La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 14 de octubre de 2013

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 5, 15 de Octubre de 2013: "Historia y leyenda"


Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN 2340-8634
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SUMARIO


Ilustración de la portada de MARÍA FERNÁNDEZ MONTALBÁN "YEDRALINA" (Madrid).

ARTÍCULOS:



Es Saheli (Y la conexión Guadix-Tombuctú) de F. JAVIER FRANCO (Guadix).
El Centro Artístico de MIGUEL RUIZ ALMODOVAR SEL (Granada).

Juan Ramón Miranda, cirujano accitano del siglo XVIII de CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN (Guadix).


Domínguez Ortíz, diez años después de LEANDRO GARCÍA CASANOVA (Granada).



CUENTOS: 

El pozo amargo (Leyenda toledana) de EDUARDO MORENO ALARCÓN (ALBACETE).
La eternidad de JOSE ANTONIO ARAGÓN MATEO (Melilla).
Leyenda del reino ignoto de PEDRO PASTOR SÁNCHEZ (Albacete).     
Triste destino el de Caronte de DORA HERNÁNDEZ MONTALBÁN (Guadix).
Una leyenda del norte de CARMEN MEMBRILLA OLEA (Guadix).
¿Historia o leyenda? de PILAR VILLAESCUSA RIUS (Barcelona).


POEMAS Y ROMANCES:


El Palacio de los Sueños de PEDRO CASAMAYOR RIVAS (Guadix).
Romance de Rambla la vieja de PEPE VELASCO ROMERO (Guadix).
Estaba el jardín oscuro de Alicia María Expósito (Guadix).
Amado Bóreas de INMA J. FERRERO.
Romance de Alcázar de NURIA HERNÁNDEZ (Granadala), con enlace de "Alcázar, el velo de seda de ANA CHAMORRO Y CARLOS TRIVIÑO.





FOTOGRAFÍA: 



La antigua huerta de los Lao en Guadix de MARCELO MIRANDA RIVAS (Madrid).
Semblantes del Guadix antiguo de MIGUEL BLÁZQUEZ CARRASCO (Guadix).


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ARTÍCULOS: 


Es Saheli (Y la conexión Guadix-Tombuctú) de F. JAVIER FRANCO (Guadix)





Tombuctú. Primero de abril. Con la primavera los nómadas han regresado a su oasis, a la ciudad que fundaran en la alta edad media cerca del pozo que les recordara el prominente ombligo de una hembra llamada Buktú. Timbuktú, el pozo de Buktú, en la lengua tamacheq. Una ciudad que fue después núcleo de acogida para místicos musulmanes, siendo proclamada la “Ciudad de los 333 Santos”, ¡las contrariedades que va aportando el tiempo: del ombligo de una mujer voluptuosa a la santidad mística de los sufíes!
Esta vez los nómadas “hombres azules” han regresado portando armas de fuego, algunas, muchas, de última generación y montados en todoterrenos y carros de combate, nuevos camellos para la guerra. Es primero de abril de 2012, todas las guerras civiles tienen su siniestro primero de abril, la ciudad es tomada por los rebeldes tuaregs en la guerra civil que se está desarrollando en el norte de la República de Mali.
Setecientos años antes, el accitano Abú Ishaq Ibrahim, el arquitecto-poeta-diplomático, ya conocido como Es Saheli al-Garnatí, el granadino del Sahel, observa junto al sultán Mussa I la gran mezquita, cuya construcción proyectó y dirigió por su encargo. El monarca del “país de los negros”, Bilad ad Sudán, como es conocido por sus vecinos árabes y bereberes, ha quedado gratamente satisfecho por la obra, no ceja en expresar su admiración y en colmar las arcas del arquitecto del oro de su legendario tesoro.
Es la Gran Mezquita de Yinguereber, con la que ha inaugurado un nuevo estilo arquitectónico, después llamado sudanés, en el que resalta no sólo la técnica para levantar estructuras con inmensas moles de barro, sino la forma de decorar la edificación haciendo aflorar las vigas de madera de la estructura consiguiendo una ingeniosa ornamentación, que las sombras proyectadas por los rayos de sol a lo largo del día se encargan de realzar.
Siglos después, en otro continente que, aunque más joven, es conocido como el Viejo Continente, los grandes arquitectos Le Corbusier y Gaudí importan del pasado y de otra tierra, otro mundo, estas técnicas, y la Humanidad decide declarar las obras del arquitecto andalusí, como las Grandes Mezquitas de Yinguereber en Tombuctú y de Yenné, ciudad ésta a unas 60 leguas (sobre 360 km.) de la primera, parte de su Patrimonio Universal. También se le atribuye la autoría de las mezquitas de Gao, Diré y Gudam, y del Palacio Real de Niani en Tombuctú. Por la construcción de éste, quedó tan satisfecho el sultán, según Ibn Khaldún, que le entregó doce mil meticales (51 kg.) de oro en polvo como muestra de tal satisfacción.
El seis de abril de 2012, los rebeldes tuaregs del Movimiento Nacional para la Liberación del Azawad (MNLA), actual representante de las poblaciones nómadas tuaregs, que llevan realizando revueltas, primero contra la colonizadora Francia, después contra el gobierno malí desde comienzos del siglo XX, proclaman la independencia de Azawad –su propio estado– y el fin de su rebelión por la consecución de sus objetivos. Pero han llevado peligrosos compañeros en el viaje hacia la independencia, son los islamistas radicales de Ansar Dine, movimiento asociado a Al-Qaeda en el Magreb Islámico, éstos no ven satisfecho su objetivo, quieren instaurar un estado islamista ortodoxo en todo el territorio de Mali. Se enfrentan a los tuaregs y los derrotan en la batalla de Gao, el 27 de junio, tomando el control de esta ciudad, la más importante del norte de la república. A partir de ahí, los islamistas siguen avanzando en dirección a Bamako, la capital, e imponiendo la sharía a su paso. Incluso antes, el cuatro de mayo en Tombuctú, Ansar Dine ya fue responsable de incendiar la tumba de un santón sufí declarada Patrimonio de la Humanidad.
Fue de pánico justificado la reacción de los organismos culturales africanos y mundiales como la UNESCO  y el Institut Fondamental d'Afrique Noire, denunciando que la violencia integrista podría amenazar los tesoros históricos de Tombuctú, como los manuscritos únicos conservados durante siglos y sus maravillas arquitectónicas, entre ellas sus grandes mezquitas, considerando al conjunto de la ciudad esencial para la preservación de la identidad del pueblo de Mali y para el Patrimonio Universal.
 El 24 de septiembre de 2012, el gobierno malí solicitó a las Naciones Unidas que una fuerza militar internacional ayudara a su ejército a recuperar el control de Azawad. El 20 de diciembre, el Consejo de Seguridad de la ONU autorizó por unanimidad el envío de una fuerza militar conjunta africana, pero, ante la inminencia del avance islamista, el 11 de enero de 2013 el presidente de Francia, la antigua metrópoli colonizadora, François Hollande, ordenó el despliegue de fuerzas militares francesas para ayudar al ejército regular a combatir a los islamistas vinculados con al-Qaeda.
En el mismo mes de enero, el día 26, las tropas francesas y malíes tomaron el aeropuerto de Gao y el puente de la misma, fundamental bastión islamista. Dos días más tarde, estas fuerzas logran recuperar la ciudad de Tombuctú, sin poder evitar que los rebeldes incendiaran en su retirada varios edificios, entre ellos una biblioteca con manuscritos de valor histórico incalculable.
Finalmente el uno de julio de 2013 los “cascos azules” –otra vez el color azul, como el litham con el que cubren su rostro los tuaregs y que, mezclado con el sudor, impregna su tinte en los rostros– decidieron intervenir militarmente en Mali, aunque ello aún no ha significado la evacuación de las fuerzas francesas.
Los grandes tesoros culturales de la ciudad han corrido inminente peligro, parte de ellos ya no se recuperarán (morabitos de santos, manuscritos irrepetibles…), pero las mezquitas han resultado prácticamente ilesas. Podremos, frente a la de Yinguereber, seguir imaginándonos a Abú Ishaq Ibrahim Es Saheli contemplando su obra como Patrimonio de toda la Humanidad, pero, ¿cuántos no lo imaginarán porque no recordarán a su autor? Una figura poco, escasamente, conocida a nivel popular, que no sólo fue un gran arquitecto, ya que, precediendo a los hombres del Renacimiento europeo, su humanismo le llevó a ser un digno poeta, autor de una Rihla, especie de autobiografía viajera rimada, convertida en un clásico de la literatura medieval islámica. También en parte de su vida desarrolló una carrera diplomática interesante como embajador del imperio de Mali en Fez.
Este extraordinario y único artista nació en el último bastión andalusí en la península ibérica, en el Reino Nazarí de Granada, en Wadi-Ash (actual Guadix), según el historiador y diplomático tunecino, descendiente de sevillanos, Ibn Khaldún, en el año 1.290 de nuestra era, el 678 de la Hégira, durante el reinado de Muhammad II al-Faqih. Desconocemos la fecha de su traslado a la ciudad de Granada, donde su padre, al parecer, fue alto cargo del gremio de los perfumeros. Destacado poeta en su juventud, alcanzó a entrar en el círculo artístico de la corte del sultán de la Alhambra, llegando incluso a ser notario de la alcaicería, aunque su adición al alucinógeno anacardo de Oriente (llamado por los árabes “la droga de la memoria”) provocó que algunos de sus poemas sobrepasaran los límites permitidos por las autoridades religiosas. Parece ser que una versión de un poema titulado Leyenda de la Caverna fue especialmente tildada de herética, añadiéndose la acusación de comenzar a autoproclamarse por las calles como profeta, sin duda bajo los efectos de la droga, obligándole todo ello a huir al Magreb con poco más de treinta años, en el reinado de Abú al-Walid Ismail I.
Más tarde se instala en El Cairo, y alrededor de 1.330 peregrina a La Meca donde conoce al gran sultán Mansa Mussa, emperador de Mali, y desde entonces pasa a su servicio, quedando en la “corte de sabios” que el monarca malinké había creado en Tombuctú. Y es allí donde deja para constancia imperecedera lo mejor de su obra, cuya fama y reconocimiento en la época ya recoge el famoso historiador y geógrafo mencionado, Ibn Khaldún, casi coétaneo, justamente nacido en Túnez en tiempo del peregrinaje, en su Historia de los Bereberes (volúmenes VI y VII de su “Libro de la evidencia”).
No obstante, disputan su cuna la ciudad de Granada –la que fuera capital del Reino– y la nombrada Guadix, una de las principales del mismo, distante tan sólo en diez leguas de la capital. Manuel Pimentel en su novela El arquitecto de Tombuctú (Umbriel, 2008), ubica el origen en la capital, aunque realmente no existen muchos datos de su biografía, con toda probabilidad muy ajetreada, y lo que Pimentel hace es recrear una vida novelada y, siguiendo estos pocos datos y sus poemas conservados, construye prácticamente una epopeya.
Yo ya opté por atribuir el gentilicio “arábigo-accitano” a este insigne personaje en mi obra Himilce (Comala, 2009), página 177, tras considerar las notables fuentes que apuntan su nacimiento en la madina de Wadi-Ash, por ejemplo:

