La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

miércoles, 15 de febrero de 2017

El monedero de los besos, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN.


Qué sería de los niños ricos si no fuera por las sirvientas, que les ponen en contacto con la verdad y la emoción del pueblo (F. García Lorca).

De Vicenta, “la tata” apenas se sabía nada, excepto mi amigo: el menor de los hermanos Boris Esteo, un reputado periodista internacional al que ella había criado y dedicado todo su tiempo. Él, era el único que había tenido acceso a los secretos de su vida y al territorio restringido de su habitación: un cuartillo situado en el ala izquierda de la madrileña residencia familiar de Atocha. Vicenta no tenía familia y en aquel habitáculo de apenas cuatro metros cuadrados, una cama de uno cinco, mesita de noche y lamparita de 100 vatios, había transcurrido la mayor parte de su vida, una vida sobria y dedicada por entero a cuidar los hijos de otros.
Lo que le había llamado siempre la atención a Carlos, según me contó el día del funeral, fue el grabado de un elefante indio primorosamente enmarcado que Vicenta tenía colgado en la cabecera de su cama junto al crucifijo: un elefante aparejado con infinidad de adornos y abalorios ceremoniales.
Carlos, visiblemente afectado, me mostró a propósito de la agradable impresión que me causó el grabado del elefante, la tarde que entró por primera vez a aquella habitación: lo recuerdo como si fuera ayer, Vicenta me dijo:
-         Pasa, Carlitos ¿te gusta el elefante eh?, Un día tú viajarás a la India y me traerás unas alfombras tan bonitas como las de este elefante verdad?.

-         Sí, Vicenta, creo que podré ir con mi padre.


-         ¿Con tu padre? No, irás tú sólo, porque para entonces serás ya un hombre.
Carlos al parecer, fue uno de esos niños curiosos que inspeccionan todo, observan y preguntan hasta la saciedad y pueden resultar un poco coñazos, bueno pero no me desvío del tema. Otra de las cosas que le intrigaba, me dijo, era un monedero muy colorido de pellizco que al parecer Vicenta tenía siempre abierto encima de su mesita de noche.
-         Vicenta ¿Para qué quieres el monedero?.

-         Qué preguntas tienes Carlitos, pues para guardar la calderilla.

-         Pero si está siempre vacío.

-         Siempre vacío ¿y tú cómo lo sabes?, claro, eso es porque en los monederos se pueden guardar otras cosas además de dinero.

-         ¿Cómo qué?

-         Pues, besos por ejemplo.

La tata Vicenta fue siempre perita en besos ¿sabes?, sostenía que los besos alimentan. Decía que hay besos “guácharos” que son los que se dan juntando mucho los labios como si fueras a silbar o chupando como cuando se toma limonada con pajita, y se llaman guacharos porque suenan como el piar de los guácharos en el nido reclamando alimento. Besos de pato, que se dan metiendo hacia dentro los labios, abriendo y cerrando la mandíbula como hacen los patos. Son besos tiernos, juguetones, que según ella, debían dárselos padres y los hijos durante la siesta del verano. Besos de gato que se dan apenas con la puntita de la lengua asomada entra los labios, como mojando un pincel en agua clara. Y, en fin, todo un animalario de besos que debían dar las madres a sus hijos para mejor repartir el amor que les sobra.
-         ¿El amor sobra, Vicenta?.

-         Siempre, Carlitos, no lo olvides nunca, por mucho que des, siempre te queda más.

-         ¿Y cómo son los besos que guardas en tu monedero?

Son aquellos que se me han quedado encerrados en las manos porque cuando me los dieron no supe qué hacer con ellos. También guardo algunos besos remilgados, protocolarios, de esos que se dan apenas rozando el rostro con el del otro, dados a gente de la que una espera otra cosa. Y también el único beso de amor que me han dado en la vida.
-         ¿Cómo son los besos de amor Vicenta?

-         Son los únicos que se dan con el alma, además de con la boca. Se distinguen de los otros porque nacen del apresurado latido del corazón, revolotean después en el estómago como las mariposas, suben hacia el pecho y finalmente los labios le ayudan a llegar a su destino.

-         ¿Y por qué dejas el monedero abierto? Se te van a escapar todos…

-         Es que el quid de la cuestión está precisamente ahí Carlitos, en dejar el monedero abierto para que los besos puedan entrar y salir, ir y venir.

Así era Vicenta.
-         En fin Carlos, me ha encantado verte después de tanto tiempo y ahora qué planes tienes?.

