La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 14 de marzo de 2017

FERNANDO DE VILLENA (escritor)



       
Un fuerte abrazo desde la Alhambra para todos los colaboradores y amigos de la revista Absolem .

Fernando de Villena.


   BIOBIBLIOGRAFÍA
Fernando de Villena  (Granada, 1956) ha publicado veintidos libros de narrativa con títulos como: “Relox de peregrinos”, “La casa del indiano”,  “El hombre que delató a Lorca”, “Sueño y destino”, “Iguazú”, “El testigo de los tiempos”, “Udaipur” , “Mundos cruzados” , “Valparaíso. El secreto del Sacromonte” y “Los conciertos”. Como poeta ha desarrollado una extensa producción agrupada en los volúmenes “Poesía 1980-1990”, “Poesía 1990-2000”, “Los siete libros del Mediterráneo” (2009) y “Los colores del mundo (penúltimos libros de poesía)” (2014). Profesor de Literatura, ha dedicado también algunas obras al estudio de la producción literaria en los siglos de Oro y en el siglo XX y ha escrito ensayos como el titulado “127 libros para una vida”. Pertenece a la Academia de Buenas Letras de Granada, a la Academia Hispanoamericana de las Buenas Letras y al Instituto Patafísico Granatense..



CONRADO ESPÍA EL BAÑO NOCTURNO DELAS DONCELLAS





            Turbando los senderos pálidos de luna, en el estío,

desnudas bajaban con la cómplice noche

a la verde alberca las doncellas.



            Y eran inexplorados continentes sus cuerpos,

nuevos mundos a mis ojos, de tan reales,

y reales eran aun en su desaliño de servidumbre.



            Sosteniendo los tesoros de sus risas

recibían al cristal como a un amante

deshecho por el gozo.



            Surgían luego como cisnes,

salpicando estrellas los cabellos,

perlas los senos.



            Frotándose entre sí se iban secando

bajo la brisa que buscaba arpegios

en las ramas altas de los eucaliptos.



            Ajorcas de ovas en sus pies descalzos,

velos de aromas vírgenes en sus sierpes caderas.



            Ceñidas entre sí volvían, con la vida en sazón,

frescas como escarchados cálices

de madreselvas.



            Y yo, apagada la bujía,

las miraba doliente y las miraba.


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