La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

jueves, 15 de diciembre de 2016

Llamador de Ángeles, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN.



Virginia Morgan había cerrado las ventanas de su casa con el firme propósito de no volverlas a abrir. Cansada de tanto desatino y sufrimiento, aquel día decidió poner fin a todo encerrándose de por vida -¡basta!, se había dicho a sí misma mientras cerraba la puerta de su casa de un portazo rotundo-. Jugueteó un instante con un colgante que siempre llevaba puesto y al que tenía aprecio, se tendió en la cama y allí, inmersa en la oscuridad de su habitación quedó dormida.
Pasadas varias semanas, unos vecinos dieron la voz de alarma, pues nadie entraba ni salía desde hacía días. Dentro se escuchaban,  sin embargo, llamadas o tonos de teléfono y extraños sonidos como tintineos de cascabel. Alarmados sus familiares, finalmente, tomaron cartas en el asunto. La policía sólo encontró esta extraña nota encima de su cama.

“He debido perder la razón, enloquecida por este horrible viento que nos azota día y noche. Las nubes parecen viajar siempre en dirección noreste. El mar se ha secado de tanto perdurar. Es todo tan extraño. Hemos encontrado dos veleros encallados en el fondo de arena. Las conchas marinas castañetean como crótalos y vuelan sonoras hasta ir a estrellarse contra las rocas. Caminamos sin descanso, capitaneados por un enigmático guerrero coronado de laurel, cabalga a la cabeza de la gran hilera de supervivientes, junto al rinoceronte sagrado que porta, todavía, un cáliz de sangre. Un grupo rezagado de amazonas le vigilan recelosas. Donde antes hubo plancton marino ahora crecen inmensos árboles que casi tocan el cielo, son los árboles luciérnaga, les llaman de este modo porque se iluminan al anochecer debido a los restos de una sustancia química que quedó impregnada en ellos tras la guerra definitiva. Al fin hemos acampado dispersos y agotados y no dejo de preguntarme cómo he llegado hasta aquí. El frío me hace tiritar constantemente aun envuelta en mis pieles. El silencio sobrecogedor lo envuelve todo. Llega de la lejanía un sonido cristalino, apenas suspendido en el aire, como cuando un colibrí liba preciso una flor. Es algo semejante al sonido de un cascabel.
Puedo ver cómo giran las horas en la espiral vertiginosa del infinito. Alguien da aviso de que al fin hemos llegado a nuestro destino. Me dicen que esta es la tierra de un ser escindido, ahora alguien me lleva hasta él, nos acercamos camuflados en la oscuridad mientras todos duermen. Su sola presencia provoca en mi ánimo un deslumbramiento de oro. Quedo inmóvil y maravillada ante este ser poderoso, su torso como de bronce bruñido me acoge con un abrazo. Ataviado como un antiguo guerrero bárbaro porta una magnífica espada labrada y refulgente.  No temas, has llegado al nuevo horizonte, me dice. Después me muestra la aurora boreal, el flujo y reflujo de las constelaciones. Cae la nieve y descubre para mí el secreto del universo, la hermética geometría de los fractales. Ya no siento frío. La ciudad transparente se prende  bajo el resplandor de una estrella trizada. Todos duermen ahora, algunos balbucean con la mirada perdida. Una anciana se alimenta con carnosas flores amarillas. ¿Qué será de mí ahora? Él no responde, únicamente acaricia mi cabello, siento que los párpados me pesan…”

Junto a este manuscrito se encontró también una joya conocida como “Llamador de ángeles” y una especie de caracola apenas de un centímetro de tamaño conocida científicamente como “Orculella bulgárica”, actualmente en peligro de extinción.


A Virginia Morgan se la dio por desaparecida, nunca fue encontrada, ni viva, ni muerta.  

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