§ Los Prolegómenos. Primera Parte [del Libro de la evidencia, registro de los inicios y eventos de los días de los árabes, persas y bereberes y sus poderosos contemporáneos] de Abú Zaid Abdul-Ramán Ibn Khaldún, traducción al francés y comentarios de William McGuckin (Institut de France, 1863; reedición de 2006 en Chicoutimi (Québec (Canadá)).
§ Al-Andalus: El Islam y los pueblos ibéricos (Silex Ediciones, 2004; reedición de abril de 2013) de Pedro Damián Cano Borrego, pág. 136.
§ Arte Andalusí en la curva del Níger, artículo de Carlos Hernández, publicado en “Identidad Andaluza” (identidadandaluza.wordpress.com) el 29 de agosto de 2008.
§ Una Guadix en el corazón africano, artículo publicado en su web el 12 de enero de 2003 por el Centro de Estudios Moriscos de Andalucía (C.E.M.A.).
§ La conquista del Sudán, artículo de Pedro Damián Cano Borrego, publicado en Crónica Numismática en su número de octubre de 2003, págs. 42-44.
§ Españoles en la curva del Níger de Varios Autores (Universidad de Granada-Diputación Provincial, 1991), libro en el que se señala que Es Saheli era “oriundo de la provincia de Granada”.

Su fallecimiento se produjo alrededor de 1.346 e.v., en la perla del desierto, la imperial Tombuctú, capital tanto del Imperio de Mali como de Shongay, en donde dejó como legado sus obras más prestigiadas. Se dice que fue hallado muerto en la Gran Mezquita que él mismo diseñó, quizá buscando refugio y descanso en su más apreciado tesoro, o quizá no fue ésta la realidad… Aunque yo mantengo que fue así, porque, cuando cohabitan historia y leyenda, es mejor dejar que sea ésta la que sobreviva.
Posteriormente, en el siglo XVI, otro granadino, en cuanto oriundo de una comarca del –ya milenario– Reino de Granada, como lo era la cuenca del río Almanzora, Yuder Pachá, antes Diego Guevara, conquistó la ciudad y su imperio circundante con un puñado de moriscos, pero esto es una nueva, otra, aunque interesante, historia, que reafirma la trascendental presencia de los granadino-andalusíes en el Sahel y la curva del río Níger.
Hoy, frente a la Gran Mezquita de Yinguereber, un hombre de casco azul, junto a otros de rostro cubierto en añiles, observa el atardecer sobre los dibujos que forman las sombras en su fachada. Le sobrecoge el espectáculo. No sabe por qué, pero entiende aquello como algo muy suyo. Jean-François Hernández es bisnieto de un acusado de herejía –creer en la libertad– que huyó de Guadix, tras una guerra civil, en 1939. Desconoce el rodar de la Historia, pero en su instinto hay algo de dejà vu en todo ello. Un africano, de apellido Touré, le sirve de guía e intérprete. Le descubre la conexión Guadix-Tombuctú, y él redescubre su conexión Guadix-Tombuctú. Touré le explica que su apellido indica que es un negro de origen blanco. Él es un “arma”, un descendiente de los moriscos que llegaron comandados por un hombre menudo. Están en el corazón de África, y es allí, en otro continente que es casi otro mundo, donde toman conciencia común de que ambos descienden de gentes nacidas en España.


