La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 14 de junio de 2016

Retorno a Fastum, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ.




El conductor del destartalado autobús ya le dijo cuando subió a él que no tenía parada en Fastum, que se limitaría a dejarlo en el cruce de caminos, a apenas una milla de los aledaños del pueblo. Hacía años que esa línea apenas tenía viajeros y la compañía suprimió la parada tradicional en la Plaza del Mercado. Los pocos que, de tarde en tarde, viajaban allí eran oriundos del mismo, y en cualquier caso, nunca habían expresado queja alguna, taciturnos y raros como nadie más en la comarca. Jim Donohoe se apeó y comenzó a andar por un hosco camino pedregoso, en suave pendiente descendente hacia aquel recóndito lugar que hasta hace poco le era totalmente desconocido.
           
Pensándolo bien, pretender encontrar alguna pista de su padre en Fastum era como tener la suerte de encontrar una aguja en un pajar. De hecho, apenas contaba con algún indicio sólido, sólo meras suposiciones y una punzante intuición que no dejaba de martillearle en las sienes. Ya habían pasado tres años desde que Brendan Donohoe había desaparecido sin dejar rastro. Nadie sabía de su paradero desde entonces, nadie pudo dar una pista de qué hizo ese día en el que se despidió de su mujer y de la enfermera que la cuidaba. Su amigo Sullivan dijo que creía haberlo visto a media mañana en la Estación Central, merodeando entre los andenes. En cambio, la señora Lee dijo que le pareció verlo subir a un autobús, aunque no pudo precisar ni la parada ni el número de línea.
            Lo cierto es que, pasado el tiempo legal prescrito para declararlo ausente, los abogados de la familia remitieron a las Autoridades solicitud de apoderamiento para la administración de sus bienes, pues la modesta pensión apenas podía cubrir los gastos de manutención de su esposa Lidia, aquejada de una grave enfermedad degenerativa, que precisaba de atención médica permanente. Precisamente esta afección fue la que hizo que su hijo mayor, James, fuese nombrado apoderado. Le fueron entregados todos los títulos de propiedad, extractos bancarios y otros documentos legales que obraban en poder de notarios y abogados. Aunque la relación con su padre, en los últimos años, había sido más bien escasa, no pudo sino aceptar tal encargo en beneficio de su madre, así que pidió a su redactor jefe una semana de vacaciones y se desplazó desde el interior a Lowell, donde se alojó provisionalmente en el antiguo caserón de sus padres.
            Brendan Donohoe fue un hombre que se hizo a sí mismo. Desde joven tuvo que buscarse la vida, y poco a poco, con la inestimable ayuda de su suegro, el Coronel Frampton, un veterano de fuertes convicciones pero escaso patrimonio, consiguió hacerse un nombre en el mundillo de las antigüedades. Su tienda tal vez no estuviese en la mejor zona comercial, ni tampoco fuese la más visitada, pero lo cierto era que las piezas que consiguió recopilar eran realmente peculiares y exóticas, por lo que cotizaban al alza entre los coleccionistas de la región. Destacable fue, en su momento, y recogida en los rotativos de la época, la adquisición por parte de la Universidad de Miskatonik de unas piezas labradas en una curiosa piedra, similar al jaspe, veteada de tonos ambarinos y cobrizos, de los que ningún experto pudo siquiera aventurar su procedencia y edad geológica. Los símbolos y figuras que mostraban también despertaron asombro entre eminentes científicos, que no se ponían de acuerdo entre una variopinta sucesión de conjeturas sobre su significado, a cada cual más extravagante. Preguntado por su origen, Donohoe sólo dijo que provenían de “allende los mares”, sin precisar más detalles al respecto.
