La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 14 de abril de 2017

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 43, 15 de abril de 2017 "El tiempo".


Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN: 2340-8634



SUMARIO



PORTADA (diseño), por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN..



ARTISTA ANFITRIÓN: 


FELIX TORÁN (Escritor y Dr. en Ingeniería).



FOTOGRAFÍA: 


Tiempo visible y tiempo desconocido, por JOSEFINA MARTOS PEREGRÍN. 



RELATOS: 


Sucedió a las seis, por GLORIA ACOSTA.

El hilo del tiempo, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN. 

Primavera, otoño, el tiempo, por MARIAN ORRUÑO TOUZÓN.

El tiempo que pasa, por MARIA ELENA LEYVA MIRANDA.

Señor nuncio, Ettore Balestrero, por  MAURICIO JARAMILLO LONDOÑO. 

Time lapse, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ


POEMAS: 

Tiempo impropio, por ALICIA MARÍA EXPÓSITO.

Pasarela, tic, tac, por CUSTODIO TEJADA.

El tiempo, por MERCEDES GARCÍA POYATOS.

Sin consideración, por Mª JOSÉ MENACHO CASTELLANO.

Aquellos días, por TOMÁS SÁNCHEZ RUBIO.

No existo, por CONSUELO JIMÉNEZ.

Ruleta rusa, por F. JAVIER FRANCO.

Para otro tiempo, por JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GARCÍA.

Las mudas piedras, por ANTONIO PELÁEZ TORRES.

Se queda, por ISABEL REZMO.

Tempus fugit, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN.





No existo, por CONSUELO JIMÉNEZ



Desdibujados los caminos, se hace arrastre el olvido,
Vagos recuerdos enturbian la memoria del río,
sabedores del reencuentro con el mar,
persiguen a contracorriente su destino.
La mañana se duerme en el hombro de la tarde,
retorna la luna que se hace día en el palpitar del sol.
Es el tiempo, duna en el pecho de la costumbre,
mera falacia en el discurrir de la historia,
eterna urdimbre del será, del es y del que fue.
Y mientras tanto, es tiempo en el tiempo,
de dar cuerda al reloj que yace en la garganta de la nostalgia.
Estoy en mí misma, espacio sin destino,
bruma en la nada, nube en el pecho de nadie,
no tengo miedo a la vida,
ni se fragua la muerte en mis venas,
no existo, soy palabra en el cristal de unos versos,
punto de luz en lo invisible, fluye el tiempo.
Late mi alma.


Felix Torán (Escritor y Dr. en Ingeniería)



Saludos

A través de estas líneas, envío un cordial saludo a las lectoras y lectores de la revista ABSOLEM. Es para mí un honor poder participar en este número de Abril de 2017 tan especial, ya que trata un tema de vital importancia: el tiempo. Y cuando hablo de importancia, no lo estoy enfocando al típico estilo norteamericano (es decir, el de la productividad). Obtener la máxima productividad a costa del estrés (y, por tanto, de la salud), no es algo recomendable. La verdadera gestión del tiempo implica ser productivos y, a la vez, ser felices. Esto implica conocer no solo el tiempo lineal que nos vincula al plano material y nos permite ser productivos, sino también el tiempo eterno del momento presente, el instante, que nos vincula a los planos espirituales, y nos abre la puerta a la felicidad. El conocimiento y la sabia combinación de estos dos tipos de tiempo nos llevará a ese maravilloso par productividad / felicidad. Os deseo todo el éxito y toda la felicidad (que es todavía más importante que el éxito). Como acostumbro a decir: lo único que necesitamos para ser felices es dejar de necesitar... ¡Un abrazo!

Félix Torán

Escritor y Dr. en Ingeniería
Autor de 14 libros

Ingeniero de la Agencia Espacial Europea (ESA)

Padrino en España de la Axe Apollo Space Academy
Autor de los primeros libros españoles que iran al espacio

Finalista de "Hechos de Talento", segundo talento más 
votado de España (www.hechosdetalento.es).