El Centro Artístico de MIGUEL RUIZ ALMODOVAR SEL



     Por entonces vivía yo en Granada, en un ático dúplex del barrio del Realejo donde tenía mi despacho y domicilio de recién casado. Carecíamos por decisión propia de televisor y demás distracciones, y por ende disponíamos de un hermoso caudal de tiempo libre. Además no teníamos todavía hijos, aunque si dos hermosos gatos que nos dejaron su huella indeleble por todo el ajuar doméstico de la casa. Era el año de 1.985, cuando decidí engrosar con suma emoción en las filas del siempre histórico Centro Artístico, ya por entonces agonizante que se debatía entre la vida y la muerte, gracias al ímpetu y los dineros de su presidente José Alonso Gómez y las energías y buen hacer de Juan de Loxa y Eulalia Dolores de la Higuera, sin olvidarme del secretario general Rafael Martín y el vocal Braulio Tamayo, todos ellos miembros junto al que suscribe, de aquella Junta Directiva. 
   Desde el primer momento advertí la imposibilidad de reanimar una sociedad anquilosada, que los últimos años había sido un bingo y menos aún hacerlo con savia moderna, cuando los socios eran más de casino provinciano que de centro cultural. Pero eso no impidió que se intentase, organizándose numerosas actos culturales, al mismo tiempo que nos devanábamos los sesos por evitar la sangría económica que lo asfixiaba. Así la celebración del centenario del Centro Artístico, como las de varios actos entusiastas de poesía, exposiciones o conferencias, hicieron creer en el sueño, pero la ruina económica que se le vino encima fue la puntilla de muerte: primero fueron los embargos y procedimientos de Magistratura, para después concluir en un convenio salvador con el Ayuntamiento de Granada que implicaba la cesión de sus locales, excepto unas cuantas habitaciones y la pérdida de su biblioteca y magnífica colección de arte que hoy se encuentra desperdigada por oficinas y dependencias municipales, así como su mobiliario entre los que destacaba su famoso piano de cola, o aquel otro donde tocara García Lorca. 
   Yo aunque joven e inexperto, intervine en algunas de las gestiones, si bien la voz cantante y casi exclusiva la llevaría siempre el presidente, desquiciado por salvar y recuperar su patrimonio, bastante mermado por el mucho dinero propio adelantado. Pero como dice el refrán de todo se sale, y así transcurrido desde entonces casi 30 años, vuelvo a asomarme a las salas del Centro Artístico, entusiasmado y sorprendido con este nuevo resurgir cultural que va ganando adeptos y calando nuevamente en la sociedad granadina. Todo esto coincide también, con mi decidido empeño en dar a conocer mis trabajos de investigación acerca de su historia, y con ello ayudar a reconstruir dentro de lo posible -de forma amena y ordenada- todo ese gran edificio de más de 125 años de edad, al que podemos considerar sin genero de dudas como una de la instituciones culturales más importantes de Granada. Y para ello nada mejor que empezar por sus cimientos, refiriéndonos siempre a esa primera etapa o etapa fundacional, quizás la más auténtica, brillante y gloriosa de todas, que abarca el periodo que va de 1.885 a 1.898, y que tuvo su gestación durante el año anterior, gracias al impulso y habilidades del director de la revista La Alhambra, Francisco de P. Valladar, verdadero padre de la criatura. 
   No fue por tanto un proyecto coyuntural, espontáneo o propio del momento –leáse en ayuda y socorro de los damnificados por los terremotos- sino algo largamente sentido, amasado y elaborado desde hacía tiempo, y que tenía dos claros antecedentes: uno la sociedad de acuarelistas creada por Mariano Fortuny en 1.871, cuya estela y magisterio supondría una aire fresco para los jóvenes pintores de Granada y otro, el anhelo de contar con una exposición permanente de pinturas, donde los artistas pudieran vender libremente sus obras, idea ésta propuesta sin éxito en febrero de 1.874 por Ginés Noguera, como presidente de la sección de Artes del Liceo. Con esos dos antecedentes que a su vez representaban dos de los objetivos principales del llamado “Proyecto artístico” (taller para el estudio nocturno de modelo en vivo a la acuarela y sala de exposiciones permanente ) y al que se sumaba la de un lugar donde reunirse y cambiar impresiones, la revista La Alhambra, haría un llamamiento el 30 de diciembre de 1.884, a todos los pintores, escultores, arquitectos, periodistas y aficionados al arte en general, con el siguiente preámbulo: “Nos vamos a ocupar de un asunto de grandísimo interés para Granada y sobre todo de importancia para nuestros artistas”, convocándolos para el domingo 18 de enero, a las 7´30 de la noche en los salones del Liceo, sito en el ex convento de Santo Domingo. Reunión que repetirían en días sucesivos con nuevas incorporaciones, una vez superado ese tinte gremial inicial de sociedad de artistas, para convertirse en proyecto de interés común para todos los amantes de la prosperidad de Granada, al modo de un círculo de bellas artes, y que con el nombre del Centro Artístico, fue finalmente constituido y aprobado los estatutos con fecha de 1 de febrero de 1885, y cuyo primer artículo decía “Se constituye en Granada una sociedad con el titulo de Centro Artístico que tendrá por objeto el estudio y fomento de las Bellas Artes, por cualquiera de los medios que estén a su alcance y crea convenientes”. Y para llevarlo a cabo, todos los socios se pusieron manos a la obra, a fin de acondicionar el local alquilado en el primer piso a la derecha del nº20 de Plaza Nueva, antigua casa de Gavarre, -hoy edificio de los juzgados- justo enfrente de la Audiencia. Se subía al mismo –según relatan las crónicas- por amplia escalera, encontrándose con un breve corredor por donde nos llegaba al gabinete de lectura y de éste por estrecha puerta al salón de estudio o taller de pintura, donde en un rincón se elevaba un estrado, donde se colocaba el modelo recibiendo la luz de un poderoso reflector, y a su alrededor y en semicírculo los jóvenes alumnos guarnecidos de quinqué y atril, dispuestos y preparados para transcribir al papel las formas del modelo escogido. Inmediatamente a éste se encontraba el de exposiciones, que era el mas amplio de todos, y el salón de tertulia, o corazón del centro, decorado al estilo pompeyano de cuyo techo pendía una elegante lámpara de cuatro luces o araña, que estaba amueblado con muelles divanes, ligeros veladores y sillas de cuero, que invitaban sin remedio al reposo y a la conversación, bajo los olores y sabores aromáticos de un buen cigarro puro o café. 
   Con todo ese magnífico escenario, y por todo lo alto fue finalmente celebrada sesión inaugural el 12 de abril de 1.885, a la que asistió numerosísima y escogida concurrencia, organizada en el salón de exposiciones, rodeados de obras de artes de los socios, y presidiendo todas ellas el busto del inolvidable Fortuny, colocado sobre elegante pedestal, “cubierto a medias por laureles y negros crespones”, enfrente del cual se instaló la mesa presidencial, procediéndose tras la lectura de la memoria presentada por Agustín Caro Riaño,-explicatoria de todos los pasos dados hasta llegar a esa primera junta general-, a la elección de la junta directiva, con el siguiente resultado: Presidente, Vicente Arteaga; Vice-presidente, Manuel Gómez Moreno González; Vocales: Valentín Barrecheguren, José Chacón Sanchez y Rafael Branchat; Secretario, Agustín Caro Riaño; Vice-secretario, Miguel Vico; Tesorero, Jacinto Rodríguez. Personalidades todas ellas de gran relieve social, de entre las que destacaría por encima de todas, el infatigable Valentín Barrecheguren y Santaló, médico, artista, orador e industrial, hombre de ingenio, de carácter jovial y alegre donde los haya, que fallecido prematuramente en 1.893, fue siempre considerado como el alma o espíritu del Centro. No es de extrañar por tanto que la naciente sociedad destacara desde su inicio, por su buena armonía, fraternidad y compañerismo, y en donde una juventud sana y curiosa echaba a volar en el mundo del arte de la mano de los mejores maestros posible, todo un cóctel cultural difícil hoy de encontrar, que desde el primer momento se ganó el apoyo y simpatías de todo el mundo, empezando por sus socios fundadores, obligados estatutariamente a realizar un donativo importante en pro de los intereses del Centro, siguiendo de la Real Academia de San Fernando o del Ministerio de Fomento y Dirección General de Instrucción, con donaciones de libros, instrumental y obras de arte y por supuesto la imprescindible ayuda económica del Ayuntamiento y la Diputación, sin las cuales hubiera sido imposible arrancar. Todo ello sin olvidarnos de la prensa quien seria su mas firme valedor, y cuyas impresiones siempre fueron de elogio, ayuda y reconocimiento… “se respira tal ambiente de inteligente gusto en su elegante modestia, que desde luego se adivina la mansión de los artistas. Desterrados todo juego de azar por la explicita condenación de sus estatutos y la expresa voluntad de todos sus socios, el Centro Artístico es una sociedad consagrada al arte, que al nacer tan felizmente para cumplir sus nobles propósitos, merece el aplauso general, el apoyo de las personas honradas, y bien de la patria, que saluda su presencia como una garantía de su progreso y un testimonio de su civilización”.




Juan Ramón Miranda, cirujano accitano del siglo XVIII de CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN (Guadix).






Supe de la existencia de este cirujano a raíz de una de mis investigaciones genealógicas. Desafortunadamente, no pude profundizar mucho sobre los antepasados de Juan Ramón, ya que de los libros parroquiales de Baza, de donde procede esta familia, sólo perduran los posteriores al siglo XVIII. Los anteriores fueron destruidos posiblemente en la Guerra de la Independencia, a juzgar por la fechas, aunque esto sólo es una hipótesis. No obstante si acudimos a algunas publicaciones sobre la historia local de Baza, encontramos personajes que tuvieron cierta relevancia con este apellido y que supongo, pudieran ser antepasados de Juan Ramón. Por ejemplo: Don Pedro Miranda Salón el que fuera corregidor de Guadix y Baza en el siglo XVI, perteneciente a una próspera familia de mercaderes burgaleses de origen judío, del que aún se conserva el escudo en el edificio del Ayuntamiento viejo. También se nombra a Don Juan Ignacio Miranda, caballero de la Orden de Santiago, familiar del Santo Oficio de la Inquisición y controvertido personaje que tuvo cierto poder en esta ciudad de Baza, del que existen numerosos pleitos en su Archivo Notarial.
Don Juan Ramón Miranda nació en la villa de Gor, comarca de Guadix, según consta en la partida de bautismo contenida en su expediente matrimonial:
“En la Villa de Gor a veinte y un días del mes de Febrero de mil setecientos y treinta y nueve años, Yo Dn. Pedro Zoilo del Peral, cura Thte. De la Yglesia. Parroquial de dicha villa, de comisión de Dn. Josep Sanz Matute, cura de la Yglesia de Gorafe, Bautice solemnemente en la pila de esta Villa de Gor a un niño, a quien puse por nombre Juan Ramón hijo Legítimo de Dn. Thomas de Miranda, Vezino de esta Villa y natural de la Ziudad de Baza, y de Ana García Villapalacios, vecina y natural de esta Villa, nazió dicho niño el día treze de dicho mes y año. Abuelos paternos, Maximo de Miranda y Antonia Zurana; maternos, Rodrigo García y Mariana Lozano, Padrinos Gregorio García y Ana García, y Don Joseph Gonzalez y Pascual Ximenez, y  Yo el presente Cura que doy fe, vezino y natural de esta Villa, Don Pedro Zoilo del Peral.”