           
Fue precisamente revisando, por un lado, los documentos donde se relacionaban las propiedades de su padre, y por otro, los recortes de periódico archivados cuidadosamente por orden cronológico, cuando Jim advirtió una extraña coincidencia. Figuraba su padre como único heredero de una casa situada en la calle del Pez, en Fastum, un pequeño pueblo costero en la bahía de Ipswich. Este nombre no le era familiar, pero cuando vio la partida de nacimiento de su progenitor, se asombró al conocer que éste había nacido allí, pues él siempre aseveró que era de Boston. Recordó también en ese momento la profunda aversión que Brendan siempre tuvo por el mar, nunca quiso vivir cerca de él y nunca llevó a sus hijos a la costa. Estaba claro que algo en su juventud, en aquel pueblo de sus antepasados, le había marcado para siempre.
Ya no le pareció una casualidad cuando, echando mano de varios recortes amarillentos,  comprobó que eran de periódicos de aquella región marítima, en los que se relataban extraños sucesos acaecidos en la misma localidad y otras próximas, en los cuales se veían implicados navíos y marineros, vomitados prácticamente por el océano tras sufrir todo tipo de penurias y extraños avistamientos en alta mar.
Esa noche no pudo dormir, dándole vueltas a todas estas revelaciones. A la mañana siguiente, fue a ver a su madre. No había vuelto a decir una sola palabra en tres años, su cuerpo se fue retorciendo y apagando sin solución, y sólo Dios sabía lo que pasaba por su cabeza pues no era capaz de responder a ningún estímulo. Contemplar a aquella mujer tan llena de vitalidad tiempo atrás le atormentaba el alma. Tal vez fue un acto instintivo, tal vez una malsana curiosidad, pero el caso es que Jim se sentó junto a su madre, la cogió de la mano y le preguntó en voz baja: “¿Qué sabes de Fastum, mamá?”. Al instante los ojos de la anciana se clavaron en las pupilas de su hijo, torció el gesto de forma desmesurada, y desde sus adentros arrancó un grito desgarrador que le heló el alma: “¡No vayas!”.
Estaba claro que la única persona a la que su padre dijo a donde tenía intención de ir era su propia madre, tal vez sin ser realmente consciente de si ésta acertaba a comprender las palabras que pronunciaba. Esa reacción de Lidia era el síntoma inequívoco de que su padre pretendía saldar alguna vieja cuenta con su pasado, todavía no sabía de que índole, pero su olfato periodístico y sus ansias de resolver este misterio le empujaban en esa dirección. Tal vez fuera una pista falsa, pero no tenía otra, así que al día siguiente partió hacia Fastum, y con la excusa de hacerse cargo de la herencia familiar, fisgonearía un poco por allí.

Una suave brisa otoñal hizo que su bajada hacía el pueblo se hiciera más soportable. Desde lo alto había contemplado todo el perímetro, buscando puntos de referencia para posteriormente poder orientarse en busca de la casa de sus ancestros. Destacaba entre las vetustas edificaciones la puntiaguda iglesia con sus arbotantes, única de estas características en la zona. Por otro lado, se advertía una suerte de callejuelas en forma de espina que, partiendo de la plaza de la iglesia, desembocaban directamente en el enorme puerto, el cual aparecía casi desprovisto de barcos, y los pocos que se vislumbraban estaban desvencijados. Lo que en otra época fuera un importante centro neurálgico de pesqueros parecía ahora un lugar abandonado y espectral. Al otro lado de la ensenada había un promontorio, pegado a una colina abrupta y de difícil acceso. Al borde del acantilado se dibujaba la silueta de una mansión. Se detuvo un momento para mirarla con más detenimiento, y sin saber por qué, tuvo la desasosegante sensación de que, desde el otro lado de la bahía, era observado.

Las primeras calles comenzaron a acogerle, al principio anchas y con casas dispersas, más adelante, estrechas y abigarradas. Los ojivados capiteles de las puertas parecían apuntar en una misma dirección, como guiándole en su camino. No vio un alma, aunque si notó como alguna contraventana entreabierta se cerraba a su paso. Aparte de moradas cerradas, los letreros de los negocios, carcomidos y desdibujados, denotaban que la actividad comercial era prácticamente nula. Su lento deambular inicial dio paso a un trote más vivo, pues comenzó a notar cierta desazón ante lo sombrío del lugar. En llegando a la plaza donde se alzaba la iglesia, el tañido de la campana le hizo estremecer, pues el silencio hasta ese momento era sepulcral, apenas roto por algún crujir de maderas. Ni siquiera se oía el batir de alas de una gaviota o el piar de algún pájaro, cosa que le pareció harto extraña. Miró su reloj y comprobó que eran las doce menos veinte, luego tampoco era comprensible que sonaran las campanas para marcar hora alguna, lo que acrecentó su sensación de que se trataba simplemente de poner en guardia al pueblo con su imprevista visita. No podía entender de qué modo podría ser él una amenaza o por qué los lugareños se escondían a su paso.
