La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 14 de junio de 2016

Mar de agua dulce, por MERCHE HAYDÉE MARÍN TORICES.

                "Familia mirando el mar, mamá y niñas", óleo sobre tela, Leandra, Buenos Aires 2012
Adriana solía pasear junto al mar todos los días. Recogía caracolas que le servían para hacer manualidades. Se sentaba en la arena mirando al horizonte, pidiendo un único deseo, que sus hijas estuviesen bien. Ese día, que era su cumpleaños, llevaba consigo una botella con un mensaje dentro. Dejemos que el contenido del manuscrito quede siempre en la intimidad de sus sentimientos. Arrojó con todas sus fuerzas la botella tapada con el champán que había descorchado por su cincuenta cumpleaños y sonrió. El mar se había tragado, fiel amigo, sus lágrimas, sus risas, sus cuitas. Le había contado tantas cosas a su amable y silencioso interlocutor… Volvió a casa, un pan dulce se cocía en el horno. Sus hermanas venían esa tarde a merendar y su marido estaba feliz en su despacho. Podría decirse que su vida, a pesar de todo, no estaba tan mal.


Mar, fotógrafa, cerró con llave la puerta del estudio. Contempló el escaparate, al que había añadido fotos nuevas. Eran de una antigua azucarera, hoy convertida en residencia para artistas: grupos de música, de teatro, pintores, escritores, modelos… Una mezcla de lo antiguo con lo actual. Precioso. Era una pequeña muestra, pues todo el material estaba embalado para la exposición en Madrid, que tendría lugar dentro de dos semanas.

De repente sintió que se mareaba, que su visión se volvía borrosa; no era la primera vez, ya estaba acostumbrada y sabía que no debía preocuparse, su salud estaba bien. Se sentó en un banco del parque de enfrente y cerró los ojos. Como siempre, la visión era la misma: dos niñas de cabello alborotado corriendo junto al mar, de la mano y, a lo lejos una voz maternal, divertida “¡cuidado, no os acerquéis tanto al agua, hoy el mar está revuelto!”. De nuevo sintió la emoción del recuerdo pero ¿qué significaba aquello?, le hacía muy feliz esa imagen pero al tiempo la entristecía pues no sabía que significaba. Trataba de atraparla para que no se fuera, la retenía para captar colores, olores, tamaños, igual que hacía con el objetivo de su cámara, pero ahí se terminaba todo. No alcanzaba a alargar ese momento, no lograba saber más.

Su visión volvió a la normalidad y se dirigió a la cita con su representante. Su trabajo la fascinaba. Cada vez que miraba con la lupa una foto descubría cosas nuevas, lo que no ocurría con su sueño. Era tarde y tenía ganas de concluir los detalles para poder marcharse a casa, darse un buen baño y contemplar el mar. Ella lo atribuía a su nombre, toda su vida había querido vivir en una zona costera y ahora, después de muchos esfuerzos lo había conseguido. Mar era sorda de nacimiento por eso su olfato se había desarrollado como el de un gatito y los olores que el mar le traía, hacían que se sintiera feliz, arrullada, serena. Así que se recogió la rebelde melena de rizos indómitos en un coletero de seda y anduvo rauda para que nada ni nadie le robara el mejor momento del día.

Al otro lado del país, frente a las marismas del Guadalquivir, otra Mar, más delgada pero de igual cabello, trataba de poner fin a sus tesis en Antropología. Ya estaba todo hecho, lo más duro: años investigando genes y evolución. Sólo faltaban detalles triviales. Dos editoriales esperaban con ansia que leyera la tesis para publicarla y ellos se encargarían del color de la portada, de los datos biográficos, del autor del prólogo y de su foto. Le habían recomendado un estudio de una fotógrafa que se estaba haciendo un hueco importante. Y, ahora, que el esfuerzo de los últimos años estaba por concluir, había decidido tomarse unos días de descanso. Tenía la reserva de uno de los mejores hoteles de Madrid, necesitaba descansar y aprovecharía, entre otras cosas, para ver la exposición de fotos “La vieja azucarera”, de la artista que se llamaba como ella, para decidir si las fotos que iba a incluir en el libro, incluso la suya propia, las iba a encargar en su estudio.

Mar antropóloga, se estiró para desentumecer los músculos del tiempo transcurrido frente al ordenador, cogió de la entrada su chal favorito, de lana suave y bordados y se dispuso para su paseo vespertino. Cada día era igual y diferente, ese olor húmedo del Odiel, la vegetación, en algunos lugares escasa, en otros frondosa, poblada de carrizos, castañuelas y bayuncos. Verde en primavera, cuarteada en verano, escarchada en invierno. “Mañana haré la maleta”, se dijo, y como una niña encantada, cruzó el frondoso bosque de acacias de su jardín, para adentrarse en los olores de la ciénaga.