Según el Catastro del Marqués de la Ensenada de 1751 de la Villa de Gor, Juan Ramón era el mayor de los tres hijos de Don Tomás de Miranda, cirujano  y de Doña Ana García Villapalacios. Por entonces tenía 12 años. Vivía con sus hermanos Antonio de 10 años y María de 7, además tenían una criada llamada Francisca de Arques y un oficial (ayudante de Don Tomás) de 19, llamado José de Reyes.
La familia Miranda debió residir un tiempo en Almería, si no la familia completa, al menos hay constancia de que Juan Ramón tenía allí su residencia, pues en el expediente matrimonial de 1772 dice que este era vecino de Almería.
Es de suponer que aprendiera el oficio de cirujano con su padre y que obtuviera su protomedicato en Baza. Esta ciudad ya tenía desde los Reyes Católicos tradición en el ejercicio sanitario, pues fue aquí donde se creó el primer Hospital Real, con motivo de la aparición de la peste en el año 1489, en las tropas que sitiaban la ciudad. Esto dio lugar a un hospital ambulante que seguía al ejército en todos sus movimientos, provisto de cirujanos. Los enfermos y heridos eran atendidos en una tienda separada del peligro del enemigo y teniendo siempre una Botica a su disposición.
Además, encontré una nota manuscrita en la hoja guarda de un impreso antiguo del Archivo Diocesano de Guadix que decía lo siguiente:
“Testifico en la forma que puedo, yo Dn. Miguel Montañés, vecino de esta ciudad de Baza, zirujano (…) aprobado por el Rl. Protomedicato en ella, como Juan de Salaçar, vecino, y natural de la villa de Orce, aâsistido y practicado; mas tiempo o años dcha.Facultad y para q conste a los q pribatibamente toca su examen doy la presente en dicha ciudad de Baça en diez y ocho días de setiembre de mil setecientos diez y seis años.”
Sabemos que Don Juan Ramón Miranda fue cirujano militar, pues en un núm. de la Gaceta de Madrid de 1793 viene el apunte siguiente: “D. Juan Ramón Miranda, Cirujano en Guadix, 600 rs. cada año de los que dure la guerra”. También prestó sus servicios en el Hospital Real de la Caridad de Guadix desde el año (1773-1802), comenzó un año después de su boda con Doña Rosa, pues allí fue boticario su suegro, Don José Ruiz del Peral, hermano del famoso escultor de Exfiliana.
Debió ser un buen cirujano, ya que en otro periódico de la época: El Mercurio histórico y político de 9 de febrero de 1792 recoge la siguiente noticia: 

“Guadix 9 de febrero. El día 18 de enero se sintió Josepha López, mujer de Joachín Samaniego, vecinos de este pueblo, con vehementísimos dolores de Parto y síntomas de ser peligroso, para proporcionarla el posible auxilio fue llamado D. Juan Ramón Miranda, cirujano del Regimiento Provincial de esta Ciudad, el que conociendo el grave apuro en que se hallaba la parturiente, determinó aplicarla todos los medios más eficaces que para lances de semejante riesgo previene su facultad; y en efecto consiguió extraer dos robustas niñas de tiempo y perfectas, pero unidas desde la región umbilical hasta la superior del pecho, alimentadas o animadas de una sola vida. Como al parecer estaban muertas, se les administró el bautismo baxo condición. La madre que es de edad de 24 años, y de mediana estatura, se halló a pocas horas de su parto casi recobrada.”

            Otro personaje que engrosa la nómina de una verdadera galería de ilustres y peculiares accitanos…



Domínguez Ortíz, diez años después de LEANDRO GARCÍA CASANOVA (Granada)

Recuerdo que aquel gélido día, del 21 de enero del 2003, Granada se despertó huérfana con la muerte del historiador Antonio Domínguez Ortiz. Como un suspiro, han pasado ya casi diez años y, tras las frases solemnes y sentidas del día del entierro, ¿qué recuerdo nos queda del ilustre investigador? En fin, ya se sabe que las alabanzas son huecas y grandilocuentes, pero la memoria suele ser corta. Por aquellos días, el historiador Juan Pablo Fusi definía así a Domínguez Ortiz: “Su sencillez y falta de pedantería lo convierten en un ejemplo de intelectual”. La escritora Pilar Mañas lo recordaba como un hombre que nos explica la Historia con la sencillez de los sabios. Y la académica e historiadora, Carmen Iglesias, señalaba que “es un maestro irrepetible. Supo hacer accesible al gran público su trabajo de años en los archivos”.

En el año 2000, Domínguez Ortiz publicó su último libro, España, tres milenios de Historia; pero en el prólogo ya advertía: “Escribo estas páginas, con cierto aire de testamento literario... responden a una necesidad, satisfacen unas aspiraciones, llenan un vacío; el vacío que deja la ausencia de una auténtica enseñanza histórica en los actuales planes de estudio de la enseñanza obligatoria”. Y se quejaba de que el nuevo plan de enseñanza era malo, “porque ha destruido la personalidad de la Historia, que se ha metido dentro de un área de Ciencias Sociales”. Lo ilustraba con el ejemplo de que tenía más importancia la Revolución de Asturias que la pérdida de América. Pero, a continuación, añadía: “Eso es un absurdo total. Lo importante de la Historia de España es aquel período en que ésta es universal, y eso es lo que interesa y lo que los extranjeros aprenden”. Como no podía ser menos, reivindicaba las tradiciones de los pueblos, pues decía que se había creado “una polémica artificial” con la Toma de Granada. ¿Por qué los granadinos –pregunto yo–, tenemos que renunciar a nuestras tradiciones o avergonzarnos de nuestro pasado histórico? ¿Acaso renuncian a sus costumbres y fiestas ancestrales los árabes, hebreos, ingleses...? Todos los pueblos procuran conservarlas bajo siete llaves y, si no, ahí están las conmemoraciones de las batallas de Trafalgar, Normandía, Waterloo....,  con su aire festivo: lanzando vivas y pegando unos cuantos cañonazos. Pero es una desgracia que los extranjeros tengan que reescribir nuestra Historia.
Domínguez Ortiz, siguiendo a Sánchez Albornoz, estaba convencido de que la unidad de España es algo reconocido desde la antigüedad. Pero, ya en el 2002, barruntaba el peligro de que se volviera a romper el Estado español: “Con la Constitución que tenemos hay amenaza de resquebrajamiento, porque fomenta las divisiones, las autonomías y los particularismos. La lección que debemos sacar, es que hemos llegado al límite y que, más allá, no hay nada más que la destrucción de España”. Y lanzaba un aviso a navegantes: “Las discusiones sobre ampliar la Constitución, hacerla más flexible y aumentar las atribuciones a las comunidades, conduce directamente a los reinos de taifas”. ¿Hace falta recordar lo que ya decía el abuelo de Maragall en su tiempo?: “¡Adiós, España!”.
Todos coinciden en que Don Antonio fue, ante todo, un hombre honesto: “La historia de España está sujeta a discusión y, a lo único que se puede aspirar, es que las personas de buena voluntad interpreten las cosas rectamente y no con un sentido partidista, que es lo que muchas veces sucede”. Incluso se sentía orgulloso de que, Pierre Vilar y él, estaban de acuerdo en casi todo. El historiador debe ser como el notario que levanta acta del pasado, y no como esos intérpretes sectarios que se arriman al sol que más calienta. Pero, cuando uno se pone a releer la Historia de España, te entran ganas de llorar por los malos gobernantes que ha tenido y que, casi siempre, apostaron a caballo perdedor. Y sin embargo, cuanto más la conoces, más amas a tu patria. ¡Triste de ti, España! Te sobran salvapatrias y te faltan gobernantes mediocres, que siquiera tengan algo de sentido común.

