La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 15 de febrero de 2015

Microcuento saleroso, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN.



En la vieja bodega vivía una salamandra salmantina que solía salir por diciembre, cuando Mamá Brígida preparaba la salmuera y los aliños para las aceitunas verdiales. Aquella salamandra, según me habían contado, había venido enredada en el poncho de un remoto pariente guanche que había emigrado a Salamanca, y desde entonces vivía perdida en la bodega. De modo que estando un día Mamá Brígida preparando los condimentos para una salsa, bajó a la bodega a por huevos y un poco de harina, y se topó con la salamandra inmóvil en la grieta de un saliente. El grito fue inminente, rotundo, desgarrado, gritaba y saltaba, la tía abuela, salpicando con blanca harina del costal toda la bodega.
Alertado por los gritos, acudió azorado el viejo Salustiano, el jardinero, arrastrando los pies por la salita, escoba en ristre. La tía abuela Brígida no paraba de dar saltos mientras decía:
-          ¡Salustiano, dele ahí, ahí, ahí!
Salustiano desconcertado, de un lado a otro, parecía un saltimbanqui dando saltos y golpeando donde ella señalaba. Los apuntes de destrozos fueron varios: toda la salazón por los suelos, rompió varios vidrios que lo salpicaron todo, desechadas las salchichas, el salami, el salchichón. Toda aquella tropelía, más tarde, sería saldada quitando de aquí y de allá, del saldo de los sirvientes. Tal llegó a ser la fama que tomó entre mis parientes la mítica salamandra, que todos los diciembres aumentaba de tamaño. Tan  grande la veían algunos ya que llegó a ser cocodrilo de Tasmania, la culpable de todos los males era ella, que le si salía un salpullido, en esto tenía parte la salamandra, que aparecía un bichito con ojos saltones, era la salamandra, que alguien gritaba… allí estaba otro pariente con su grupo de salvamento para salvar a quien fuera de la temible embestida de la fiera, recitando la salmodia:
-           sal, sal, salamandra, sal.

Con el tiempo se adoptaron medidas drásticas; no había más remedio que cerrar la bodega a cal y canto con siete llaves para salvaguardar a la familia de aquellos ataques salvajes. Pasaron muchos diciembres y la casa familiar se fue transformando hasta acabar en ruinas. Hasta que apareció años más tarde aquel señor estrafalario que usaba salacot, salvadoreño y millonario que compró la propiedad para construir un maravilloso hotel. Pero lo que nadie se explica a día de hoy es: qué extrañas razones llevarían al millonario a bautizar el hotel con el nombre de Hotel de la salamandra.

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