-         Me han dado a elegir entre quedarme aquí o en la corresponsalía de Singapur.

-         ¿Y qué vas a hacer, te quedarás no?

Esta mañana he ido a despedirlo al aeropuerto, se va a Nueva Deli de corresponsal. Y al preguntarle ¿por qué a Nueva Deli? Me ha respondido que lo lleva hasta allí un asunto de vital importancia: comprar una alfombra, un encargo que Vicenta le hizo cuando todavía era un niño. Volviendo para casa pensé: ¡este tío es la ostia!.


martes, 14 de febrero de 2017

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 41, 15 de febrero de 2017 "El beso"..


Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN: 2340-8634



SUMARIO




PORTADA, POR ABSOLEM.



ARTISTA ANFITRIÓN: 






MICRORRELATOS: 




RELATOS: 




Aquel beso, por JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GARCÍA.


Hoy me ha felicitado el amor antiguo,
escribiré a su beso, aún incipiente,
mis glándulas redondean su universo,
derritiendo su cadencia tímida
en lo más bullido de la almohada lo acuesto.
Es, el que me enamorara,
el primero que superé trepando las tapias de la alfarería.

Obligado me sentí a volver
a aquella perspectiva ardiente
con nombre de mujer.

La puerta estaba abierta
y empecé a sentirme feliz desenredando sus cabellos,
ajustando su lengua a la mía.
Fue aquel beso el primero
que caminó la fusión de los labios,
acechando albas y ocasos.  

Después vendrían más por los callejones
el de la gasolinera, aquel donde tropezó tu madre.

Aquella tarde el mío lo bordaste tú, niña
ay, ay que frescos eran los besos,
ay cuanto decían.


Dos apasionados tórtolos besándose detrás del cementerio, por ANTONIO PELÁEZ TORRES


Sombras en la luz con sabor de invierno
donde coronan derribadas piedras,
junto al bronce fundido del infierno,
carcomido por el musgo y por las hiedras.

En la tumba los paisajes derruidos
de una boca desdentada en el ultraje,
yace en trozos de fulgores contenidos,
la cruel venganza del viaje

No importa juventud que llegue el frío, 
si el pecado petrifica ya tus huesos,
aniquilados los muros del pudor.

Ni importa el olvido del vacío
de dos almas construidas con los besos
que florecen con las formas del amor.


por un beso, qué daría..., por MARIAN ORRUÑO TOUZÓN.


"por un beso, qué daría por un beso... (Bécquer) 

Nos besamos y nos besamos y con cada beso me hiciste una promesa, amueblándose mi boca  de ti, ya no era mi boca sino un cuarto con cama y sofá donde hacer el amor, donde acariciar tu boca y tu pecho y deslizarme por tu cuerpo, tan lentamente que dudaba acabar de hacerlo algún día, me ralentizaba tanto en ello que las noches fueron eternas; alguna vez amanecerá, me preguntaba y no amanecía..., no amanezcas..., y una y otra vez, y mi boca se agrandó para que entrases en ella, y ya no era mi boca, sino nuestro refugio clandestino, silencioso, susurrante.
Con tu boca me escribiste versos, de tu boca salió que me amabas y cada vez que lo hacías tocaba a arrebato, algo escuchaba: el tañer de una campana, el sonido de una ola romper sobre la roca, el relincho de un caballo, y te juré, recuerdas, te juré sin sonido, tan callado, juré, te juré que jamás saldría de ella, tan tibia, tan soñada, juré siempre amarte, juré que jamás abandonaría aquel cuarto caliente con cama y sofá que era tu boca...

Y ahora ya no es tu boca ni la mía, porque con cada beso que nos dimos, aquella boca que era tuya y al fin era mía, no fue ya de ninguno sino de los dos y ambas se hicieron lago, río, mar, por el que navegamos con velas a todo trapo; suelta la mayor, que navegamos rumbo a cualquier parte, y desaparecimos del mundo aquel...

Sencillez, por TOMÁS SÁNCHEZ RUBIO.



                                                           A Lourdes



Y volverás, mi amor, esta mañana
a hacer que florezcan los cerezos,
como besos de madrugada,
como abrazos de viejos amigos,
como la vida
que no deja de sorprendernos
cada día.

Desnudo y con palabras desnudas
me presento ante ti.

Más allá de definiciones
y metáforas,
con tu plenitud
y tu sonrisa a plena luz,
les estás dando
cada vez más sentido

a mis horas en este mundo.