Me llamó la atención que la revista valenciana Historia Social (número 47, de 2003), le dedicara un monográfico a Domínguez Ortiz –lo tenían planificado para antes de su muerte–, y quizá por ello me decidí a dedicarle este humilde artículo, a pesar de considerarme un profano de la Historia. El mejor homenaje que le podemos dedicar se resume en esta frase del dramaturgo, José Martín Recuerda, con motivo de la muerte del historiador: “Fue mi profesor en el Instituto Padre Suárez. Yo era un muchachillo, pero me hice amigo de él y me enseñó a amar la Historia”. Creo que los granadinos tenemos una deuda pendiente con Don Antonio, un maestro de la Historia sencillo, sabio y prudente. ¡Ay, de la mi Granada sin memoria y tan cicatera! Casi diez años después, las teorías de Don Antonio y la visión que tenía de España siguen vigentes, en medio de tanta mediocridad.
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CUENTOS:



EL POZO AMARGO (Leyenda toledana) de EDUARDO MORENO ALARCÓN (ALBACETE).



            Es noche cerrada. Hace rato que la oscuridad desplegó sus alas lóbregas tiñendo de negrura la ciudad. El cielo de Toledo se ha cuajado de estrellas que ahora, en nítido contraste con la bóveda sombría, refulgen en el cénit como lágrimas de nácar. La luna es la hoja de una segadera cuya estela se refleja en los meandros del Tajo, a los pies de la colina; fulgor astral que acompaña también al agua que discurre encajonada por las acequias de los huertos. Poco a poco, el silencio se ha adueñado de las plazas, de las calles, de las casas, de las almas. Almas de culturas que se mezclan diariamente sin fundirse, de creencias divergentes, planetas de una misma constelación mundana, gentes embozadas a esta hora tardía en un manto de mutismo, en el solemne recogimiento de la oración tras las paredes de tapial.
En el soberbio palacete de los Vázquez de Acuña, la cena ha dado paso al rezo cristiano. Don Bartolomé y doña Leonor, condes de Cedillo, se han retirado a su capilla privada y, en compañía de su primogénito Fernando (arrodillados los tres en un reclinatorio), inician la plegaria del rosario.

«Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios. María, Madre de gracia, Madre de misericordia, defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén».

 Señores y criados ocupan ya sus respectivos aposentos, entregados finalmente al descanso. El tenso aguardo, a oscuras en la alcoba, aunque dulce en la promesa de los besos que colmarán su dicha, se le ha hecho al joven Fernando más largo que nunca; mas ahora, acallado el rumor de los siervos, apagadas al fin las antorchas, libre del cerco paterno, se desliza al exterior con el sigilo de un felino, calado el sombrero chambergo, ceñida su capa grana, la espada caballeresca colgando del cinto. Cierra el portón muy despacio, con suma precaución, procurando que los goznes no chirríen, mitigando el roce delator de las espuelas y su eco metálico sobre el tosco empedrado.
Cobijado por el velo de las sombras, Fernando cruza angostos callejones, recovecos intrincados, sucios e inquietantes pasadizos: la muerte, en forma de enemigo invisible, está siempre al acecho, agazapada en cada encrucijada. Mas son muchas las lunas que han alumbrado el mismo paso, y el joven siente que una fuerza superior los protege. A él y a la bella Raquel, dueña y señora de su corazón. Día y noche no hay más pensamiento para el joven que la imagen de su amada; sólo anhela la llegada del ocaso, el instante del reencuentro, de su entrega enardecida a la pasión que los ha unido.
Raquel y Fernando, ausentes durante la jornada cotidiana, ven escurrirse entre sus dedos las horas lucíferas —horas perdidas e irrecuperables—, tiempo que transcurre con lentitud exasperante y que, sin embargo, pasará como un suspiro tan pronto caiga la noche y las campanas den las diez, la hora de su cita furtiva. Fernando y Raquel viven ahora prisioneros de su amor.
Amor que, apenas sospechado, sus familias censuraron con violencia inusitada, afecto segado de raíz por causa de un inveterado enfrentamiento religioso. Pues Raquel, hija única del potentado Leví, es judía, y por tanto, su unión con un cristiano, amén de blasfema, se torna imposible quimera.
Mas ¿acaso pueden las barreras terrenales ahogar la entrega de dos almas enlazadas por la mano del destino? Los jóvenes, desafiando la tajante oposición de ambas estirpes, gozan tiempo ha de su idilio clandestino en los jardines del palacio donde moran el opulento sefardí y su hermosa heredera.
Tañen las campanas en el torreón catedralicio y su eco resonante punza el pecho de Fernando. Al fondo, bañada en fulgor lunar, se divisa la tapia que cerca el gran palacio; por encima, emergen las copas de los árboles envueltas en su frondoso follaje. Muro revestido por la hiedra tras el cual espera ella, asomada a un ajimez, ataviada con un vestido níveo, palpitante el corazón, el miedo y la ternura cohabitando en su pecho estremecido. Las sombras ocultan a Fernando, que se aferra a los salientes de la planta y trepa con presteza hasta lo alto para luego, blandamente, dejarse caer.
El jardín exhala un aliento de perfume vegetal. Mirtos, claveles, rosas, aromas que componen una mezcolanza fragante y deliciosa. El rumor del agua, en el estanque cercano, arrulla como una caricia sonora. Y en el centro, testigo mudo de este amor secreto, de los besos y las ávidas caricias, se yergue el viejo pozo.
Ha visto su rostro fugazmente, a la tenue luz celeste, ha oído el roce de la espuela. Raquel sale al encuentro de su amado. Sí, Fernando, como cada noche, ha acudido a su encuentro, ha saltado la tapia, aquí está. Pero esta vez no corre hacia ella; desplomado en el suelo, no es capaz de levantarse. La sangre se le escapa a borbotones por la boca, los ojos se le empañan, mira ya sin ver. El filo de una daga —arma homicida del hebreo que ahora escapa entre las sombras— ha atravesado su joven corazón. Raquel se funde en un crispado abrazo con Fernando, justo antes de que éste exhale su postrer hálito. El llanto y los gritos desgarrados de Raquel preñan la noche toledana de dolor; imposible concebir un sufrimiento semejante. La amenaza se ha cumplido: la ortodoxia ya tiene su venganza.
Desde entonces, la inconsolable judía acude cada noche al encuentro imaginario con Fernando, errando por el jardín como un espectro lívido, aquel mismo jardín que antaño fuera nido de felicidad, convertido ahora en triste y mudo camposanto.
Noche tras noche Raquel se sienta en el pétreo brocal y derrama sus lágrimas de amargura infinita en el fondo del pozo, sollozos que maldicen el fatídico destino de su vida, truncada por la mano asesina de su padre, por la intransigencia de los nobles cristianos, ¿por qué? ¿Por qué?...
Hasta que un día, las aguas del pozo se tornan amargas como la hiel, imbebibles, emponzoñadas por la pesadumbre acibarada de Raquel.

El plenilunio resplandece en los espléndidos jardines de Leví. Raquel sueña despierta, como todas las noches. Sonríe: algo ha atraído su atención. De improviso ha escuchado la voz de su adorado caballero. Voz que surge, pronunciando su nombre con dulzura, de las entrañas del pozo amargo —como ahora es conocido en la ciudad—. Raquel se asoma al pozo y en el fondo ve la cara sonriente de Fernando. «Ya estás aquí, mi amor». Ella se arroja a la húmeda y profunda oquedad. Las aguas amargas reciben su cuerpo, confundido entre los brazos de su amado.

Dedicado a Ana Alcaide, que inspiró este relato con su música y su voz.





La eternidad de JOSE ANTONIO ARAGÓN MATEO (Melilla)





Según cuenta una antigua leyenda, el rey indio Shirham le pregunto al gran visir Sissa qué recompensa quería como premio por haber inventado el juego del ajedrez.
Sissa respondió lo siguiente: “Majestad, sería feliz si usted me concediera un grano de arroz colocado en la primera casilla del tablero de ajedrez, y dos granos de arroz colocados en la segunda casilla, y cuatro granos en la tercera, y ocho en la cuarta, y dieciséis en la quinta…, y así sucesivamente para las sesenta y cuatro casillas.
—¿Y eso es todo lo que quieres, Sissa…? ¿Estás loco? — Gritó el rey, asombrado.
                                   
