La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 13 de febrero de 2017

Los besos olvidados, por MERCHE HAYDÉE MARÍN TORICES.

Ilustración de Berni Parker

“Besos que vienen riendo, luego llorando se van, y en ellos se va la vida, que nunca más volverá” (Miguel de Unamuno)

Naira cruzó la calle con prisa, casi sin mirar coches ni peatones. Tenía el tiempo justo para recoger a Edith, su mejor amiga, y poner rumbo ese fin de semana a un cálido refugio de montaña. Le había prometido a Edith que estaría lista para la hora del almuerzo. Pasaría a recogerla y comerían de camino a la Sierra, en un lugar donde lo más sencillo se convertía en un manjar delicioso. Pero se le había complicado la mañana, nada diferente a cada uno de sus días, y eran las cuatro de la tarde cuando una hambrienta y triste Edith la esperaba en la acera, para que no tuviera que detenerse a aparcar.

Desde que a Edith, la que fue siempre la más destacada en todo, la más emprendedora, la que “paraba el tráfico”, no sólo por su belleza sino por su encantadora sonrisa, le diagnosticaron Alzheimer, Naira decidió que no la perdería, que lucharía con ella y contra ella. Por eso acordaron ir cada quince días a algún lugar que hubiera sido crucial en la vida de Edith, para que no borrara su memoria, para que no perdiera su pasado; ese que los psicólogos usan como si fuera un pozo sin fondo, ese que muchas veces hay que dejar de lado para poder seguir creando el futuro.

Naira y Edith habían crecido juntas en un barrio de la periferia. Fueron al mismo colegio, se enamoraron del mismo chico, cumplían años el mismo día y sabían todo la una de la otra. Información muy útil para Naira desde que su amiga tropezó con ese terrible mal que corre demasiado deprisa. Por eso Naira inventó este sutil juego: “Edith, ¿qué hay más importante que los besos?, cada uno que has dado y cada uno que has recibido no es posible que lo olvides, por muy dura que sea tu enfermedad. Vas a vivir de nuevo cada beso de tu vida y con él, cada momento de ella. Te prometo que estaré a tu lado, viajaremos en el espacio y en el tiempo…”. Por entonces Edith tenía 35 años y sólo le alarmaba que cuando pasaba de una habitación a otra, no recordaba por qué había ido allí, ni por qué estaba abriendo un cajón, ni por qué había salido a la calle, pero todo lo demás estaba intacto en su recuerdo. Naira la había acompañado al médico y tras recibir el enorme mazazo del diagnóstico, se cogieron de la mano, como siempre hacían en los momentos difíciles y fue entonces, frente a una gran fuente de roscos fritos caseros, cuando Naira le propuso su plan. “Perfecto”, contestó Edith, no tenía motivos para desconfiar de su amiga, se sentía bien y se prometió a si misma que lo lograrían. “Un viaje de besos… jajaja, sólo a Naira se le habría ocurrido”.

-      Lo siento cariño, he tenido varias reuniones y un cliente muy pesado, sube, corre, que aún llegamos a tiempo para comer esos flamenquines con patatas que tanto te gustan.

Edith escuchó a su amiga con una sonrisa ida, sin saber muy bien qué eran flamenquines, ni reuniones, ni tampoco quién era la conductora de aquel confortable deportivo. La cuidadora la había dejado cuando vio venir el coche de Naira, le había puesto un primaveral vestido floreado, la había maquillado y hecho su pequeña maleta. Era como una niña dulce y tranquila, se iba apagando como una velita pero no decía nada, no se quejaba… Sólo a veces se miraba al espejo y una lágrima, una sola, viajaba por su mejilla.

Naira y Edith habían viajado a muchos sitios. Fueron a París, a recordar su viaje de estudios y ese primer beso, torpe y apasionado, de Edith bajo la luna de Montmartre. Después volaron hasta Siena, donde ambas terminaron el doctorado y donde, tras la lectura de la tesis, habían recibido una lluvia de besos de sus familias. El tercer fin de semana Naira condujo hasta la Ermita de la Virgen de las Fuentes, en Ávila, para que Edith evocara su sencilla y preciosa boda, su beso nupcial. Luego, pasaron un memorable “weekend beach” en Zahara de los Atunes, el rincón favorito de Edith para descansar, para veranear, para disfrutar del mar y cuya casa familiar frente a las olas, todavía conservaba. Allí, en Zahara, estaban presentes en cada paso que daban, los besos de sus dos hijos: sus primeros pasos, los picnic en la playa, la piel quemadita de sus gemelos que Edith besaba con tanto amor.