Cesado el repiqueteo del campanario, dejó a su espalda las deslucidas vidrieras y se dirigió dubitativo hacia un caserón adornado con una banderola deshilachada, azul oscura con unas ondas blanquecinas a modo de olas, que colgaba de un asta colocada en un balcón superior. Tenía que ser algún tipo de edificio público o administrativo, pensó, así que se acercaría para preguntar. El ronco sonido de los goznes al empujar la puerta le crispó los nervios. Al pisar en el interior de la porticada entrada, retumbaron las rotas baldosas. Si había alguien en el interior de aquel edificio, suponía que le saldría al paso. No obstante, avanzó unos metros cautelosamente, y a su frente, vio un oblongo mostrador de madera, y tras de sí, una puerta entreabierta donde se vislumbraba alguna actividad.
― Buenos días. ¿Hay alguien ahí? ― dijo con voz entrecortada.
Al instante oyó ruido tras la puerta, no puede decirse que se tratara de una conversación propiamente dicha, a Jim le pareció más un balbuceo pues no pudo distinguir ni una sola palabra. Eran dos personas, por el tono de voz de una y otra, pero lo que decían era ininteligible. Ruido de cajones que se abren y cierran, un portazo en el otro extremo de la sala, e inmediatamente después, de detrás de la puerta emergió una figura. Se trataba de una chica de mediana edad, aunque la verdad es que esa fue simplemente una apreciación de Jim pues llevaba encima bastante maquillaje, distribuido por su redonda cara de forma bastante heterogénea, bien por hacerlo con prisas o por ser corta de vista y no advertirlo al mirarse al espejo. Se acercó pausadamente al mostrador, y con sus grandes ojos saltones observó al visitante. Vestía una blusa en tonos claros, la cual complementaba con un larguísimo pañuelo estampado que le daba varias vueltas al cuello, cubriendo su anatomía desde las orejas hasta los hombros. Otro rasgo que Jim encontró singular era su boca. Era pequeña pero con el labio inferior mucho más grande que el superior, y prominente en relación a su nariz, prácticamente chata. Si alguien le tuviera que hacer una caricatura, sin duda elegiría los rasgos de un pez como referente.
― Buenos días, señor. ¿Puedo ayudarle? ― por fin dijo la mujer con voz sibilante.
― Pues, sí. Acabo de llegar al pueblo con la intención de visitar una propiedad que recientemente heredé, la verdad es que no sé exactamente ni donde está ni de qué se trata ― explicó Jim tratando de ganarse la confianza de la joven. Tras estas primeras palabras, se hizo un incómodo silencio, pues no hubo respuesta alguna por parte de su interlocutora. Parecía como si no le interesara el asunto, cómo si estuviera esperando simplemente a que terminara la alocución, sin empatía alguna. Jim tragó saliva y fue al grano.
― Perdone, ni siquiera me he presentado. Soy James Donohoe. Y usted es… ― le dijo mientras alargaba la mano por encima del mostrador. La joven se sintió algo sorprendida al verse en la tesitura de darle la mano al desconocido. Vaciló, y finalmente, con una mezcla de miedo y vergüenza, ofreció su mano a Jim. Este inmediatamente se fijó en la total laxitud del apretón, además de una sensación de humedad que hizo que ambas manos resbalaran. También notó que la temperatura corporal de la joven debía estar algunos grados por debajo de lo normal. Era como si acabara de salir de una cámara frigorífica, pensó.
― Vera, mi nombre es Vera ― apenas musitó.