Tu beso, por ISABEL REZMO




Tu beso es un cordel de pétalos

en las laderas,

que sabe a cielo

cuando despierta su roce.



Retorna a su sitio

en la fragancia del aire,

de puntillas por el cuerpo,

sobornando tu valle,



rompiendo la escarcha,

gritando tu nombre.



Tu beso encuentra mis labios

y provocan el duelo,

encienden lujuria

y taladran el talle,



muriendo me encuentro

por salvar su hambre.

Una idea, por CONSUELO JIMÉNEZ.



Eres brote, hechizo, pétalo de dulce sal,
anhelo trenzado en el sedal de mis labios.
Desde ya, apetito, miradas de sol naranja,
deseos vertidos en el despropósito de gestos tunantes,
verbos librados sobre el azul mar de la estrofa.

Ven, se un beso de rosa en mi boca.

Cruza la marea, caracolea entre olas,
tropieza en la oscuridad de todas las cosas.
Sangra rocío en mi puerta, ríndete.
Cautiva mi sombra, bésame. Besa.

Ven, se un beso de rosa en mi boca.


Una misak, por MAURICIO JARAMILLO LONDOÑO.



Estaba en la Feria Artesanal de Manizales, mi ciudad natal, y ¿qué me encontré en uno de los stands?: a Dora Lucía Yolanda, indígena Misak, madre de cuatro hijos, casada con Julio Almeida, presentando sobre una mesa unas pequeñas bolsas con alimentos naturales: quinua, kiwicha o amaranto, tarwi, maca, chía y otras especies de granos ancestrales de Los Andes.
Dora Lucía lucía su vestimenta típica: falda negra, blusa de un sólo color y pañolón azul de lana. Pasé junto a ella, miré sus productos, se me estranguló el corazón pues eran tan poquitos, tan escasa su exhibición, trasmitían tanta fragilidad, que, repito, se me arrugó el alma, se me mojaron los ojos, se me quebró la voz, porque a ella, a doña Dora Lucía, con su diminutez, con su sombrero ‘Tampal Kuari’ ―así lo llaman ellos, quienes como buenos guambianos dicen en su lengua wampi-misamerawan que lo usan como una manera de conservar sus pensamientos, y lo tejen como una forma de comunicarse con la naturaleza, los espíritus, los otros y uno mismo―, con su cantarina respuesta que brotó de su garganta como si salieran pajaritos del monte a hablar con uno, la vi tan delicada mirándome desde la profundidad de sus ojos negros cuando le pregunté de dónde eran estos paqueticos, de qué etnia era ella. 
La señora Dora Lucía, misak vestida de misak, hablando con la dulzura de las gentes del sur, se puso a contarme su historia abriéndome el bosque de su linaje:
»Desde que tenemos memoria los misak somos agricultores que cultivamos maíz, papa, café, ulluco, frijol, repollo, habas y estos granos que aquí le muestro. Pertenezco al Cabildo Mayor de Guambía. Mi esposo vino de la estirpe de nuestra etnia y aunque tenemos iglesia católica en el pueblo conservamos las creencias de nuestros antepasados y nuestra propia justicia ancestral.
»Y, sí señor, nos han apaleado por siglos, pretendido nuestras tierras como si fuese posible robarnos los sueños, lo que es de uno, lo que nos pertenece. Pero hoy, no porque nos lo hayan regalado ni doblegado, preservamos las costumbres propias, la lengua que es tan sagrada como el agua de los ríos, nuestra vestimenta que nos hace diferentes de los occidentales a quienes respetamos como humanos que somos, pero de quienes no aceptamos imposiciones ni malicias.
»Que por qué estoy en esta Feria, pues señor, porque necesitamos difundir las calidades de nuestros productos, darlos a conocer a todo el mundo, comerciar con ellos, buscar clientes. ¿A usted le interesan?

Le compré dos paquetes, uno de chía y otro de amaranto, le pedí su correo y aquí está: dorayolanda@gmail.com Le di las gracias por sus palabras y le dije que si me permitía darle un beso en la mejilla de despedida. Me miró extrañada, lo pensó, y me dijo que sí. Sentí su piel oscura sobre mis labios y me acerqué a mi estirpe, a mi familia, a mis orígenes. Me siento hoy algo de misak, y de seguro, en otra feria, encontraré también mi tercio siguiente: descendiente de negros; y por supuesto mezclado de vasco por eso de los frisoles y las arepas.

