La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 15 de abril de 2016

La chica del cuadro, por GLORIA ACOSTA.

Autumn Ruby de Catherine Abel.


 Trato de cerrar un círculo después de dos años de intriga.

Todo comenzó el once de julio de 2014 en París.
Esa mañana, mis planes vacacionales incluían la visita al museo de Arte Moderno, muy cerca de mi hotel en Trocadero. Despertaba mi interés dedicar al arte del siglo XX una mirada más pausada, y  aquel día  el destino quiso que la australiana Catherine Abel expusiera allí una muestra itinerante de sus óleos figurativos. Me habían hablado de la sensualidad que conseguía en sus retratos de corte cubista, influenciados por Picasso, Dalí o Tamara Lempicka, por lo que no quise dejar pasar la ocasión de verlos en persona.                                                                                            

   La añoranza de mi bohemio abuelo me llamaba en esta ocasión  a realizar también alguna visita al barrio de Montparnasse  que había acogido sus años de juventud en La Ruche, compartiendo espacio con otros pintores y artistas entre estrecheces, ratas y frío.  Lo recordaba de anciano, fumando en el sillón de orejas de la buhardilla, su pipa ante las continuas quejas de mi abuela, mientras mi madre se encargaba de recordarme cómo no se debía vivir, y qué modelo no debía seguir. Pero yo adoraba a mi abuelo. Ese aire de lejanía me hacía cómplice de sus frases, que caían en mi mente infantil como  sentencias incoherentes, a las que el paso de los años fue dando luz y forma. Unas veces yo las dejaba flotar en mi cabeza, y otras recurría a mi abuela que esquivaba mi curiosidad con un rotundo el pasado debe quedar donde está”, rematada por la típica “niña deja en paz a tu abuelade mi madre.            
   Así que a las diez de la mañana de aquel día  ya estaba dirigiéndome al ala este del Palacio de Tokyo para disfrutar de la exposición . En el folleto de la entrada ya  se anunciaba la obra  de Catherine Abel con óleos  de sus comienzos allá por el año 2000 en París, y otros posteriores de influencia renacentista en su etapa italiana.
  Sin prisa fui recorriendo las distintas salas, admirando  pinturas fauvistas, cubistas, de abstracción o de  nuevo realismo, dejando para el final las de la australiana.                                        
  Diez lienzos ocupaban las paredes salpicándolas de ese colorido de formas angulares que ella desplegaba con sus pinceles. Me dejaba seducir por el refinamiento de mujeres de voluptuosas curvas, hasta que clavé la vista en el Autumn Ruby. Una oleada de calor me recorrió entera. Las mismas curvas de jóvenes huesos anchos, el mismo corte de pelo, sus elegantes manos y sensual boca, el idéntico chal rojo bordado con flores en azul Lanvin, apenas ocultando su insinuante desnudez, pero sobre todo, la inconfundible mirada ausente que me llevaba a bucear en su mundo interior con la intención de desentrañar  algún enigma. Sólo su postura corporal difería de la otra, que la mostraba sentada sobre una vieja mecedora, y que colgaba en la pared de la buhardilla de mi abuelo.
  No sé cuánto tiempo permanecí allí en silencio, tropezando con las absurdas ideas que mi imaginación acrecentaba y mi sensatez trataba de apaciguar. Pero una pregunta me persiguió hasta que regresé a mi casa y el rostro de mi madre al relatar lo ocurrido, me confirmó la necesidad de averiguar qué relación podía tener una mujer pintada en dos ocasiones, con setenta y ocho años de diferencia.
                                                                           
