La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 15 de abril de 2016

El lienzo cautivo, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.

Pintura de Maruja Abrams

(Cuento tradicional chino)

            —Aquí está, majestad. El más hermoso de mis cuadros.
            Precedido de su guardia personal, el rey Bao penetró en el aposento. La pieza, desnuda y cuadrada, albergaba un solo lienzo en su interior. El monarca acarició su luenga barba, tan negra que negaba los colores. Solemne, sus ojos resbalaron por el cuadro que tenía justo enfrente, sustentado por un tosco caballete hecho con tablas de ciruelo. Sonrió el soberano, deleitado como un niño ante un juguete largo tiempo deseado.
            De todos los artistas de su reino, ninguno como Zhin. Aquel cuadro era, en efecto, un prodigio de belleza. A la vista se ofrecía un senderillo curvilíneo, flanqueado por hileras de cipreses; un riachuelo fulgurando a la derecha, guiado hacia los huertos. Y, al fondo, majestuosa y soberana, hermana de las nubes, la gran montaña blanca. Arriba, el cielo limpio del estío. La calma hecha paisaje, atrapada en pinceladas, prendida en los encajes de la tela.
            —Me complace tu talento, joven Zhi. Este lienzo será el gozo de mis horas palaciegas. Pon precio a tu obra.
            De tal suerte fue adquirida aquella joya. La fama del pintor se derramó como las flores en los prados. Bao, entretanto, comenzaba a recelar de cuantos otros contemplaban aquel cuadro. Su sospecha fue creciendo como el muérdago en los árboles, parásito mordaz. Temiendo que le fuera arrebatada por ladrones —en todas partes figurados—, encerró su gran tesoro en una estancia vigilada día y noche. A resultas, sólo el rey pudo admirarla. Mas, con el tiempo, por estima hacia el pintor, aquél concedió a Zhin bula para verla en ocasiones. Siempre a solas, siempre enjaulado en esa pieza, custodiado por la escolta del rey Bao.

            Pasaron muchas lunas. El pintor siguió acudiendo, cual amante, a la cita con su obra, cautivo frente al lienzo horas y horas.
            Pero un día el artista no salió del aposento. Alertados, los guardias irrumpieron en la pieza ahora vacía. Ni rastro del pintor. Intacto el cuadro. Desconcertado, Bao se hizo preguntas maliciosas. Hasta que uno de los hombres señaló hacia la montaña. Allí, en las faldas tapizadas de flor blanca, al final del senderillo, corría Zhin hacia la cima de su arte.

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