El día más frío, por F. JAVIER FRANCO.



El día más frío del año.
Ésta es la proclama callada,
pero irrebatible, de los termómetros.
Es enero, no podía ser de otro modo.
No puede ser de otro modo.
Pero el día más frío de su vida
quedó tan herido como marchito, 
gélidamente grabado a fuego,
una madrugada 
de otro enero recién descorchado.
El día más frío, el momento más frío,
más aterrador a cada día de recuerdo,
quedó preso para siempre,
y su reclusión perpetua,
tras las verjas del beso que no dio,
en aquellos labios adolescentes
que buscaban inseguros otros labios,
pero que, incapaces,
dejaron escapar en un suspiro
la calurosa, mágica, huella del tacto.
Y ya tan sólo quedó el frío,
el frío del beso al vacío,
a lo que pudo ser y no fue,
a la cobardía de unos labios
tan inocentes como estúpidos.
La fría lápida del tiempo muerto,
en el panteón de un corazón en invierno,
siempre repetirá su testigo mortuorio
ante la barrera de bruma
que cicatrizó entre dos rostros,
que de tanto esperar
mataron el momento en la espera.
Tras toda una vida,
en el día más frío del año,
sigue supurando la herida
del momento más frío de su vida.


Besos, por MARÍA ELENA LEYVA MIRANDA.



Besos infantiles,
besos inocentes,
que son los primeros de nuestra niñez,
a veces se vuelven un poco egoístas,
buscando el regalo de papa' y mama'.
Después siguen siendo,
besos cariñosos,
pero algunos cambian en la madurez.
Hay besos que mienten,
otros traicioneros,
otros que en sí buscan, su propio placer.
Besos de ternura
que das en la frente
 a seres queridos,
 que ves que "se van".
En esos momentos quisieras ya darles,
montones de besos como un gran regalo,
en su Eternidad.

El beso, por GLORIA ACOSTA




  La esperó toda la noche en un duermevela extraño.
    La oyó llegar de madrugada. La fría sala, aún entre penumbras, apenas dejaba pasar el alba por la pequeña ventana del fondo. Escuchó su hilo de voz al acercarse a la madre que trataba de descansar en una incómoda silla. Las miró de lejos sabiendo de qué hablaban, pero él permaneció hierático.  
  Ellas siempre derrocharon reciedumbre porque fueron valedoras de sus querencias y despedidas y ese don que le fuera negado, forjó el trayecto de su vida lineal y predecible; pero ya no era el tiempo de cambiar las cosas, ya nada podía hacer para modificar una mirada turbia, una voz a destiempo o una decisión equivocada. Ahora solo podía dejarse ir.
  No salió el sol durante toda la mañana. El día transcurría distinto a otros, más confuso, más lento, más insustancial. Apenas prestó atención al trajín de gente entrando y saliendo, ni al murmullo de fondo que le resultaba incluso irrelevante. Le importaban ellas dos. Le preocupaba ella, lo que pensaría ahora de él, lo que sentiría mañana o pasado mañana.
  Nunca se lo dijo porque no tuvo la destreza de la palabra, ni siquiera a veces de los actos o las determinaciones. No había tiempo para entretenerse en lisonjas ni en te quieros; tampoco supo hacerlo porque le pareció siempre cosa de mujeres.
   Salir afuera le hizo bien. Ya no sentía frío, hacía rato que había pasado y recibió agradecido el soplo cálido del mediodía. Miró a lo lejos la intermitencia de las cortinas de luz que se movían ágiles sobre el mar sereno con el reverbero de un mayo intenso, y le pareció oler de nuevo su vapor salado en la piel que fuera joven. Recordó los días en los que ella le tomaba de la mano con temor infantil en busca de protección  mientras los pies abandonaban la firmeza de la arena agitándose en el agua, y aferrada a su cuello reía feliz de sus progresos. Su pequeña aprendió a nadar a su lado; luego se fue para crecer.
  Ahora caminaba detrás de él, rodeada de gente pero en lacerante soledad. La veía cansada y ojerosa, sabía  que no había  dormido y creyó leer sus pensamientos pero no pudo consolarla, y continuaron  el camino que ya no era de tierra como antaño. Lo habían recorrido en algunas ocasiones, aunque esta vez le pareció ajeno, más largo y abrupto, más lúgubre y decadente. Las copas afiladas de los árboles que bordeaban la puerta de entrada sacudían sus ramas instigadas por el viento que empezaba a resultar perturbador. Un pájaro se atrevió a cantar en aquella última primavera. Apenas algunos pasos rompían la atonía en un tardo caminar, como en esos sueños a cámara lenta, pero sólo reparaba en ella; los demás eran sombras desdibujadas, cuerpos sin rostro o ánimas con cara sin ojos ni boca, solo cuencas y huecos negros cerrando aquel desfile taciturno.
  Y al fin llegaron.
  El aire tibio lo envolvió por entero, y en lo alto el ocaso abrió un pedazo de azul entre dos nubes plomizas. La vio acercarse inerme y triste, ocultando con su cuerpo el último rayo de sol al acercarse a su frente. Oyó su respiración y aspiró el aliento familiar cuando ella intercambió el calor de sus labios por el rigor de su cuerpo yerto. Ya nada podía hacer, sólo dejarse ir, sentir el peso de la cal, oír martillar su caja al retirar adornos y herrajes y desde la oscuridad adivinar los pasos de su hija alejarse en el camino de vuelta a casa.