Hace ya mucho tiempo, me contó mi padre que cuando él era pequeño, en su colegio había un profesor que les hablaba del cielo y del infierno; y que este profesor les decía que las personas que en vida se habían portado mal, o que habían pecado, cuando morían iban al infierno…, y que además, lo hacían para toda la eternidad…, y que la eternidad era algo pavoroso, e inimaginable… Y dice mi padre, que mientras el profesor les contaba estas historias terribles, él miraba al cielo, intentando imaginar cómo sería, y cómo funcionaban los ángeles, y las nubes. Y mientras miraba al cielo intentaba comprender cómo había comenzado todo; cómo había comenzado el mundo…, y cómo habíamos llegado a saber lo pequeño y lo frágil que es.
Cuando mi padre miraba al cielo, o cuando soñaba que lo hacía, imaginaba que la eternidad sería algo parecido a la suma de todas las partículas que formaban las estrellas del universo. Otras veces, cuando miraba al suelo o cuando soñaba que lo hacía; eran los números infinitos y eternos, como “Pi”, o el número áureo, los que ocupaban sus pensamientos…, y así se distraía, por ejemplo, calculando los granos de arroz que aquel rey indio tuvo que entregar al inventor de su juego preferido; llegando a la conclusión  de que sería una cantidad tan desorbitada (18.446.744.073.709.551.615), que harían falta dos mil millones de vagones de tren para almacenar los doscientos kilómetros cúbicos de granos de arroz en un tren que diese mil vueltas completas a la Tierra.
Mi padre también me decía, que en lugar de estar mirando siempre al suelo, él prefería mirar a las alturas. Mejor cuanto más alto, mucho mejor. Y que si incluso así no era capaz de perderse en el infinito, o en las nubes; y tan sólo se encontraba en su camino con ángeles terribles, entonces volvía a recordar aquella historia que hacía tanto tiempo les contara su maestro: “imaginaos que la eternidad –eso les contaba–, es algo así como si una hormiga echase a andar sobre la superficie de la Tierra, dando vueltas y más vueltas hasta hacer un gran surco en ella; hasta partirla en dos; e incluso después, seguir caminando y caminando hasta gastarla por completo. Pues bien, todo el tiempo transcurrido en ese esfuerzo, todo ese tiempo –eso les contaba–, no sería nada comparado con toda una eternidad…, condenado en el infierno.




Leyenda del reino ignoto de PEDRO PASTOR SÁNCHEZ (Albacete)      


            Mientras sus huestes sometían al último reducto de resistencia en un alejado bastión de la muralla, el príncipe P. ascendió a lomos de su cabalgadura por la escarpada colina, alcanzando la puerta de la otrora inexpugnable fortaleza, que hundía sus raíces sobre colosales farallones. Tras atravesar el rastrillo, sus capitanes le franquearon el paso a golpe de mandoble hasta llegar al adarve. Desde lo alto  contempló el campo de batalla, bañado en sangre, y espoleó con ímpetu hasta alcanzar la torre. Arrancó el estandarte enemigo y lo hizo jirones, y en el asta sujetó el pendón de su dinastía, que se agitó al frio viento mientras profería un alarido triunfal, que contagió a sus tropas y heló la sangre de los vencidos.
― ¡Padre!. ¡La victoria es tuya! ― gritó con rabia. ―¿Puedes oírme, padre?. Ya has sido vengado ― terminó su alocución.
El eco de sus palabras recorrió el vasto valle, y aún el añil cielo quiso acompañar este momento de gloria con un gran estruendo que estremeció a todos.
Por fin había sometido a los norteños, aquellos que hacía dos ciclos se habían atrevido a desafiar a las tropas del rey R. Durante la batalla, una desafortunada caída de su montura dio con los huesos del monarca en el pétreo suelo, dejándolo exánime desde entonces. El mal augurio hizo retirarse a las tropas, lo que hizo envalentonarse al enemigo, que masacró a la retaguardia de forma atroz.
Ahora, la revancha sería aún más sanguinaria. Antes de partir en un navío hacia su palacio de dorados minaretes en C., el príncipe P. hizo talar un bosque cercano, de forma que se obtuvieran picas suficientes para sembrar todos los caminos de la región con las cabezas de sus enemigos, para mayor escarnio de todo el clan sublevado. Las órdenes se obedecieron a rajatabla, y las testas de soldados, hembras e infantes sirvieron de alimento a los carroñeros.
           
La travesía fue larga y no exenta de riesgos. El embravecido ocre océano, en más de una ocasión, les quiso empujar hacia los puntiagudos riscos, y sólo la pericia de los tripulantes impidió que su épica victoria acabara en catástrofe. Cuando por fin arribaron a su patria, las noticias de su conquista ya eran del dominio público, y la nobleza había organizado fastos para agasajar a su adalid, digno sucesor del malogrado soberano. Después de recibir los honores, el príncipe P. se dirigió a la cámara de su progenitor, para hacerle partícipe de su éxito, a pesar de que no había dicho una palabra desde aquel infausto día. Las tenues luces del ocaso dejaban en tétrica penumbra la yacente figura. Al aproximarse, lo encontró aún más demacrado y macilento que a su partida. No obstante, henchido de orgullo por la proeza, quiso compartirla con él, aún sin esperar respuesta por su parte.

― Padre, un sentimiento agridulce me embarga. He sometido al enemigo que te dejó postrado. A sangre y fuego he arrasado la comarca, para que los hijos de sus hijos recuerden a quien deben vasallaje y obediencia.
El adusto rostro del rey permaneció imperturbable. Su hijo asió una de sus sarmentosas manos, y prosiguió su discurso.
― Por otro lado, mi señor, he pedido a las deidades que te permitan despertar de tu letargo, y que puedas disfrutar de estos momentos que pasarán a la historia. Si es necesario, sacrificaré a otros tantos enemigos en su honor.
Ahora sí, de manera casi imperceptible, una mueca asomó en su cara, y su inerte mano agarró con renovada fuerza la de su hijo, al tiempo que de sus ajados labios se escaparon unas palabras:
― ¿Para qué tanto dolor? ― apenas musitó.
― Alabados seáis, dioses, que escucháis mi plegaria ― exclamó P. colmado de alegría por el repentino despertar.
― Hijo, responde a tu padre. ¿Para qué tanto dolor? ― insistió.
― No entiendo, padre. ¿Acaso no os alegráis por el triunfo?. ¿No os complace ver humillados a los que os sumieron en este estado?.
― Nadie que haya conocido lo que yo he visto puede alegrarse del mal ajeno.
― ¿A qué te refieres, padre mío? ― inquirió P. sin salir de su asombro.
― Has de saber, hijo mío, que aunque mi cuerpo ha permanecido aquí postrado durante tanto tiempo, mi mente voló libremente y sin control. Pude ver tu victoria, y aún antes, contemplé otras batallas, en otro lugar, en otro tiempo, no estoy seguro. Seres parecidos a nosotros se enfrentaban en luchas fraticidas, en cruentas guerras sin cuartel, con pueriles y exiguas razones para sostener la afrenta. He visto como los más débiles, los obligados a abandonar su hogar, aquellos que perdían a sus seres queridos, sin más razón que la propia sinrazón de la guerra, arrojaban torrentes por sus ojos a causa de la aflicción que les embargaba. He compartido la congoja de pueblos oprimidos, sometidos a leyes marciales, despojados de cualquier atisbo de libertad, famélicas criaturas que se arrastraban por el suelo, sin futuro.
El semblante del príncipe se ensombreció ante estas palabras. Su conquista, entendió, no era del agrado de su padre, pero aún así intentó rebatirle.
― ¿Acaso no hemos de protegernos de quienes nos agreden y quieren nuestra destrucción?. ¿Es ilícito conquistar territorios y añadir súbditos y recursos para mayor gloria del reino?.
― La invasión lleva consigo resistencia y desconfianza. ¿No es mejor un ciudadano con derechos y agradecido por la oportunidad de prosperar que un lacayo resentido y oprimido por los tributos? ― respondió R. de forma contundente.
El viejo rey pareció recobrar el ánimo, y con la ayuda de su vástago consiguió sentarse en el lecho. Después del esfuerzo, prosiguió su letanía.
― Querido P., no te deseo un trance como el que yo he pasado para que puedas entender mis palabras, pero sí te digo que el futuro del reino depende de ti, y tus decisiones afectarán a miles de súbditos bajo tu amparo. Por eso, he tomado una determinación, que espero acates de buen grado, como siempre has hecho.
El legítimo heredero escuchaba perplejo las palabras de su padre. Asintió con la cabeza.
― Para conocer de primera mano cuan duro es vivir en este reino, lejos de las ventajas que otorga la vida en palacio, he decidido que partas de nuevo hacia el norte. Esta vez lo harás atravesando las montañas. En tu peregrinar, no te quedará más remedio que mezclarte con la plebe, y aún solicitar de su ayuda para subsistir, si es  necesario. No podrás, bajo ningún concepto, revelar tu identidad, y para ocultar tu alcurnia, vestirás unas ropas usadas que te dará el chambelán. Sólo él sabrá de esta circunstancia, y al resto de la nobleza y pueblo llano se le dirá que has partido en misión diplomática hacia nuestro amigo reino del sur.
― Pero, padre. ¿Quién cuidará de ti, tan débil como te encuentras?. ¿Cómo...? ― pero P. fue interrumpido con severidad por R.
― No has de preocuparte por mí, yo estaré esperando tu vuelta. Pero esta no habrá de ser antes de completarse un ciclo.
― ¿Un ciclo?. ¿Y cómo podré sobrevivir tanto tiempo? ― respondió con congoja.
― Como te he dicho, tendrás que confiar en tus propias habilidades y esperar que tus siervos se apiaden de ti, pobre y humilde ante sus ojos, y te permitan compartir morada y comida.
― Es una dura prueba, padre mío, y no estoy seguro de entender que enseñanza extraeré de ella.
― Confía en tu padre. Recuerda que no podrás regresar antes del tiempo estipulado. Para franquear las murallas, mostrarás al guardián este anillo con nuestro escudo de armas. Daré órdenes precisas para que traigan ante mi presencia al portador de la joya ― y la dejó caer en su regazo.
― Sea tu voluntad, sabio padre. Siento no poder compartir contigo más tiempo tras tu milagrosa resurrección. ¿Cuándo debo partir?
― Sin dilación, hijo mío.
Y así fue como el príncipe abandonó el palacio, en la fría y oscura noche, en dirección al norte, al encuentro de los ayer esquilmados bajo su espada, en cuyas manos se encontraba el destino de su futuro regente.