― Pues bien, Vera. Como le decía, si fuese tan amable de indicarme como encontrar la casa de mis antepasados, está en el número 4 de la Calle del Pez. Y de paso, me preguntaba si podría acceder al censo para saber si todavía queda en el pueblo algún otro miembro de mi familia.
― Respecto a lo primero, señor Donohoe, la dirección que me indica está muy cerca de la lonja, al final de la calle que parte junto a la iglesia ― le dijo la muchacha de forma contenida. ― Respecto a lo segundo, me temo que hoy no será posible, todo está cerrado con motivo de la festividad, no hay ningún funcionario que pueda atenderle.
A Jim le asombró la respuesta de la chica. Curiosa forma de celebrar una fiesta, ni un solo adorno o guirnalda por las calles, nada del bullicio propio de festejos. Debía ser una fiesta religiosa o bastante bizarra la de este pueblo, muy lejos de lo que un forastero podría pretender encontrar si quisiera pasar un rato de esparcimiento. Inquirió algo más al respecto.
― ¿Y qué se celebra en esa fiesta?. ¿Cuándo tendrá lugar?
― Será esta noche, en la playa. La fiesta del mar ― dijo Vera con sensación de desvelar algún secreto.
― Vaya, es una contrariedad no poder zanjar este asunto hoy mismo. El conductor del autobús me dijo que si no estaba a las seis en el cruce, tendría que esperar a mañana para volver a la ciudad ― soltó Jim sin esperar respuesta. ― Voy a pasar primero por la casa para ver en qué estado se encuentra, pero después de estar tanto tiempo vacía, lo más normal es que no sea  habitable. Supongo que habrá algún lugar donde poder alojarse esta noche, ¿verdad?  ― no lo dijo muy convencido dadas las circunstancias, pero no le quedaba otro remedio si no quería volver a repetir el viaje al día siguiente.

Vera vaciló un instante, miró al techo dubitativa, y finalmente, asintiendo con la cabeza, le respondió:
― Disponemos de un par de habitaciones en la planta de arriba, no creo que haya inconveniente en que ocupe una de ellas.
― Estupendo, en ese caso, avisaré a mi familia para indicarles que volveré mañana. ¿Puedo hacer una llamada telefónica?.
En realidad Jim no tenía intención de avisar a ningún familiar. Su idea era poner en conocimiento de su periódico donde se encontraba, ya que todo era bastante extraño, y quería obtener más información del pueblo y sus habitantes. Aparte de buscar más datos en relación a la desaparición de su padre y su vínculo con este fantasmagórico lugar, aprovecharía para ver  como era la aludida fiesta nocturna.
― Lo siento, señor, nuestro teléfono está estropeado ― dijo Vera con tono de escasa credibilidad.
― ¿Y no hay ningún otro que pueda usar?.
― No hay más teléfonos en el pueblo, excepto en la casa del alcalde.
De repente, Jim creyó que las cosas serían mucho más fáciles si hablaba directamente con el regidor.
― Tal vez al alcalde no le importe que use su teléfono. ¿Dónde puedo encontrarlo?.
Verá alzó la mano señalando a la puerta. El viajero no se había dado cuenta de que, desde su posición, a través del dintel, podía divisarse el acantilado, y allí en lo alto, la casa que vio desde el camino cuando se aproximaba al pueblo.

Se despidió de Vera y enfiló la salida hacia la calle que le había indicado. Todavía no había atravesado el umbral cuando escuchó a su espalda un sonido gutural, algo parecido a una persona con problemas asmáticos intentando hablar. No, era Vera hablando tras la puerta del despacho. No entendió nada de lo que dijo, pero sí escuchó claramente el clic característico al colgar el auricular telefónico.
Según atravesaba las solitarias callejuelas, se afianzaba en la mente de Jim la idea de que algo realmente misterioso ocurría en aquel lugar. Todo un pueblo enclaustrado durante un día de fiesta, ni rastro de actividad económica, un puerto otrora dinámico y con raigambre pesquera con su flota desmembrada. Tiempo atrás el mar marcaba la vida de todos, y los nombres de las calles así lo atestiguaban. A un lado de la arteria principal conducente al puerto, nombres de barcos, sus partes o aparejos jalonaban las calles: bergantín, galeón, goleta, palangre, quilla, trinquete. Al otro lado, la fauna marina: jurel, fletán, bacalao, lenguado, cachalote.