   - Te he contado todo lo que sé, hija - decía tratando de frenar  mi pertinaz curiosidad- Veinticuatro años fuera son muchos años. Tu  abuela le tenía prohibido hablar de la guerra, y de la mujer del cuadro. Más de una vez estuvo tentada de lanzarlo a la basura.Pero yo sabía que algo grande se ocultaba en aquella buhardilla a la que mi abuela me prohibía subir en mi adolescencia, y que ahora mi madre trataba de negar. En aquella época, algunas conversaciones entre ellas se interrumpían  cuando yo aparecía por la cocina. Sólo mi abuelo me relataba con fruición sus anécdotas parisinas, entre artistas mediocres o genios aún por descubrir en años de entreguerras, o sus penurias cuando por evitar la guerra civil española, decidió permanecer en París alistándose después en las Fuerzas Francesas del Interior hasta la caída de Hitler. Me mostraba recortes de prensa, viejas fotografías, y alguno de sus cuadros que ocultaba tras unas sábanas, apoyados en la pared. Sólo permanecía colgado el de la mujer desnuda y envuelta en un chal rojo bordado de flores azules. Mi interrogatorio acerca de la modelo  provocaba una triste tirantez en su rostro, y en ese momento daba por concluida la charla.
  Las semanas posteriores a mi regreso, las pasé invirtiendo muchas horas en poner patas arriba aquella habitación, procurando que mi madre no se percatara de ello. Dos descubrimientos encendieron una pequeña luz en mi mente y me pusieron en el camino que durante dos años me ha llevado de Varsovia a Argentina, pasando por París.                                                                      
   El primero se escondía tras el cuadro, al que di la vuelta en un momento de lucidez. La nota escrita era esclarecedora : Mi adorada Hannan Rosenthal, mi regalo polaco. Paris 1922
   El segundo salía de un cofre cuya cerradura no resistió la presión de la ganzúa. Guardaba el tesoro testimonial de sus años de juventud. Recortes de Le Figaro fechados en noviembre de 1938 mostrando imágenes  de cristales rotos en tiendas judías en Alemania, fotografías de la juventud sepia de mi abuelo en París, apuntes y bocetos a lápiz  de la deliciosa desnudez de aquella mujer, noticias sobre Franco en La Prensa, enviados por amigos desde la isla, anuncios y folletos de desfiles de moda en la casa Lanvin en los que aparecía de nuevo el nombre de Hannan, y lo más conmovedor, cartas de ella a mi abuelo desde Argentina fechadas en enero de 1939. Pero lo que me heló la sangre fue una pequeña fotografía que  me presentaba  la imagen de tres mujeres sentadas en el banco de un jardín con asombroso parecido, pese a sus diferencias de edad. La anciana  reposaba su cabeza  en el hombro de una mujer de madura y serena belleza, que a su vez tomaba de la mano a una joven de unos veinte años, idéntica  a la muchacha del cuadro del museo de Arte Moderno. En el reverso de la foto leí: " Las  Rosenthal: Hannan, Sara, Ana. Buenos Aires 1990”.
 Empezaba a entender aquellos silencios, aquellos cambios de conversación.
 Esa tarde la abordé sin contemplaciones. Mientras almorzábamos  puse la foto sobre la mesa.
Quiero la verdad.
El rostro de mi madre pasaba  del estupor al enfado hasta que aparecieron las lágrimas. Permanecimos largo rato en silencio.  Lo que a continuación me contó, estoy segura que le alivió aquella pesada carga.
Hannan Rosenthal había nacido en Varsovia en 1902.  A los veinte años sus padres la enviaron a París poniéndola en contacto con un judío amigo de la familia, quien le consiguió un puesto de  costurera en la  casa de modas de Jeanne Lanvin. Su buen hacer y belleza le abrieron muchas puertas, y por aquel tiempo  conoció a mi abuelo.
No sabría decirte cómo la conoció y cómo vivieron aquellos años allí.  Cuando le preguntábamos se encerraba en la buhardilla todo el día. Por las cartas - prosiguió- sé que ella se exilió a Argentina  en diciembre del 38. Las noticias que le llegaban de Varsovia y Alemania eran terribles y no auguraban nada bueno, así que se fue. Creo que unos tíos la acogieron en su casa... y supongo que ya no regresó.                                                                                                                                            
- ¿ Qué hizo el abuelo?                                                                                                                     
 -  Aquí  sufríamos los últimos años de la Guerra Civil y él no quería volver a Canarias. Puede que pensara que ella regresaría a París. Pero lo atrapó la otra guerra, la grande. Imagino que se alistó en las Fuerzas Francesas del Interior huyendo de los recuerdos.
¿Y cuándo conoció a la abuela?
Regresó en agosto de 1945 y  empezó a trabajar en la fábrica de tabacos La Lucha. Se enamoraron y  se casaron un año después. La vida continuó, tuvieron hijos, nietos...y eso es todo.
Escudriñaba a mi madre con atención sabiendo que algo quedaba por contar y ella notó mis ojos inquisidores.
En casa no se hablaba del pasado, sobre todo delante de él. Tus abuelos debieron firmar un pacto de silencio y todo quedó olvidado en la buhardilla, hasta que un maldito día llegó aquella carta con la foto que acabas de enseñarme. ¿Por qué tuvo Hannan, a la vejez, que desvelar un secreto de cincuenta años?-  la voz de mi madre se quebraba haciendo esfuerzos  por no llorar - Destrozó los últimos días de tu abuelo. Todos sufrimos con él.                                           Volví a mirar la foto y até cabos. Tres generaciones de mujeres judías: Hannan, la mujer del retrato de la buhardilla, Sara la hija de ambos, y la más joven, Ana, la nieta de mi abuelo.

Aquella noche mi madre no me acompañó a cenar.

Pero la historia aún estaba incompleta. Quedaba claro que Hannan  había salido de París embarazada y se lo ocultó a mi abuelo. Varias preguntas rondaban mi cabeza: ¿Era Anna la modelo del óleo que había visto en París? ¿Qué hacía allí y cómo la conoció Catherine Abel?
Una semana después tomaba, no por casualidad, un café con mi amiga Liliana que trabajaba en el Consulado Argentino, y aproveché la ocasión.

Ese tipo de información es confidencial- me advirtió -Pero puedo ponerte en contacto con un detective privado muy eficiente en Buenos Aires; te hará un buen descuento, me debe algunos favores.

A partir de ese día, los descubrimientos se fueron sucediendo mes a mes a través de las informaciones que aquel hombre me iba enviando. La vida de mi abuelo se fue desgranando y creció  en mi interior  con cada secreto desvelado, con cada imagen que mi ensoñación me regalaba.

Hoy espero que Catherine Abel, desde Australia responda a mi email confirmando  que su modelo de París es mi prima Ana.

Hoy podría  cerrar un círculo.



  

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