Pasó más de un ciclo, y el enfermo rey no recibió noticia alguna de su hijo, aunque confiaba en su pronto regreso. Su mejoría duró poco, y de nuevo vio su salud menoscaba por la enfermedad. Hasta que, perdida ya la esperanza, un día P. volvió a postrarse ante el lecho regio. Encontró a R. con apenas un hilo de vida, y quiso trasmitirle sin demora sus peripecias.

― Padre, pensaba que jamás volvería a tu lado. Pero a pesar de las penurias y los sinsabores sufridos, quiero ser el heraldo de buenas noticias para este nuestro querido reino.
― Te escucho, hijo mío ― apenas pudo musitar R. con sus últimas fuerzas.
― Tras abandonar los dominios de C., recorrí los senderos que me llevaban hacía el paso del norte. Por el camino me encontré con súbditos de toda condición. Por un lado, los que echaban pestes por los impuestos que tenían que pagar, pese a ser poseedores de terrenos y animales, y que, en su mayor parte, ni eran felices ni trataban con el debido respecto a sus sirvientes y vecinos. Por otro lado, las gentes más humildes se mostraban agradecidas por la protección que recibían de la corona, y a pesar de mi aspecto, me recibían y agasajaban en sus casas, trocando cama y comida por ayuda en sus faenas diarias.
P. hizo una pausa esperando respuesta de su progenitor. Al no producirse esta, prosiguió.
― Al llegar al norte, para mi sorpresa, la situación se tornó similar. A los pobres no les importaba el hecho de haber sido sometidos por nuestro pueblo, pues nada tenían y nada tienen que perder. Por el contrario, las haciendas de los terratenientes, sus graneros, sus ganados, fueron en parte requisados como motín de guerra. La animadversión hacía presa en sus corazones, pero de forma similar a la que tenían a sus anteriores caudillos, que igualmente oprimían a su propio pueblo.
De nuevo el príncipe interrumpió el discurso. Ya sabía que su padre guardaba sus últimas fuerzas, y lo miró apenado.
― Padre, ha sido una experiencia amarga. En cierta ocasión, fui asaltado y vapuleado. Mi amoratado cuerpo fue encontrado por una familia de campesinos, que curaron mis heridas. Apenas tenían para llevarse a la boca, pero lo compartieron conmigo. Su hija se ocupó de mí hasta mi completa recuperación, y con su gran cariño y sus sentimientos nobles, cautivaron mi corazón. No podía permitir que continuaran una vida indigente, así que malvendí tu anillo para obtener una casa digna y sustento. Con el tiempo, los dioses nos bendijeron con un hijo. Tu nieto y continuador de la estirpe, padre, al que deseaba poner en tus brazos. Por ese motivo, regresé a C., cumplido el plazo acordado, pero al no disponer del anillo para llegar a tu presencia, traté de saltar la muralla. Fui apresado, y a pesar de intentar hablar con el chambelán, fui azotado y recluido en las mazmorras durante largo tiempo. Cuando creí fenecer sin poder contarte tan grata noticia, uno de mis capitanes me reconoció. Y ahora, ante tu presencia, soy consciente de la enseñanza que pretendías transmitirme.
Tras escuchar en silencio la historia de su hijo, el pecho de R. se llenó de aire por última vez para exclamar colmado de alegría:
― Serás un gran rey.

El último hálito de R. dejó consternado a todo el reino. La despedida fue digna del gran guerrero y prócer que había sido. Con la mayor solemnidad, se dispuso su cuerpo en una barca, sus cuatro brazos sobre el exoesqueleto del pecho, y encima de ellos, el oblongo escudo con el blasón familiar. La brillante luz de Orión bañaba con rojizo resplandor la especular superficie de la enorme laguna ácida, así como las brillantes escamas del cuerpo inmóvil.
P. miró a su amada e hijo con ternura, al tiempo que empujaba con vigor el navío, que se fue perdiendo poco a poco de vista. En ese momento recordó lo que le contó su padre sobre como las criaturas de sus ensoñaciones mostraban su aflicción ante la pérdida de sus seres queridos. Esta suma de emociones provocaron en su organismo una reacción, nueva e inesperada. Sus glándulas secretaron una cantidad extra de líquido lubricante en sus ojos, que rebosó en la conjuntiva y, al ser barridos por la membrana nictitante, rodó a borbotones por sus mejillas.

Desde ese mismo instante, el ser humano dejó de ser la única criatura del universo capaz de llorar.




Triste destino el de Caronte de DORA HERNÁNDEZ MONTALBÁN (Guadix)



Triste destino el de Caronte ¿Cómo ha de ser eso de conducir las almas en su último viaje? Triste, negro y triste el destino de Caronte. Él testigo de las intrigas, de los odios, de la sed de venganza, testigo del arrepentimiento, de la horrible confesión, de la última danza: la danza de los muertos. Caronte vagará eternamente por las riberas de la Estigia, porque no sabe a dónde va, no conoce, no teme, porque no ve. No sabe, ni sabrá nunca hacia dónde se dirigen esas almas que transporta. ¿Es éste su castigo? ¿O ésta su elección? Ha de ser su castigo, pues triste elección ha de ser navegar a merced de lo imprevisible.
Caonte no habla, Caronte no ve, rema. Rema, ama el silencio y escucha. Escucha las voces de aquellos que han de pasar a la otra orilla. Escucha que la felicidad no es más que un instante de placer antes de la muerte. Y la muerte, un impreciso recuerdo de lo que llamamos vida antes del fin. En su barca ha de transportar lo mismo a reyes que siervos, héroes, ángeles o demonios.
Dicen que en la otra orilla, la luna gigantesca parece un sol imantado de rojo sobre el horizonte. Y que por esta señal, intuyen los condenados que se encuentran a las puertas del infierno. Allí la barca, repleta de muertos,se detiene.
Es la nave de Caronte que no podrá jamás remontar la corriente.



Triste destino el del barquero, que sonámbulo y entre amargas sombras ha de seguir navegando por toda la eternidad.