Por fin llegó al corazón portuario, la Calle del Pez. Ante sus ojos, la antigua lonja de pescado, en estado ruinoso, haría estremecer de pena a cualquier avezado marinero. A continuación, varias casas pintorescas, de tejados en ángulo muy inclinado, igualmente decrépitas, llamaron su atención. Al pasar junto al número 4, un sentimiento encontrado se apoderó de Jim. Hacía apenas unas horas que descubrió que su padre tal vez naciera en la ruina que ahora tenía frente a sus ojos. Probablemente varias generaciones de sus ancestros habitaron este lugar, subsistiendo de lo que el mar les ofrecía. Seguramente más de uno sufrió algún naufragio, víctimas que pagaron con lo más preciado, sus vidas, a fin de que sus familias salieran adelante. Todo esto a él le era ajeno, pero ahora, de alguna forma, algún vestigio se hacia eco en lo más profundo de sus entrañas.

Miró al promontorio y pensó que, antes de dar un rodeo por la ladera de la colina, mejor cruzaría la playa aprovechando la marea baja. Se atisbaba una suerte de escalinatas que sin duda servirían al alcalde y su familia para alcanzar la playa. Una vez puso los pies en la arena, se quitó los zapatos. Comenzó su andadura con paso firme, con el rumor de suaves olas rompiendo en el espigón de poniente. Según se acercaba, miró con más atención a la ciclópea mansión. A pesar de tener un aspecto bastante decadente, resultaba una construcción que no había perdido un ápice de su majestuosidad gracias a que parecía agarrada a la roca cual mejillón. El ala oeste se asomaba al vacío desafiando la gravedad, colgando literalmente sobre el abismo. Si alguien pretendiera, en su osadía, hacer una salto en picado desde los ventanales, a más de veinte metros de altura, durante la marea alta, caería directamente al mar.
Llevaba recorrido la mitad del camino cuando algo yacente en la parduzca arena llamó su atención. Se aproximó y comprobó que se trataba de un monolito de algo más de dos metros de largo por uno y medio de lado. Los cantos estaban redondeados en los laterales y parte superior, como si hubieran estado sometidos al continuo azote de las aguas durante centurias, o quizás en el fondo del mar. En cambio, en su base, las aristas se presentaban curiosamente rectilíneas, como labradas con tosco cincel. No sería descabellado pensar que, en algún momento, el bloque hubiese permanecido erguido en posición vertical. Pero lo que más llamó la atención de Jim, aparte del tono rojizo y sus coloridas vetas, fue lo que a modo de rasguños se podía apreciar en su superficie, apenas unos trazos sin continuidad, unas hendiduras aparentemente informes, pero que podrían representar algún tipo de escritura o simbología arcana. Lo que estaba claro es que aquello lo habían puesto allí a propósito, no sabía quién ni para qué. Un enigma más que investigar.

Miró de nuevo a la casa, ahora con más detenimiento dada la proximidad, y por un instante le pareció ver un reflejo en una de las ventanas, un punto luminoso, que enseguida achacó al sol que se reflejaba sobre la cristalera del primer piso. Casi sin darse cuenta, sus pies se encontraban empapados por una repentina y vertiginosa subida de la marea. Apresuró el paso y en poco tiempo alcanzó la base del risco. Las escaleras que vio desde lejos se encontraban allí, sí, pero de cerca, su aspecto era bastante destartalado. Subir por esa suerte de maderos entrecruzados, corrompidos por el salitre, era una auténtica temeridad, pero no había vuelta atrás, el agua ya le cercaba. Así que ascendió con toda cautela, jugándose la vida a cada crujido, y lacerando de trecho en trecho sus manos y antebrazos con alguna que otra astilla. Ya tendría tiempo luego de pensar como demonios realizaría el descenso.
