La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 14 de septiembre de 2015

Asesinato en el Orient Express, por JULIA GARCÍA NAVARRO.






-¿Porque te casaste conmigo? – Preguntó ella, con un leve temblor en los labios.


-Eras la mejor opción querida, la mejor de todas sin lugar a dudas. – respondió él, concentrado en ajustarse el nudo de la pajarita frente al escueto espejo del coche cama.


-Abrázame – suplicó ella.   


Él se sintió molesto por la petición de su esposa. Terminó de ajustar la prenda mientras la miraba de reojo a través del espejo. No era la primera vez que ella le pedía algo semejante y odiaba esa mala costumbre suya de elegir momentos inoportunos. Aquella noche la solicitud le pareció más absurda de lo habitual, teniendo en cuenta que el camarote de primera clase estaba atestado de maletas y que llegaban tarde al cotillón del vagón restaurante.


La idea de contentarla arrugando el esplendido traje de tafetán negro lo puso nervioso. No le agradaba tocarla porque sabía que algo terminaba estropeándose en cada abrazo consentido. Sus pensamientos se vieron asaltados por manchas de carmín en el cuello de la camisa, rastros de polvo facial sobre su pechera o el perfume de ella impregnado y luchando obstinadamente contra el suyo.


Una intensa sensación de enojo lo atenazó y desvió la mirada del espejo, concentrándose en la tranquilizadora labor de elegir calzado. Sacó varios pares de la maleta tratando de no desordenar el contenido del pulcro baúl. Los alineó cuidadosamente sobre los dibujos geométricos de la alfombra oriental y le dio un leve empujón a su esposa para liberar el espacio que necesitaba. Descubrió un roce en el talón de uno de ellos e hizo una mueca de fastidio al descartarlos, farfullando un comentario desagradable sobre el descuidado mayordomo.


–Ayúdame a elegir botines querida – exigió un tanto autoritario – No lo tengo claro. Estos son nuevos y me harán daño pero los de hebilla han perdido el brillo original ¿Qué opinas?


Desgranó en voz alta posibles ventajas e inconvenientes de las combinaciones con su atuendo y el pertinaz silencio de ella le molestó. La buscó con la mirada y la descubrió desafiante frente a él. Estaba demasiado cerca para su gusto y por un momento sus ojos le parecieron extraños, pero no se detuvo lo suficiente para reparar en que su iris de ámbar estaba incandescente.


Solo tuvo ojos para el vestido parisino, hecho un guiñapo, bajo los afilados tacones de ella.


Mil gotas de un sudor desatinado hacían brillar la piel desnuda de su esposa bajo la luz de gas.


Estaba muy bella pero sintió deseos de abofetearla por el descuidado trato que daba a la prenda tirada en suelo y también por la irritante provocación estética de sus zapatos faltos de color, pero se contuvo. Era escandalosamente tarde y la impuntualidad su peor pesadilla.


Ella no se asombró por el reproche agrio que se dibujó en el ceño fruncido de él. Escudriñó su mirada y lo supo más molesto que divertido, más preocupado que excitado, mas dispuesto a salir de la cabina que a quedarse y más decidido a evitar arañazos sobre la preciosa tela de su vestido de noche que a infringirlos en su piel.


Esperó que sucediera algo distinto esta vez: algo brutal o algo que al menos fuera inesperado, pero no sucedió nada, salvo que él insistió tiránico en que se diera prisa.


Ella recuperó la calma y tomó el vestido del suelo para enfundárselo de nuevo. Después abandonaron juntos la cabina,  pero no le siguió dos pasos por detrás aquella vez. Tomó la dirección opuesta al coche restaurante, sintiendo la mirada asesina del esposo clavada en su espalda.  


Supo que todo estaba perdido: él jamás perdonaría por obligarle a llegar solo y tarde a una cena de etiqueta en el Orient Express.







El encargado de los vagones de segunda fumaba en el pescante trasero. El frio le clavaba alfileres en la ruda mano con la que sostenía un habano usurpado y lanzaba bocanadas de humo apoyado sobre la fina barandilla que lo separaba de la estepa.


Se sentía libre y poderoso en momentos así.


Dio la última calada y dejó caer la colilla, que se alejó velozmente entre dos travesaños de la vía.  Buscó el tirador de la puerta para regresar al calor del tren pero vislumbró que había alguien al otro lado de la puerta. Tenía los ojos cerrados y apoyaba las palmas de sus manos sobre el ventanuco,  lanzando vaho en el cristal a intervalos regulares.  La observó curioso hasta que ella abrió una ventana nueva dentro de la empañada y se asomó buscando la estela de los raíles sobre la llanura blanca de Rusia.  


La mujer se sobresaltó al descubrir la silueta de un ser vivo en aquel exterior desolado.


El hombre dudó al ver aquellos ojos imposibles ardiendo como ascuas y llamándolo, pero decidió proceder con cautela al descubrir cierto halo de locura suicida en las pupilas dilatadas. Valoró posibilidades de conflicto al identificarla como pasajera británica de la primera clase y cuando ella abrió la puerta saludó respetuoso, siguiendo las rígidas formulas habituales con los clientes del tren. 


La mujer reconoció en él a un animal bello, tosco y feroz y extendió los brazos sobre las jambas para impedirle el paso. Lo retó echando su cabeza hacia atrás y dejando que el viento penetrara en el pasillo, acariciándola con su mano helada al ritmo del vaivén del tren.


El hombre se supo autorizado a mirarla y lo apresó la zarpa de un deseo urgente por aquella mujer tan hermosa. Estaban lejos de miradas indiscretas y se abandonó al placer de la sangre fluyendo por sus cavernas azuladas.


Ella anheló escuchar una música compuesta de aullidos y crujidos de seda ajironándose a empujones y mordiscos.


– Abrázame – exigió.


Compartieron el trayecto como dos lobos esteparios que se asaltan sobre nieve caliente. Hubo nobleza en el cuerpo de la mujer entregándose y cierta ternura en el salvaje y pausado cruel ataque sin fin de aquel hombre.







Regresó al lujoso camarote con la certeza de que un cachorro de lobo ya habitaba sus entrañas.


Pensó en la mejor manera de asesinar a su esposo, antes de que el lograra asfixiarlos lentamente entre estanterías atestadas de cosas y la nada.


Eligió la más sencilla y abrió las cortinas para que la luna se colara dentro.


El esposo coleccionista volvió al filo de la medianoche y su corazón no pudo soportar el dolor que le causaron dos sedas de su propiedad estropeadas al mismo tiempo: los restos del vestido y la desnudez herida del cuerpo, que él nunca había tocado, fueron el arma sutil con la que ella le apuñaló.


Los latidos cesaron al mismo tiempo en que el año 1930 moría en el reloj del restaurante del Orient Express.







2 comentarios:

  1. Carmen, me ha encantado tu narración. Muy original y bien expuesta. Como no se si esto te llegará-soy neófito también en esta familia- no abundo en mi comentario.
    Enhorabuena.
    Saludos muy cordiales
    Alfredo Asensi

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  2. Estimado Alfredo, El relato es de Julia García Navarro, es colaboradora de nuestra revista Absolem, que La Oruga azul edita mensualmente en formato electrónico. Es fabuloso, trasmitiré tu enhorabuena a la autora. Saludos.

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