Adriana colgó en el salón su último cuadro, eran sus niñas, cogidas de las manos, con sus rizos al viento y sus lazos colocados “a la deriva”, como ella entre risas las peinaba. Sus preciosas gemelas, sorditas de nacimiento, criadas con todo el amor de sus padres, que desaparecieron en el incendio del respetable colegio “Escuelas Pías de San Fernando”. Sus dos mares, porque, a pesar del enojo de la familia y de la terquedad del sacerdote que las bautizó y del funcionario del registro, se llamaban igual. Bueno, al final tuvo que transigir y le añadió a una, Silvana, a la otra, Laura. Y así quedó.

-         Las niñas… te ha quedado impresionante este cuadro querida, aunque siempre digo lo mismo cuando terminas uno, pero este tiene algo especial. ¿Todavía piensas que nuestras pequeñas puedan estar vivas?, era Raúl, su marido.

Adriana se volvió para darle un beso. Habían sufrido mucho. Ya hacía veinte años de aquel horrible accidente en el vetusto recinto de los Padres Escolapios, donde Mar y Mar, aprendían a hablar con sus manitas. Tenían seis años cuando, quién sabe por qué, el colegio ardió como si fuera un débil tul. Todo, todo desapareció bajo las cenizas. Tapices, cortinas, alfombras, juguetes, documentos… y lo peor, algunos niños que jamás fueron encontrados. Los forenses dijeron que el fuego los había convertido en cenizas y, aunque Adriana y Raúl durante años investigaron, demandaron, lloraron, gritaron… llegó un momento, eso que los psicólogos llaman “punto muerto” y les aconsejaron que si no querían volverse locos, que rehicieran su vida, que tuvieran más hijos, que mantuvieran a las dos “Mares” en el recuerdo. De cara a la galería así lo hicieron, excepto lo de tener más hijos. De puertas para adentro de sus vidas, hablaban en secreto, fantaseaban con una historia inventada: que sus niñas lograron escapar del fuego y juntitas emprendieron otro camino y que algún día llegarían de nuevo.

-         ¿Te gusta?, si Raúl, están vivas, así lo siento y son felices, también lo siento, porque nosotros siempre deseamos que lo fueran. Volverán, te lo aseguro.


El AVE  llegó puntual. Mar, antropóloga había dormido todo el rato y estaba descansada. Tomó un taxi y una vez en la habitación se dio una ducha rápida y se vistió con unos pantalones blancos y una camiseta, y un bolso florido, liviana y casual, no era cosa de llamar la atención, sino de mezclarse entre los asistentes a la inauguración de la exposición de forma anónima, quería saber más de esa fotógrafa que la editorial había elegido para ella.

Llegó pronto, antes de que periodistas y curiosos pudieran arrebatarle el momento de estar a solas con las fotos. Una a una captaron su atención con sumo deleite, la obra era asombrosa, magnífica, incluso había algo en ella que le resultaba familiar, “buena elección”, “la editorial sabe lo que hace, me gusta”. Se retiró un poco para ver una foto con perspectiva cuando, sin querer, tropezó con alguien y se volvió para disculparse con el lenguaje de sus manos.

-         Lo siento… Dios mío!!, se estaba mirando en un espejo, la mujer que tenía enfrente era igual a ella. Un poquito más rellena pero idéntica.

-         ¿Quién eres?, le preguntó la chica elegante que tenía sus ojos, su pelo, su boca, el lunar junto al labio… Lo hizo por gestos, nerviosa.

Mar, antropóloga, frente a Mar, fotógrafa, no supo que decir, qué hacer y salió huyendo, con el corazón latiendo a mil por hora, con las lágrimas surcándole el rostro, con miles de imágenes en su mente: “Yo cuidaré de ti, dame la mano, vamos a buscar a nuestros padres”. Recordó el incendio, a su hermana, a su bella madre, a las diligentes monjitas que reían ante sus diabluras; recordó las tardes junto al mar, que a ella le daba miedo, ni siquiera había aprendido a nadar, sólo se sentía segura bajo la dulce vigilancia de su madre y asida a la manita de su hermana gemela. Sin saber cómo, había llegado al hotel y, con el rostro transmutado, pidió que alguien hiciera de intérprete por ella y llamara a la exposición para decirle a su hermana dónde se alojaba y que la esperaba allí al día siguiente.

Así fue como el mar de agua dulce y agua salada llegaron a confluir, mezclando sus sabores, sus amarguras, sus talentos. Todos los ríos llegan al mar y el río de Mar, antropóloga, se fundió en el océano de Mar, fotógrafa. Juntas de nuevo emprendieron el camino de vuelta. Hacia el hogar al que nunca llegaron, a los brazos de Adriana y Raúl.

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