala espina cuando estaba moldeando su cerebro… Si estaba claro que me la iban a liar… (Habla para sí) Claro que yo también podía haberme conformado con el resto de primates. ¡Pero no! Tenía que superarme, ser el artista más sublime, ¡sacar todo mi duende a relucir! ¡Buf! Y cualquiera se los carga ahora que se han hecho los amos del jardín. Que ya parece que estoy viendo a mi cohorte murmurar a mis espaldas: que si soy un justiciero, que si soy un vengativo, que si tengo pelusa, que si uso armas de fuego… ¡Me montan un Juicio Final por un quítame allá esas pajas! Y luego aguanta jinetes, plagas y fanfarrias… ¡Menudo tostón!  Nada, nada, se van a enterar ese par de dos de quien es el que lleva la voz cantante en el Universo. (Dirigiéndose al arcángel) ¡Gabriel!

GABRIEL
            ¿Señor?

EL HACEDOR
            Tráeme a esos ingratos sin demora.

GABRIEL
            Tu voluntad será cumplida, mi Señor.

EL HACEDOR (Comenta para sí.)
            ¡Pero mira que son redichos estos bienaventurados!

Acto segundo

            (Interior del templo. El Hacedor está sentado en el trono de la Justicia. Enfrente, a no mucha distancia, El hombre y la mujer se acomodan en tocones de madera.)

EL HOMBRE (Apuntado con el índice a la Mujer.)
            ¡Fue idea suya, mi Señor! ¡Yo no tuve nada que ver! Si a mí lo que me gustan son los melones…

LA MUJER (Indignada.)
            ¡Pero cómo puedes ser tan embustero! ¡Bien que te arrimabas al manzano por las noches, so glotón!

EL HOMBRE (Dirigiéndose al Hacedor.)
            ¡No le hagáis ni caso, mi Señor! ¡Es una mentirosa! ¡Una arpía!

LA MUJER (Puestos los brazos en jarra.)
            ¡Mira quién fue a hablar! ¡Mequetrefe! ¡Botarate! ¡Picha floja!

EL HOMBRE
            ¡Pelandusca! ¡Lasciva!

EL HACEDOR (Enfurecido. Sus ojos echan chispas.)
            ¡Basta ya, malditas bestias! ¡Hasta la misma coronilla estoy de escarnios y de embutes! ¡Siempre la misma cantinela! ¡Todo el santo día con insultos y alharacas…!

EL HOMBRE (Intenta replicar.)
            Pero Señor…

EL HACEDOR
            ¡Que te calles, mentecato! (Mínima pausa.) Vamos a ver, pedazo de alcornoque, ¿cogisteis o no la manzana reineta?

LA MUJER (Solemne.)
            Yo la cogí, Señor.

EL HOMBRE (Se apresura a apostillar.)
            ¿Lo ve? ¿No se lo dije, mi Señor?

EL HACEDOR (La mira con un deje de sorpresa y de respeto. Piensa para sí: «Hay que reconocer que esta criatura tiene arrestos… No hay duda de que me salió mejor que el primer simio pensante... Habla a la Mujer.)
            ¿Y por qué cogiste la reineta si sabías que estaba rigurosamente prohibido? (El Hombre hace ademán de hablar, pero el Hacedor lo fulmina con la mirada.)

LA MUJER
            Pues simple y llanamente porque estaba hasta las narices de comer Golden a diario, que, dicho sea de paso, no saben a nada. Y, también, y no menos importante, ¡porque estoy hasta el moño de que los varones me mangoneen!

EL HOMBRE (Cae al suelo de rodillas. Se mesa los cabellos. Su gesto es de impotencia y de dolor.)
            ¡Y encima va y le cuenta la verdad! (Mirando a la Mujer.) ¡Pero cómo puedes ser tan mema! ¡Esto es la ruina! ¡La condena! ¡La expulsión!

EL HACEDOR (Asintiendo.)
            Pues mira, papanatas, por una vez estoy de acuerdo contigo. (Ahora se dirige a la Mujer.) Y tú, marisabidilla, que reconozcas tu pecado no te exime de la pena, así que ¡hala! ¡Fuera del jardín! ¡A tomar viento los dos!  

LA MUJER (Orgullosa, casi altiva.)
            ¿Puedo decir algo antes de irme?

EL HACEDOR
            Habla pues, ¡y luego vete!

LA MUJER
            ¡Machista! ¡Ahí te pudras tú y tus reinetas! (El Hombre la mira atónito, petrificado.)

EL HACEDOR (Pierde la paciencia. Estalla furibundo.)
            ¡¡Mal rayo te parta, deslenguada!! ¡Te vas a enterar de lo que vale un peine! ¡Gabriel! ¡Gabriel!

GABRIEL (Aparece en escena.)
            ¿Señor?

EL HACEDOR
            ¡Toma tablilla y punzón y esculpe mi sentencia! (Puesto en pie con los brazos alzados.) ¡¡Que el dolor de mil demonios te desgarre cuando paras, Mujer!! Y en cuanto a ti, calzonazos, ¡que el sudor perle tu frente cada día y pierdas todo el fuelle a los cuarenta! ¡Yo os declaro inmigrantes! ¡Exiliados a perpetuidad del Paraíso! ¡Gabriel, llévate a estos parias de mi Reino!

EL HOMBRE (humillándose.)
            Hágase en mí según Tu palabra.

LA MUJER (Lanza al Hombre una mirada de desdén.)
            ¡Ya hablaremos tú y yo a la salida, so bragazas!

TELÓN


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