Para poder mejorar nuestra relación con el tiempo, necesitamos saber primero dónde nos encontramos ahora, para después poder tomar las oportunas acciones que nos conduzcan hacia un progreso positivo. Para ello deseo proponerle que observe su propio comportamiento durante su vida cotidiana. Por supuesto, no es una tarea fácil, y para simplificarla, en particular le invito a ser consciente de dos tipos de conducta muy particulares: los modos “ser” y “hacer”. Son dos comportamientos muy relevantes para lo que nos ocupa, puesto que están directamente relacionados con nuestra comprensión del tiempo.
Cuando entendemos el tiempo en su versión de "falso tiempo" o tiempo lineal (el que manejamos cada día en la vida cotidiana), nos encontramos en “modo hacer”. Cuando entendemos el verdadero tiempo —el instante, el ahora, el único que existe— pasamos al “modo ser”.
En modo hacer empleamos en gran medida nuestro hemisferio izquierdo, y esto incluye a nuestra relación con el tiempo. Hacemos uso del tiempo de una forma muy consciente. Lo utilizamos como herramienta, que es muy útil. Nos permite planificar, estimar plazos, observar fenómenos, extraer conclusiones, ordenar sucesos, etc.
Cuando nos encontramos en modo ser, las cosas son muy distintas. Nos alejamos del hemisferio izquierdo. Vivimos cada instante. Allí, el tiempo se detiene, y nos sentimos unidos al universo entero. De hecho, el universo entero se encuentra con nosotros en ese instante. Forma parte del instante. Todo nuestro ser se encuentra inmerso en el momento presente. Nuestra mente presenta un elevado grado de concentración en lo que estamos haciendo en ese preciso instante. No hay preocupación ni por lo que ha pasado antes, ni por lo que pasará después. Sólo existe ese preciso y precioso momento. No existen distracciones. No se razona nada, pero se experimenta todo. Cualquier cosa ordinaria que hacemos, vivida en el momento presente, se convierte en algo absolutamente extraordinario.
¡Le invito a observar cuánto tiempo pasa en cada estado durante el día! Quizás se pregunte cómo hacerlo, y tiene toda la razón. En particular, no resulta sencillo darse cuenta de que estamos en modo ser. Si intentamos razonar el modo ser, de alguna forma estamos escapando de dicho modo, para entrar en el modo hacer. ¡En modo ser no se razona, sólo se experimenta! Por ello, lo normal es que sea consciente de que ha entrado en modo ser cuando ya haya salido de dicho modo, y retornado al modo hacer, donde sí que se razona. No hay ningún problema con ello, es más, le diré que las experiencias que hemos vivido en modo ser suelen ser tan intensas y maravillosas, que resulta difícil olvidarlas a través de los años. Para ser prácticos en la observación, le invito a observar cuánto tiempo pasa en modo hacer, lo cual le pondrá más fácil entender cuánto tiempo ha pasado en modo ser.
¡Haga la prueba! ¿Ha terminado el día y tiene la impresión de que ha pasado todo el tiempo en modo hacer? Pensará que es extraño, y que algo debe haber hecho mal… Pues debo decirle que quizás no es tan extraño, y es muy probable que no haya hecho nada mal. Sencillamente, está siendo consciente de la realidad. En efecto, actualmente —y con especial énfasis en occidente— vivimos casi todo el día en modo hacer —si no todo el día.
No se trata de condenar al modo hacer. Es muy útil. Nos permite planificar tareas, tomar decisiones, etc. Pero el problema es que tenemos mucha facilidad para llevarlo al extremo. Ese extremo llega cuando, en modo hacer, activamos nuestro particular “piloto automático”. Cuando una actividad ya la hemos experimentado anteriormente varias veces, y se ha creado un hábito, es fácil que activemos dicho modo. Estamos haciendo algo, y mientras tanto, nuestra mente está pensando en lo que haremos después, y de esa forma, nos perdemos lo que está ocurriendo ahora. Otras veces estamos recordando algo sucedido en el pasado, y nos perdemos lo que ocurre en el momento presente. Es un claro ejemplo de cómo el pasado y el futuro nos roban el momento presente. 
Un ejemplo muy común ocurre cuando realizamos un trayecto frecuentemente en autobús, siguiendo siempre el mismo recorrido. Al principio tenemos una mentalidad de principiante, con muchas ganas de conocer y experimentar lo que sucede en el camino. Somos conscientes de lo que acontece en el trayecto, de los sonidos, los paisajes, etc. Si llegamos a “meternos” lo suficiente, la noción de que estamos observando un paisaje desaparece, y nos fundimos en uno con el paisaje. Es algo similar a lo que ocurre cuando una película nos encanta, olvidamos que la estamos viendo, y nos metemos por completo en la historia. Pero cuando el viaje se repite día tras día, normalmente ese interés por experimentar cada detalle se va perdiendo, y al final pasamos el viaje entero haciendo otras cosas, a menudo pensando en lo que vamos a hacer cuando lleguemos a nuestro destino. Nos perdemos el camino por pasar el tiempo pensando en lo que haremos al llegar.
He conocido a muchas personas que, durante su juventud, han estado pensando en lo dura que será su vida unas décadas más tarde, y haciendo eso, se han perdido unos años maravillosos. Tras veinte años, esas mismas personas pasan ahora un tiempo considerable quejándose del tiempo que perdieron cuando eran jóvenes, o quejándose de no poder volver a esa época. Se perdieron su época de veinteañeros por culpa del futuro (temiéndole), y ahora se pierden su época de "cuarentones" por culpa del pasado (deseándolo). Las razones pueden ser unas u otras, pero la cuestión es que se perdieron el presente.
