La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 14 de julio de 2015

El muerto y Sami el hombre feliz, por ANTONIO MORILLAS JIMÉNEZ.

El Muerto





"Los muertos que vos matáis gozan de buena salud
(EL MENTIROSO, Corneille, 1643)

Esta mañana he tenido el gusto de saludar a un muerto. Cuando vivía, aparecía por el bar y se tomaba una copita tras otra de anís Chinchón, única bebida alcohólica que, a cualquier hora, admitía su fina figura y su estómago selectivo. En la barra del bar se echaba, simbólicamente, en brazos de la camarera o del 'gerente' y derramaba, en forma de amargas palabras, las lágrimas que su vida le iba provocando. Después se iba a rumiar su triste sino a otro sitio. Su desgracia consistía en que sus hijos y su mujer habían renegado de él por la mala vida que llevaba y le habían echado de casa con lo puesto. Decían las malas lenguas que conocían su mala vida, que muchas veces le vieron llorar, pero no escarmentaba. Un día desapareció del barrio sin dejar rastro.
Aunque yo nunca había cruzado una palabra con él, eché en falta su presencia, y pregunté alguna vez si sabían algo de aquel gitano de la peca. Una de esas veces recibí la fatal noticia: "Se lo han encontrado muerto en un piso que su familia tiene en Villaverde. Pobrecillo.", me dijo T, la enterradora. Y, como reafirmando su respuesta, apostilló: "Le he preguntado a su hermana por él y me dice que vive en Pinto, pero es mentira, a mí me han asegurado que se lo encontraron muerto, y la prueba es que ya no aparece por aquí." Punto. Estaba muerto.
Yo también conocía a la hermana, que se ganaba la vida vendiendo colonias de pega, cuchillos que lo cortan todo, calcetines y calzoncillos de primeras marcas, pero que se deshilachan a la segunda puesta y hasta te producen sarpullidos en la piel, y se lo compramos a sabiendas del fraude, porque queremos contribuir a que su familia coma cada día, y después de la desgracia del hermano, con más motivo. Un día que le compré un perfume para mi mujer, que valía 90 euros, al ridículo precio de 10, y que tiré en el contenedor verde de vidrio más próximo, le pregunté por su hermano, delante de quien le había matado, enterrado y casi oficiado el funeral: “Está muy bien, chico, me contestó. Se ha ido a Pinto y parece que se está enderezando…” No sabes cuánto me alegro, le respondí. Y se fue apresuradamente, sin querer entrar en más detalles.
Cuando desapareció la hermana del finado, T, la enterradora, me volvió a confirmar que había muerto, pero que no quieren admitir que haya muerto abandonado por todos, y, mucho menos, que se hubiese suicidado, tema tabú imposible de aceptar por una familia gitana.
Después de mucho tiempo dándole por muerto, esta mañana he ido a tomar café y le veo en la barra con su copita de anís, el codo en la barra, cruzado de pies, su peca peluda escondida en una tupida barba, el pelo largo... Me dirijo a él, le estrecho la mano y le digo que cuánto tiempo sin verle y que me alegro de saludarle. Me tiende su mano sorprendido: "Es que ahora vivo en Pinto...", me responde poniendo ojos de extrañeza por mi saludo. 
Después de una breve pausa se vuelve a dirigir a mí: "¿Sabe una cosa? Nunca he hablado con usté, pero su saludo me ha llegado aquí...", y se toca el pecho en el lado del corazón. Le digo que siempre se echa en falta a los personajes que forman parte de tu paisaje cotidiano, sin más, y sigo con mi café. "Me ha gustao, sí señor...", dice moviendo la cabeza suavemente, como afirmando. Y ya se embala: "Me he ido a Pinto con mis padres, que esos no te fallan nunca. Tuve problemas con mi mujer y mis hijos aquí y me fui... Y sepa que me sincero con usté porque me ha llegao su saludo, sí señor. Me ha dao usted el mejor desayuno de mi vida porque nunca nadie se ha preocupao por mí, quitando a mis padres, claro, que los tengo preocupaos desde que nací…"
Termino de desayunar, le reitero que me alegro de volverle a ver, y me da las gracias por haberme dado cuenta de que llevaba mucho tiempo sin existir, al menos en nuestro barrio... 

Por el camino voy pensando en lo necesarias que son, casi siempre, las palabras, y en la necesidad que tienen algunas personas de vivir la vida de los demás y de poner gotas de tragedia en la vida diaria. 