Obviamente nadie le esperaba, así que le pareció apropiado avisar de su proximidad al alcalde o su familia, no quería asustar a nadie. Mientras ascendía por unos toscos escalones labrados en la roca, gritó: “¡Hola!. ¿Señor alcalde, está en casa?”. Se plantó frente a la enorme puerta principal. A aquella altura, el viento soplaba con más fuerza. Negros nubarrones empezaron a atisbarse allá donde el mar se fundía con el cielo. No hubo respuesta, así que se acercó a la entrada y dio un par de aldabonazos. Con el segundo, la puerta batió unos centímetros, al unísono de un chirrido de bisagras oxidadas. Vacilante, la empujó y se asomó con cautela. Ni un alma, ni un atisbo de movimiento en su interior. Franqueó el umbral y accedió al zaguán. A pesar de ser mediodía, las sombras invadían la estancia, todas la ventanas debían estar cerradas.
Siguió avanzando y se encontró con una puerta abierta a su derecha, de la que arrancaban unas escaleras descendentes. Debía ser el sótano, excavado en la roca, también inmerso en la negrura. Su olfato percibió un hedor salitroso que manaba del fondo, como si estuviera inundado pero con estancada agua marina, lo cual, bien pensado, le pareció una estupidez. Se disponía a proseguir la marcha cuando se oyó abajo un casi imperceptible chapoteo, como si un pez asomará sobre la negra superficie para volver a hacer inmersión de inmediato. Tal era el estado de nervios en el que se encontraba que pensó que serían imaginaciones suyas. Todos estos pensamientos eran absolutamente absurdos e irracionales.
Haciendo acopio de fuerzas y valentía, se atrevió a subir las torneadas escaleras que conducían al piso superior, ya con el corazón desbocado por la aventura tan inusual en la que se había convertido esta visita. Una vez más, la más absoluta oscuridad a excepción de un haz luminoso proveniente de una puerta abierta al fondo del distribuidor. Repitió la misma letanía llamando la atención del alcalde, que o bien era sordo o definitivamente no estaba en casa. Para su sorpresa, una voz se oyó en la estancia iluminada. Creyó entender un “Adelante”, aunque con un matiz extraño que le recordaba al de la chica que le atendió en el pueblo.

La escena que observó en el interior de aquella habitación le heló la sangre. Frente a él, a escasos tres metros, una mesa labrada con extrañas formas sobre la que un único objeto todavía se mecía de un lado a otro. Se trataba de un catalejo antiquísimo. Esa sensación de sentirse en todo momento observado quedó confirmada. Ese destello en la ventana sin duda sería la lente siguiendo sus movimientos por la playa. Las paredes se mostraban desnudas, tan sólo las marcas perimetrales de los cuadros apoyados antaño contra las mismas dibujaban composiciones asimétricas. Altos cortinajes colgaban del techo cubriendo los anchos ventanales, a excepción de un lateral por el que se tenía una excelente visión de la playa a un lado, y al otro, el infinito horizonte esmeralda. Y tapando parcialmente este escenario, una silueta de casi dos metros de altura, de espaldas a la puerta, vistiendo una especie de bata plomiza con capuchón, permanecía inmóvil contemplando el paisaje sin prestar atención, aparentemente, al recién llegado. En el suelo, un charco delataba que el propietario de la mansión acababa de darse un baño, sin preocuparse del rastro húmedo que dejaba a su paso.

― Bienvenido, señor Donohoe ― pronunció con voz grave. El eco retumbó por toda la estancia. Llegado a este punto, Jim hizo de tripas corazón y contestó.
― Señor alcalde, es un placer conocerle ― Tras una breve pausa en la que trataba de buscar las palabras adecuadas, continuó. ― Permítame la pregunta, ¿cómo sabe mi nombre?. ¿Acaso nos conocemos y no acierto a recordarlo?.
― No, nunca hemos coincidido usted y yo. Pero al igual que usted ya conoce a mi hija, yo una vez conocí a su padre. Y el tremendo parecido entre ambos le delata.