Una leyenda del norte de CARMEN MEMBRILLA OLEA (Guadix)



Enamorada de los tonos azules del cielo; ella admiraba continuamente el paso de las nubes. Los demás la tachaban de loca, se reían siempre; a pesar de saberla errante e indefensa.
Ella alardeaba de sus conocimientos celestiales y hablaba en voz alta sobre el avance lento, sobre el tiempo en minutos, sobre los rumbos ocultos...
Él; ya se sentía irremediablemente enamorado de la brisa suave que ella desprendía, de sus palabras mágicas, de la desnudez de sus brazos...Entonces, se acercó y la besó en la boca...y de ese beso comenzó a brotar toda la belleza blanca de algo que parecía algodón en dulce.

Todo y todos quedaron cubiertos.
-¿Será que las nubes entienden de amor?
Ya nadie se reía.



¿Historia o leyenda? de PILAR VILLAESCUSA RIUS (Barcelona)




Cabizbajo, el hombre se adentró en el bosque, llevaba una linterna debajo el brazo y una zamarra para soportar el frío de la noche. Había andado muchos pasos. El pueblo se hallaba lejos, apenas se percibían las luces de las casas. Tenía que saberlo, saciar sus dudas, eran muchos años hablándole sobre lo mismo. Su abuelo, fue lo primero que le contó apenas tuvo uso de razón. Iba de boca en boca, por todo el pueblo. Cada noche de luna llena, algo extraño sucedía muy adentro del bosque. Nadie lo había visto jamás, pero algunos atrevidos, contaron haber oído rugidos de fiera y gritos aullantes… No quería morir sin saber si todo aquello que desde pequeño le habían contado, era en verdad, un hecho real, o simplemente era una absurda leyenda. Llegó a la guarida. Lugar donde decían se escondía algo tenebroso. Al fin había dado con ella. Oscura, como la noche que caía. De ella, salía un olor desagradable. Se acurrucó entre unos matorrales que ocultaban su entrada para pasar desapercibido. El frío reinante acusaba de un modo brutal sus manos y sus pies y el aire dibujaba sombras con las hojas de los árboles y los zarzales, que ayudaban a confundir, y a temer. Espero. Siguió esperando. La luna lo cegaba. En el cinturón de su pantalón, algo recio colgaba, algo duro se le clavaba con fuerza en su entrepierna....no dudó en sacarlo y dejarlo en el suelo, muy cerca de él. Con el viento a su favor, escuchó las doce campanadas de la iglesia. Nada se oía. Nada hacía temer. ¡Nada...nada…nada…! De pronto, una sombra que no era ninguna rama, pareció acercarse. Cada vez más cerca. El hombre, no podía distinguir con exactitud qué forma tenía. Oyó rugir. El asombro lo llevó a tapar sus labios para no emitir ningún sonido. El rugido, cada vez era más fuerte, más potente y con más garra. Los ojos del hombre avistaron de pronto, una forma extraña, de grandes dimensiones. Comprendió que podía estar en peligro e intentó salir de la guarida y buscar un lugar más lejano. Con tiento y agazapado, fue saliendo del lugar, más la linterna traidora lo delató, se cayó y al caerse, automáticamente se encendió. Quedó al descubierto, ante una fiera con ojos encendidos de cólera. Buscó en su cinturón el revólver que llevaba escondido, más se acordó que poco antes lo había dejado en el suelo. Ya no había tiempo para nada. Su intento de levantarse y echar a correr, le sirvieron de muy poco. La fiera, lo agarró con sus garras y con sus largas pezuñas, le atravesó el corazón, destrozando el cuerpo del hombre en un santiamén.... Las órbitas de aquel insensato, quedaron abiertas de estupor para siempre. Esparcidas por el sendero, al igual que su enjuto cuerpo. Su muerte pasaría a la historia cuando encontraran su cadáver despedazado, como la de tantos otros, pero nadie sabría jamás la verdad, si fue muerto por las garras de una temible fiera, que solo salía de su guarida en noches de luna llena, o tuvo la mala fortuna de despeñarse en la oscuridad de la noche y encontrar una horrenda muerte. ¿Acabaría siendo historia o leyenda, la muerte de aquel hombre que acudió un anochecer en el bosque, con ganas de saciar sus dudas y poder descubrir una verdad? “Moraleja”: La curiosidad a veces, nos puede llegar a matar.
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POEMAS Y ROMANCES: 



El Palacio de los Sueños de PEDRO CASAMAYOR RIVAS (Guadix)



Y hacia el final de la noche
con antorchas tumbadas de oleaje
te daré de beber agua de riachuelo.
Las horas y la corriente del Lete
harán germinar flores de olvido
sobre tu lecho de plumas y ébano negro.

El sueño te vestirá en la mañana
pero tú, todavía un poco inquieta,
te ausentarás escondida entre la almohada
del canto del gallo de la Aurora.
                                                                                       
La quietud del alma te devolverá al arropo,
me darás un “te quiero” mezclado
con una luz todavía dudosa.
Escucharé en tu palacio de los sueños
labradores en huertos de amapolas en pausa.

Levantar la voz sería un sacrilegio sin perdón,
el insomnio en el lecho de Morfeo.
Pensar mientras te contemplo que eres feliz,

un paseo por los erizos del otoño en mi niñez.



Estaba en el jardín oscuro de ALICIA MARÍA EXPÓSITO (Guadix).



Estaba el jardín oscuro
 aquella noche de invierno.
Tristeza sobre la tierra
y por el agua silencio.
Un hombre llega a los muros
de aquel paraje desierto.
Lleva una herida de siglos
florecida sobre el pecho.
Acariciando las flores
buscó a su aflicción consuelo
y la espina de una rosa
despertó dolores viejos.

Era tanta la agonía
que sintió en aquel momento
que aquel hombre no sabía
si estaba dormido o muerto.

Tristezas casi olvidadas,
amores lejanos, sueños
de la juventud perdida,
de otra rosa, de otro tiempo.

Para no estorbar su llanto
el aire se quedó quieto
y volvió a sangrar la herida
florecida sobre el pecho.

“Atrás quedaron sus ojos
¡todo parece tan lejos!
La amargura del recuerdo,
la dulzura de sus besos.”

Tomó rumbo el caminante
malherido y en silencio.
Por entre las arboledas
sólo se escuchaba el viento.






Amado Bóreas de INMA J. FERRERO




Amado viento
que vives 
tras el espejo
que 
mi vida
guarda.

Amado Bóreas,
que dictas:
cada paso,
cada gesto,
la medida
de mis palabras.

Añorada
piel
que busco,
sin ninguna esperanza.

Añorados 
labios,
que mis versos
a describir
no alcanzan.


Amado suspiro,
amado sueño,
amado viento,
que compartes
mi alma.

A ti 
vengo 
a cantarte
mil poemas,
mil versos,
mil rimas,
mil palabras.

Para que
los lleves 
contigo,
cuando
beses
mi ventana.

Y pueda
de nuevo 
tenerte,
antes
de que 
llegue
el alba.







Romance de Rambla la vieja de PEPE VELASCO ROMERO (Guadix)


Rambla la vieja…
Paraje fragoso de rambla la vieja
donde yace doncella encantada por vieja hechicera.
Ofrece al caminante sus dulces de higo; de higos de piedra,
de piedra encantada como ella.
sus dulces de higo con hojaldres de perlas,
 de camino de humo con bucles de niebla.
¿Por qué te encantaron joven doncella?
Pregunta el caminante cuando llega hasta ella.
…Por amor me encantaron,
por amor estoy aquí quieta;
por amor me erosiono,
 por amor soy de piedra.
Y ofrezco mis dulces de higo y de almendra
de camino de humo y de bucles de niebla.
Para que el que los coma, se encante y se venga
 conmigo a mi morada de encanto y de piedra. 


Romance de Alcázar de NURIA HERNÁNDEZ (Granadala), con enlace de "Alcázar, el velo de seda de ANA CHAMORRO Y CARLOS TRIVIÑO.


ALCAZAR, EL VELO DE SEDA (*muy bonito)


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FOTOS: 


La antigua huerta de los Lao en Guadix de MARCELO MIRANDA RIVAS (Madrid)

La llamada "huerta de los Lao" a finales de los años sesenta. La foto está hecha desde la torre de la catedral. Debajo esperaba el teatro romano. Como anécdota, diré que las tierras que lo cubrían estaban, por lo general, repletas de piedras de pequeño o regular tamaño. Nunca se le dio importancia pero, ¿quién sabe si se trataba de un pequeño aviso de la Historia latente?



Semblantes del Guadix antiguo de MIGUEL BLÁZQUEZ CARRASCO (Guadix).










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