Para entonces Edith ya no era más que una sombra de lo que fue y lo peor, era consciente de ello. En París y en Ávila fue diferente, imágenes y sensaciones venían a ella como un maravilloso álbum de fotos, pero al llegar a Zahara no reconoció ni su propia casa…

-      Naira, no sé qué me está pasando, ¿dónde estamos?

Su amiga la miró con ternura y temor, le dio un beso en la mejilla y la abrazó:

-      No temas querida, ya verás como te acuerdas, ha sido un viaje muy largo y necesitas descansar. Acuéstate, yo deshago las maletas, preparo algo de comer y te llamo. Descansa cariño, no te angusties.

Pero cuando fue a despertar a Edith la encontró de pie mirando las fotos enmarcadas del pasillo.

-      ¿Quiénes son?

Naira contuvo las lágrimas y, con infinita paciencia, le fue explicando su propia vida. Edith no acertaba a comprender que ella fuera madre, que supiera volar cometas, que bailara en las fiestas del pueblo… Y aquel joven moreno que la abrazaba… Sentía que en parte era algo suyo pero no podía explicar… su mente no le respondía y lo peor, su corazón tampoco.

Naira comprendió en ese momento que su amiga no necesitaba recordar nada más. No iba a someterla a esa tortura. Seguirían de escapada “sus” fines de semana sólo para que Edith creara nuevas vivencias, sin la angustia de no recordar el pasado, con la alegría de vivir el presente. Naira sabía que a su amiga no le quedaba mucho tiempo. Desde que su marido, piloto de avión, desapareció en una selva de dónde nunca lo sacaron, Edith comenzó a tener despistes, a dejar de pensar porque era un tormento. Ni sus adorables hijos, ni su trabajo que le apasionaba, ni las fastuosas comilonas que siempre se servían en su casa, ni toda la maravillosa vida que aún le quedaba por vivir fueron suficientes para evitar la tragedia. El estrés, la ansiedad y su propia soledad dieron paso al Alzheimer y éste a la indiferencia.

Por eso, iban rumbo a la Sierra. Edith adoraba la playa y no era amante de la montaña, pero como no lo recordaba, que mejor regalo que ofrecerle antes de que se fuera todo lo que no había disfrutado antes.

-      Edith, come un poco más, es tu plato favorito, verás a que sitio tan bonito te llevo, te va a encantar, pero necesitas estar fuerte pues vamos a pasear mucho por la montaña.

-      Señorita es usted muy amable, es que no tengo hambre, y miraba el plato como si no lo hubiera visto nunca. Escarbaba un poco pero rara vez lograba llevar algo a su boca. También su cerebro se había vencido y no podía coordinar la mayoría de los movimientos. Edith ahora estaba muy delgada pero jamás le habían importado esos kilitos de más. Era una gran gourmet y paseaba sus curvas con orgullo y risas. Naira se sentó junto a ella y le fue dando a pedacitos, como hacía la cuidadora, hasta que su boca se frunció, como la de un niño pequeño y ya no quiso comer más.

Era ya anochecido cuando llegaron a la cabaña. Naira contempló lo que quedaba de atardecer sin perder de vista a su amiga que caminaba a pasitos cortos, musitando entre dientes su canción favorita, “…Moon river, wider than a mile, I’m crossing you in style, some day… Oh, dream maker, you heart breaker, wherever you’re goin’, I’m goin’ your way…”. ¿Cómo es posible? Qué extraño mecanismo es la mente… no para de cantar su canción sin extraviar ni una palabra y no es capaz de reconocer a sus hijos, ni a mí. Suspiró y dejó las maletas para mañana, la cabaña estaba bien surtida de comida y les habían preparado la chimenea que ardía cálida cuando entraron.


Esa noche Edith durmió y Naira recordó por ella. Su adorada y entrañable compañera de vida ahora vagaba sin destino, sin horarios, feliz en su nuevo mundo, ajena al dolor, huyendo de los besos olvidados. 

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