Jim se quedó perplejo. No sabía qué pregunta realizar a continuación pues varias incógnitas se habían abierto en tan breve conversación.
― ¿Su hija, dice? ― acertó a decir medio tartamudeando.
― Vera ― replicó el otro, conciso.
― Entiendo, una chica muy amable, todo hay que decirlo― trató de ganarse su confianza con una lisonja, aunque a continuación no pudo contenerse― sólo que algo mentirosa, porque seguro que el teléfono sí que funcionaba, y le llamó a usted nada más salir yo del edificio. ¿Me equivoco?.
― Está en lo cierto. Pero dado que, al parecer, nos honrará con su presencia esta noche, durante nuestra celebración, mi madre y yo queríamos conocerlo personalmente.
― Vaya, no sabía que la familia del alcalde se volcaba de esta forma con todos los visitantes, lo tomaré como un halago― dijo en tono capcioso. El miedo inicial había dado paso a una malsana curiosidad. Si quería averiguar lo que sabía acerca de su padre, tenía que seguir tirando del hilo.
― Aquí siempre celebramos el retorno de uno de los nuestros. Los Donohoe han dado la vida por sus familiares y vecinos durante décadas ― aseveró ― y esperamos que lo sigan haciendo...
Esta última frase dejó a Jim algo descolocado, no sabía que pensar, pero algo siniestro subyacía bajo la apariencia de humor negro.
 ― Entonces no es necesario que le cuente lo que he venido a hacer aquí.
― No, no es necesario ― contestó la sombría imagen. ― De hecho, podría decirse que le estábamos esperando.
― ¿Esperándome?. ¿Cómo es posible?. Ayer mismo tomé la decisión de venir aquí y no lo comenté con nadie. ― La conversación comenzó a tomar tintes dramáticos, Jim estaba totalmente desconcertado ante la omnisciencia de este personaje.
― Como le dije, también su padre un día se presentó aquí, ahí mismo, donde está usted, y también tenía muchas preguntas. Quería respuestas, y las obtuvo, pagando el tributo necesario para obtenerlas.
― ¿Y qué tributo era ese, si puede saberse?
― Su vida.
En este punto, Jim creyó volverse loco. Las piernas le empezaron a temblar, apenas podía sostenerse sobre ellas. Lo que era una mera suposición, finalmente se reveló como la cruda realidad. Su padre vino aquí buscando respuestas y murió por ello. Ahora él estaba allí, tal vez ante el mismo asesino, y no sabía lo que iba a ocurrir a continuación, pero si su fin estaba cerca, al menos prefería saber a qué se enfrentaba y qué razones empujaban a este loco desconocido a acabar con su estirpe. Intentó dejar a un lado el miedo y centrarse de nuevo en el interrogatorio, desenredar la urdimbre que envolvía este misterio.
― ¿Qué mal le infligió mi padre para querer acabar con su vida?.
― Se olvidó de la prudencia que había mantenido durante muchos años.
― ¿A qué se refiere?.
― Su padre tuvo la desdicha de estar presente la noche en que falleció el asesino del mío.
― ¿Y tal hecho cuándo tuvo lugar?.
― Hace mucho tiempo, él apenas era un muchacho.
― ¿Acaso defendió a ese asesino, que finalmente murió?. ¿Cómo pudo él ofenderle a usted?.
― No, su mera presencia fue suficiente para marcar su destino. Fui yo quién, de alguna forma, maté al asesino de mi padre.
― No entiendo nada― Jim estaba en un completo estado de confusión.
― Pobre idiota, todavía no sabes a lo que te estás enfrentando. Va más allá de lo que puedas imaginar.
La figura comenzó a moverse, girando su cuerpo, la cabeza agachada, en dirección a Jim. El contraluz impedía ver los rasgos de su cara. Permanecía con los brazos cruzados. Prosiguió la charla por otros derroteros.
― Dime, Jim, seguro que te ha llamado la atención esa roca en la playa, ¿verdad?.
― Es extraña, sí. ¿Qué es?. ¿Qué hace ahí?.
― Es la tumba de mi padre, Malcom Shield.