Le propongo observar la ocurrencia de situaciones de “piloto automático” en su vida cotidiana. Propóngase mantenerse alerta con el objetivo de detectar los momentos en los que entra en modo automático. Puesto que el momento presente está siendo ocupado por el futuro o el pasado, no será consciente de que tenía el piloto automático activado hasta que retorne al presente, es decir, al modo ser. Pero el mero hecho de ser consciente de que ha ocurrido es muy importante y muy útil. Es una primera fase que le permitirá aplicar soluciones en una segunda fase. Dedique tiempo a desarrollar esta capacidad de detectar la activación del piloto automático (por ejemplo una semana).
A continuación, voy a proponerle un reto práctico a modo de segunda fase. Requiere cierto esfuerzo por su parte, pero merece mucho la pena invertirlo. Es una auténtica inversión. La energía que entregue a este ejercicio volverá a usted multiplicada, y lo hará en forma de felicidad. Se trata de un complemento a la propuesta que le he presentado en el párrafo anterior. Cuando ya lleve unos días haciendo un esfuerzo en detectar los momentos en los que activa su piloto automático, habrá ganado cierta destreza en dicho empeño. Le resultará mucho más fácil detectar esos momentos. El desafío es el siguiente: inmediatamente después de detectar uno de esos momentos, concentre su atención por completo en su respiración. Observe cada ciclo completo de respiración (inhalación y exhalación) y a continuación, diga mentalmente “uno”. Haga lo mismo de nuevo, con la etiqueta mental “dos”. Continúe así hasta cinco respiraciones.
Es muy importante remarcar que, en ciertas ocasiones, este ejercicio no es posible. Por ejemplo, si se encuentra conduciendo su coche y detecta que está funcionando en modo piloto automático, con su mente preocupada por la presentación de negocios que tiene que realizar al llegar a la oficina, desde luego, no es un buen momento para concentrarse en su respiración. Ocurrirán muchos casos como el anterior, pero no es ningún problema. En esas situaciones, posponga el ejercicio hasta que termine la actividad en curso y se encuentre en una situación estable, donde desconectar del exterior y poner toda su atención en la respiración no suponga un peligro. Al principio quizás no vea grandes progresos, y piense que no está logrando nada. En esos momentos, recuerde que en las profundidades de su mente, sin duda alguna, se están produciendo cambios, y antes de lo que pueda esperar, los podrá percibir claramente. Estará acostumbrándose a añadir un poco de "modo ser" a sus múltiples momentos de "modo hacer", y eso sólo puede crear beneficios.    
Observe a un niño. Verá que tiene muchos momentos de modo hacer, eso es obvio. Pero obsérvele cuando juega. Pone todo su ser en lo que está haciendo. Vive cada instante en su totalidad. Se concentra por completo en la actividad que realiza. Se convierte en la actividad, al final no hay diferencia. La tarea que desarrolla fluye con naturalidad, sin resistencia, como lo hace un rio. A un río no hace falta que lo empujemos para que fluya. Y si vamos en el sentido de la corriente, el río nos ayuda a fluir con mínimo esfuerzo. Sin embargo, si intentamos invertir el sentido de la corriente, invertiremos mucho esfuerzo, pero conseguiremos más bien poco. El niño fluye junto al rio, sin esfuerzo. La actividad en curso y el niño se funden en uno. El tiempo se detiene para el niño, sólo queda el ahora, el instante. Es un maravilloso disfrute. Reina la verdadera alegría. No tendrá dificultad para observar esos momentos en un niño. Se trata de momentos propios del modo ser.
Sin embargo, conforme nos hacemos adultos, cada vez pasamos más tiempo en modo hacer, y se van perdiendo esos momentos de modo ser. Ya no somos como el niño… Ya no nos dejamos llevar tanto por el rio. En diversas áreas de nuestra vida y en diversas ocasiones, tendemos a intentar hacer que el río fluya en sentido contrario. Para ello invertimos innumerables esfuerzos. Por supuesto, en esos casos no logramos invertir la corriente. Aplicamos mucho esfuerzo, pero no logramos el resultado deseado. Lo que logramos es agotarnos, perder la motivación, etc.
No es de extrañar, por tanto, que tengamos la impresión de haber pasado cada día entero en modo hacer. Le garantizo que si pasa unos minutos en modo ser, lo va a saber sin el menor ápice de duda, e incluso me atrevo a decirle que pasarán los años y seguirá recordando esos momentos como algo extraordinario, maravilloso, insuperable… ¿No ha sido el caso hoy? Entonces, no lo dude: dispone de una clara evidencia de que hoy ha vivido en modo hacer todo el día. Y si no todo el día, la mayor parte del mismo.
¡No se preocupe! Como le decía anteriormente, es completamente normal, especialmente en la sociedad occidental. Es por ello que existen tantas personas que sufren enfermedades derivadas del estrés. Y ahora que conoce los modos ser y hacer, la solución al problema resulta evidente: se trata de invitar al modo ser a entrar de nuevo en su vida. Pero, eso sí, recordando siempre que la virtud se encuentra en el término medio. Lo importante es combinar el uso de ambos modos. Cuando lo logre, no sólo será una persona productiva, sino además, feliz. Pasar el día entero en ese estado de felicidad sería maravilloso, pero si lo piensa mejor, la vida tampoco sería tan interesante, y no demasiado humana. Se estaría perdiendo cosas. En el otro extremo, pasar el día en modo hacer termina destruyéndonos por culpa del estrés. Los extremos son malos. La experiencia humana más bonita se encuentra precisamente en la sabia combinación de ambos modos: ser y hacer.
Finalmente, es importante aclarar que los modos ser y hacer se presentan como mutuamente excluyentes: o está en un modo, o en el otro, pero no en los dos a la vez. Esa es la situación habitual, pero si desarrolla el mindfulness o atención plena meditante la meditación, podrá lograr permanecer en modo ser incluso cuando está en modo hacer. En otras palabras, podrá ser feliz incluso mientras está siendo productivo.



