La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

jueves, 15 de diciembre de 2016

El mosquito en el frasco, por JULIA GARCÍA NAVARRO.


La vida no es un ensayo, aunque tratemos muchas cosas; no es un cuento, aunque inventemos muchas cosas; no es un poema, aunque soñemos muchas cosas. El ensayo del cuento del poema de la vida es un movimiento perpetuo; eso es, un movimiento perpetuo.”
Augusto Monterroso.


Los focos deslumbran la escena al abrirse el telón.

Estoy ahí, pero el golpe de efecto de mi disfraz de demonio se desmorona porque no lo encuentro por ninguna parte ni suena la melodía que ameniza mi entrada y quedo ridícula, desnuda en el centro del escenario. Bailo con el silencio, aburriendo a mi público. Son burgueses de bigotes prusianos y prominentes estómagos, que se ausentan mentalmente entre bostezos.  Es terrible leer sus pensamientos, replicando palabras obscenas, en una cadena sin fin. Están cabreados porque no les entretengo y ni siquiera les excito; entre tanto chasco terminan por echar de menos a sus esposas y las llaman usando teléfonos de baquelita que encuentran sobre mesillas redondas; los artilugios de hablar con las familias siempre están ahí, activos para que los clientes del garito puedan suplicar que vengan a salvarlos.

Las mujeres llegan en tropel; despeinadas como si hubieran acampado en el hall del night club durante años. La última en entrar olvida cerrar las cortinas de terciopelo raido y deja que una invitada inoportuna se cuele en la sala; Luz de sol es cruel y trae un espejo, profusamente decorado en oro, que me enfrenta a mi propio reflejo; tan vieja y tan desnuda como estoy.

En el atiborrado patio de butacas las recién llegadas se sientan con sus parejas y abren las cestas de picnic que siempre llevan a cuestas.  Una mujer bendice su pan y otra hace un mohín por el sabor mediocre de una salsa pero a los hombres nada de eso les importa; engullen pulcras cuñas de tortilla de patatas y hacen oídos sordos si ellas cuchichean a sus espaldas.

Las esposas repiten frases triviales en una eternidad tan estrecha que me provoca arcadas; vomito los restos de mi ira en forma de lava selectiva que las abrasa hasta convertirlas en estatuas de ceniza. 

Ellos no se inmutan; prosiguen degustando licores y como me olvidaron al llegar ellas,  las olvidan a ellas al llegar el turno de las copas.

Pero la mirada de un hombre persiste sobre mí: el que nos paga por trabajar aquí pulsa el botón de la música y apaga focos para observarme a oscuras desde su palco. Los espectadores no le ven tomando decisiones, pero yo sé que es él quien enciende las luminarias antes de tiempo o quien las apaga al poner la música para convertir las escenas en esperpentos. Quiere que sufra y sufre al desearme; lo sé porque su nariz está roja y se hincha brillando como un globo que revienta y me rocía con babas asquerosas. Los labios de su rostro contrahecho siguen a la nariz, y parecen palomitas de azúcar rojo a punto de estallar en una sartén.

Después vendrán sus manos y si permanezco en escena lo suficiente llegará el turno a su pene.

Pero hoy hace algo distinto y me lanza el disfraz de demonio que suelo vestir en escena y también uno de ángel dorado, que nunca antes había visto. Me ordena que elija y me lo ponga. Siento que quiero ser un ángel por esta noche y cuando lo rozo se desvanece como humo bajo mis dedos.

Corro desesperada hacia el patio de butacas, porque no sabía que odiaba el disfraz de Lucifer, pero él pulsa el botón y quedo atrapada en el centro de un telón de cristal; fundida cómo un mosquito atrapado en la gota de ámbar.

El público aplaude entusiasmado; tanto ruido hacen que quisiera tapar los oídos de la mujer prendida, para que no me duelan.


***


El despertador suena, interrumpiendo el sueño que últimamente me acompaña insistente entre las sabanas. Hoy no me levanto y no me aseo; tampoco desayuno aprisa, para desafiar la luna encendida y vencer a la hora punta.

Este amanecer es diferente; tomo el ordenador, inmutable compañero insomne de cama, y escribo:


“Queridos todos:

He pasado media vida con vosotros en esta empresa. Habéis sido parte importante de mí, en realidad lo erais todo para mí.

Pero hoy finaliza el trayecto.

Soy libre de ser libre y doy por terminado el acto, sin pasar por caja.

El mosquito escapó del frasco.


Fdo. Elena

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