  Sólo aquel beso en su frente le habló de todo lo que nunca se habían dicho.

JOSÉ CARLOS ROSALES (Poeta)




Saludo

Tengo muchas razones para hacerle llegar al equipo de la revista electrónica Absolem mi agradecimiento, mis mejores deseos y un cariñoso saludo: por la generosidad que han tenido al acogerme entre sus páginas; por la sostenida constancia de su empeño en cultivar el pensamiento poético y mantener una mirada literaria tan abierta como limpia; y, sobre todo, porque espero que sigan así durante mucho tiempo, y que el cansancio nunca los debilite. Un abrazo cordial, José Carlos Rosales.


Nota Biobibliográfica

José Carlos Rosales (Granada, España, 27 de noviembre de 1952) es licenciado en Filología Románica (1975) y Doctor en Filología Hispánica (1996). Ha publicado los siguientes libros de poemas: El buzo incorregible (Granada, Colección Corimbo, 1988; Granada, Maillot Amarillo, 1996), El precio de los días (Sevilla, Renacimiento, 1991), La nieve blanca (Valencia, Pre‑Textos, 1995), El horizonte (Madrid, Huerga y Fierro, 2003; Premio de Poesía Ciudad de San Fernando), El desierto, la arena (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, Colección Vandalia, 2006), Poemas a Milena (Valencia, Pre‑Textos, 2011; Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego) y Y el aire de los mapas (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, Colección Vandalia, 2014). En diciembre de 2013 se publicó una amplia antología de su obra poética (Un paisaje, Renacimiento, Sevilla, 2013; selección y prólogo de Erika Martínez). También ha publicado Libro de faros (Málaga, Puerta del Mar, 2008; antología poética y estudio preliminar sobre la figura del faro en la literatura hispánica) y Memoria poética de la Alhambra (Sevilla, Vandalia, 2011; estudio introductorio y selección de poemas en lengua española relacionados con la Alhambra y el Generalife). Algunos de sus artículos y ensayos de crítica literaria han sido recogidos en Los secretos se escriben (Salobreña, Ed. Alhulia, 2008). Con motivo de la muerte de Leopoldo María Panero fue editor de Así se fundó Carnaby Street (Huerga y Fierro, 2014; edición y prólogo de José Carlos Rosales). Es columnista del diario Granada Hoy. Es miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada a la que pertenece desde su fundación (abril de 2002). Trabajó durante algún tiempo, como Profesor y Catedrático de Lengua y Literatura Españolas, en algunos Institutos de Bachillerato de Córdoba y Granada. Actualmente vive en su ciudad natal.
                                                





Poema

Esta noche estaremos en el café Anaïs



Oigo cómo se abre el grifo de la ducha,
cómo tu piel se moja y me imagino
tu piel llena de espuma
y el agua resbalando con calma por tu cuerpo,
llevándose los trazos monótonos del día,
y no puedo eludir una pregunta,
una vaga inquietud, una pesquisa:
¿Podrá borrar el agua la huella de mis manos?
¿Se notará esta noche, cuando estemos allí
en medio de la gente, el rastro de ese beso
que te daré más tarde en medio de la espalda?

Oigo el agua que cae, vuelvo a mirar la hora,
me levanto y te busco, y te miro peinándote
delante del espejo, y al ver tu piel mi duda
se desvanece y huye, ya no vuelve.

[José Carlos Rosales (De Poemas a Milena, Valencia, 2011)]