Para otro tiempo, por JOSÉ ANTONIO HERNÁNDEZ GARCÍA

Traigo mescolanzas en auge, 
serpentinas y augurios, 
mientras bailan nuestros días en los calendarios, 
creyendo que somos siempre niños. 

Niños de Julio, de enero,
colgando nuestra infancia en sus alambres,
apilando nuestro polvo ajeno en sus ventoleras.

Yo, en mis palabras,  te recibo lentamente,
leve en tus calendarios,
donde somos esquirla,
ejercitando nuestra contemplación en los amoríos. 

Hoy he visto cruzar al primero,
hoy, que soy mi hueco disfrazando.
los segunderos de mis años,
embovedados en la latitud donde nazco.

Borrándome de tus nubes  que merodean por mi espejo, 
controlando mi fulgor pajizo, 
dejándome a un octubre tibio en mi postigo, 
el mismo día que  conocimos nuestras transparencias, 
germinadas en las calles  de mayo.

Olvidándote de tus tributos y tu canon de amante desbordado, 
en los arrabales de tu poesía, parecida al recuerdo. 

Eres lo mejor que he consumido
entre abriles y septiembres de manera sencilla, 
en la comunión de mi primer calendario
donde señale mi estancia ácrata,
despertando en junio tu luz germinada
en las calles de mayo,donde me encuentras,
empezando  mi nombre a mitad de marzo,
vigilándome hasta mi despedida de las auroras
como dicen mis amores. 

Mi tiempo fue fugaz.


El tiempo que pasa, por Mª ELENA LEYVA MIRANDA.