SAMI, EL HOMBRE FELIZ


Él es el prototipo de hombre feliz. Para él nada está mal, nadie es malo, siempre busca el lado positivo de las cosas. Está a punto de cumplir los sesenta y tres años, la edad de la pre-jubilación para muchas empresas españolas, y está preocupado.
-       Ahora, dos años paro y luego jubilación, pero yo no sé vivir sin trabajar,     me aburro, y aburrimiento primer paso para muerte, dice en su castellano de andar por casa, lo suficientemente entendible para hacer amigos.
Sami es jardinero y limpia el recinto del centro donde trabajamos. Todo el mundo es su amigo porque, para él, no hay malas personas, sólo personas equivocadas que alguna vez reconocerán su error y volverán a la senda de la bondad.
-  Buenos días. ¿Qué tal, señor Antonio?, me saluda por la mañana.
-  Bien. Ahí vamos, tirando, respondo.
-  ¿Cómo que bien? Más que bien: tiene mujer, tiene hijos, tiene salud, tiene trabajo, tiene amigos… Eso es más que bien, responde alzando la voz hasta hacer que la gente vuelva la cabeza al escuchar la jerga que utiliza dirigiéndose a quien le escucha.
Y sigue su perorata sin dejar intervenir porque no consiente que alguien le diga que la vida le va mal:
- Vida es felicidad. Vive, trabajo, salud, ¿qué más…?
- Bueno, señor Sami…
 No me deja terminar, de nuevo alza la voz:
- No, no, yo no señor, yo no cultura, yo no señor, sólo Sami.
Se vino de Marruecos hace más de treinta años a trabajar a España y desde entonces dice que sólo volvió para asistir al entierro de sus familiares más directos, su padre o su madre, y que no tiene ningún interés en volver una vez que se jubile porque ya no se siente marroquí después de tanto tiempo aquí.
- Tú ya eres español y lo que tienes que hacer es buscarte una novia que te cuide, aunque seguro que alguna novia tienes por ahí, le digo.
- No, yo no amor, yo no dinero y sin dinero, no amor. Yo solo en mi habitación de Madrid, en el barrio de todo putas, maricones y mala gente extranjera que no viene a trabajar, sólo dejarnos mal a honrados…
- Alguna buena mujer te hará un favor de vez en cuando, le interrumpo.
Una sonrisa socarrona le delata, pero lo niega:
- No, mujeres mala cosa, si tú dinero, tú lo que quieras, si no dinero, púdrete, pero no tienen culpa, es su trabajo, yo tampoco aquí trabajo gratis.
Nuestros ratos de charla se producen en las salidas que hacemos a la puerta del trabajo  para satisfacer la necesidad perentoria de fumar.
- No comida, no tabaco, no mujeres, no alcohol.
Durante la fiesta del Ramadán, que él respeta escrupulosamente según nos dice,  nos metemos con él sin ninguna mala intención porque es imposible no ser respetuoso con esta persona:
- Mira, Sami, qué mujer, le decimos cuando pasa por la calle alguna chica de buen ver.
- No, no, no. Yo Ramadán, yo no mujeres, yo no malos pensamientos, no bromas, no comer, responde, escandalizado, alzando una vez más su voz estridente y volviendo la cara hacia otro lado.   
- Y en tu pueblo, ¿no tienes ninguna novia? Allí ahora con la jubilación serías el rey.
- Yo no soy de aquí  ni de allí. Allí dicen: “mira renegado que no viene aquí nunca y se olvidado de nosotros”. Aquí, contrario: “mira este moro de mierda que viene quitarnos pan. ¡Vete tu pueblo!” Por eso, yo, de ningún sitio, no tengo nada, ni habitación que vivo. Pero, todo bien y no me quejo. Vida es felicidad y yo vivo y hablo a usted y a todos, y, cuando me voy de sitios, se hacen fotos conmigo; las tengo en casa, mañana enseño.
Al día siguiente trae un álbum casero hecho con folios y con unas pastas de cartulina, donde ha ido pegando las fotos con diferentes personas, que para él son la prueba irrefutable de su buena conducta, y me va explicando de qué empresa eran y anécdotas de cada uno. 
 Ahora que ha llegado el momento de la jubilación se le nota triste, aunque él lo niega siempre con su espíritu positivo. “Todo bien, qué digo, ¡más que bien!”, pero se le nota más pensativo que antes, no habla tanto, no se hace tanto el encontradizo con nosotros para charlar de cualquier cosa. Algunas veces le hemos tirado de la lengua y le hemos insinuado que a él lo trajo Franco con la guardia mora:
- No, no, no, yo no guardia mora, con esta pinta flaco, no podía. Guardia mora eran otra región, hombres más fuertes y guerreros, yo no. Pero Franco, buena gente, Suárez, buena gente, Felipe, buena gente, Aznar, buena gente, Zapatero, buena gente…. Con todos comida y ahora no me falta pensión. Todos españoles, buena gente.
- Pero alguien habrá malo, Sami.
- Nadie. Alguien equivocado, pero se dará cuenta de equivocado y rectifica. Algunos malos, sí: asesinos, los que roban, pero para eso policía, nosotros, tú, aquél, otro, otro, no somos ellos, por eso yo no en cuenta cuando hablo. Todos, buena gente.
Y así Sami es feliz.
El día anterior a su marcha se le veía nervioso, como si quisiera decir algo y no se atreviese. Por fin, entró en la oficina y se dirigió a mi mesa.
- Señor Antonio…
- Dígame señor Sami.
- No, yo no cultura, yo no señor, yo solo Sami. Quiero pedirle favor.
-Lo que usted quiera, señor Sami, le insistí en el tratamiento y ya lo aceptó con una sonrisa.
- Yo extranjero con mucho tiempo aquí y gustaría hicieran ustedes certificado conducta buena por si mañana necesito…
- Por supuesto, le respondí.
Le pedí el carnet para redactar el certificado y ofrecerlo a la firma a todos los compañeros y me dio un documento de identidad español: Sami era tan español como nosotros aunque él no se sintiera de ningún sitio y pensara que necesitaría en el futuro un certificado de buena conducta, certificado que conservaba de cada trabajo por el que había ido pasando.
Por supuesto, lo firmamos casi todos. ¿Quién que no sea una mala persona puede negarle algo a Sami, uno de los nuestros?






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