   

   Sobre un repostero antiguo ,descansaban dos relojes ,uno de ellos era pequeño, muy coqueto, pero algo creído. El más grande era más sensato. El pequeño le decía al grande, mira, ¡tu tan grandullón ! y yo siempre te adelanto !mis agujas corren más que las tuyas! Siempre llego antes que tú a las horas! Entonces, el más grande le contesto ¿ pero te das cuenta de lo que dices? Cuando llega el final del día , me has adelantado tanto que tu hora no es correcta, y nadie te hace caso; en cambio me miran a mí, que saben que doy bien las horas, minutos y segundos; tu en cambio le das lastima, dicen... ¡pobrecito! Por más que lo arreglan, siempre sigue adelantando.
  Un anciano que los escuchaba sentado en su sillón,  les contesto. ¡ ¿veis mis arrugas ?! Ni uno ni otro me las habéis hecho, ha sido el tiempo que ha pasado por mi; el tiempo sigue pasando, aunque vosotros no lo midáis; sois muy necesarios ¡es verdad ! Pero no os creáis que sois los dueños del tiempo. El tiempo es algo grande, ¡misterioso! que pasó, sigue pasando y pasará ¡queramos o no! No podemos mandar en él ¡tan listos como todos nos creemos! Procuremos vivir bien el tiempo presente, para que en un futuro, haya un tiempo lleno de paz y no de guerras .

Primavera, otoño, el tiempo..., por MARIAN ORRUÑO TOUZÓN



   
   Nunca me fie del tiempo, fui fría con él, jamás hicimos el amor, jamás me enamoré del tiempo, intuí su abandono sin aviso, con sobresalto, a traición, supe que no sería eterno, intuí que en su frugal cena a solas me robaría la vida, me dejaría sin aliento, sin resuello, tirada sobre suelo de cemento, boqueando, vomitando mis trasnochadas horas de ensueño, de aquella locura que creí eterna. Y sin embargo él me prometió la gloria e insistió, insistió entonces, entonces, en aquel entonces cuando yo era primavera, verano, me prometió que mi otoño sería un nombre impronunciable, y ni soñar del invierno, jamás llegaría mi invierno, jamás el frío me helaría, ni el aliento sería mi barracuda acechando. Me juró que sería eterno, él, él en aquel entonces primavera cuando por entre mi pelo florecían gaviotas, cuando por entre mis dedos saltaban gacelas, mi vida, mi primavera, bosque encantado. Postrado en rezo me lo juró llegándome a la cintura en su baja estatura. Lo mire desde arriba, fui déspota, despiadada, me sentía primavera, verano; el otoño, desconocido entonces, ni sabía qué era y a él lo creí vapor de incienso pasando impetuoso, al que me subí por creerlo eterno, no supe entonces, no sabía, ignorante..., distinguir la trasmutación de los tiempos verbales: soy, seré... Siéndolo, no lo creí dueño de mí, sino un juego de tiempos, de estaciones, no lo creí, me sentí dueña de mi tiempo, yo era el mismo tiempo, no lo vi siquiera un instante en mi estupidez por creerme primavera eterna. Lo creí ráfaga de viento soplando en mi torpe oído, lo creí artimaña, ilusión, artilugio luciendo hermoso o pálido en mi vida, y tan fugaz era y mis días tan hermosos, siendo verano, primavera que no creí que a resultas de ese tiempo acabase mi vida siendo otoño mientras el invierno rugía cerca...  

Las mudas piedras, por ANTONIO PELÁEZ TORRES.

Las mudas piedras oyeron al tiempo
caminar noche y día, lluvia y viento
sin conocer siquiera qué es la luz.
¡Cuántas veces el brillo de la luna
las bañó hartas ya del amarillo
que achicharra en las horas en que el aire
cual rayos asesinos del infierno
mataron mi conciencia en el sopor!
y ¡cuántas, mi memoria como piedra
porosa se ha perdido entre la arena
de un pasado gastado por la fuerza
de la ingrata costumbre de vivir!
No hay quien las levante y las arroje
contra ese firmamento que nos dice
que no sabemos nada de los dioses;
que todas las estrellas nos persiguen
para compadecerse hasta lo eterno
de nuestra insustantiva irrelevancia;
que una sola lágrima de Júpiter
contiene los océanos salados
la savia de los árboles, la sangre
que fluye en las entrañas de la tierra;
Que todos los cerebros reunidos
en un enorme y único pensar
jamás arribarán al infinito…
Por eso, piedra impura, me edifico
con otras más que encuentro en el camino
sin querer entender lo que construyo
por si es un alacrán lo que cobija
o un simple remedo de la nada.

¡Tic, tac! sigue pasando y no lo siento.