― Ese nombre si recuerdo haberlo leído en recortes de prensa. ¿Cómo murió?.
― Abatido a tiros, a manos de su íntimo amigo Garred.
― ¿Y qué motivó ese crimen si eran amigos?
― Descubrió la verdadera naturaleza de mi padre. ― Se hizo el silencio. La tensión era máxima. Prosiguió. ― Por eso lo mató.
― ¿Tan horrenda fue esa revelación?.
― Garred se aterrorizó al ver en lo que mi padre se había convertido. El mismo horror que vivió su padre cuando nos encontramos frente a frente, años más tarde, junto al cadáver de ese asesino. Dicho esto, ¿todavía le interesa saberlo?.
Jim, en este punto, estaba al borde del paroxismo, ya era plenamente consciente de que éste ser sin entrañas se movía por pura crueldad y venganza. Pero, ¿qué secreto era el que escondía y que, una vez revelado, implicaba morir a sus manos?.
― ¡Por todos los Santos!. ¿Va a decirme de una vez quién o qué es usted? ― gritó como un energúmeno, ya no le era posible sujetar sus nervios, este diálogo era exasperante.
― No es necesario que grite, mi madre está abajo, dándose un baño, y podría pensar que pretende agredirme. Seguro que a ella le agrada usted. Estará de acuerdo conmigo en que una madre está dispuesta a cualquier cosa por un hijo ― prosiguió hablando ajeno al estado de nervios de su interlocutor ― y Mirella ha sido una madre estupenda, todos mis hermanos la quieren mucho.
El jadeante Jim Donohoe había ya perdido contacto con la realidad. Su cara desencajada era la viva expresión del que prefiere alejarse de lo que sus sentidos mandan al cerebro para cobijarse bajo un paraguas de indiferencia. Todavía quedaba un último golpe de efecto para terminar de encajar las piezas, para el cual tampoco estaba preparado.
Por fin, aquel engendro se desenmascaró. Levantó su cabeza y lentamente se bajó la capucha. Ante los ojos de Jim apareció un rostro que poco tenía de humano. Un médico hubiese dicho que padecía de un grado exacerbado de ictiosis, pues tenía el cuerpo cubierto por finísimas escamas de un tono azulado; exoftalmos o proctosis ocular, por esos ojos anormalmente grandes y saltones; abléfaron, por la ausencia total de pestañas; microtia, por apenas ser perceptibles pequeños apéndices donde se supone deben estar las orejas; cebocefalia, con ausencia total de nariz y un único orificio nasal; prognatismo mandibular, con el labio inferior muy prominente y desproporcionado respecto al superior;  microstomía, con una boca pequeña, y además plagada de pequeños dientes afilados. La membrana interdigital en las manos y las agallas en su cuello eran otros rasgos distintivos del engendro. Un lego en cuestiones médicas simplemente hubiera dicho que estaba frente a una aberración, un pez antropomórfico.
Los acontecimientos que ocurrieron a continuación no dejaron ya huella en el consciente de Jim. Cuando se quiso dar cuenta, estaba volando por encima del ventanal, cayendo directamente al mar. Allí, un buen puñado de seres similares a Shield lo arrastraron a la playa, tumbándolo sobre la inquietante piedra, lápida y altar a la vez. No podía oponer resistencia, su cuerpo ya no respondía. La sal entraba en las heridas que se había producido en sus manos durante el ascenso, al tiempo que su sangre se mezclaba con el océano.
Tras el crepúsculo, más y más acólitos, en ceremonioso silencio, salían de las profundidades marinas, y se acercaban al desdichado para arrancar apenas un pequeño bocado de su anatomía. Así lo hizo también Vera. El ritual culminó una vez más profiriendo plegarias en su particular galimatías, una macabra orgía en honor de sus deidades. La naturaleza algún día se invertiría, cuando todos los hermanos estuviesen preparados, cuando todos hubiesen probado el sabor de la carne humana, sólo entonces el pescado pescaría al pescador, una raza aniquilaría a la otra para reconquistar lo que antes fue suyo.























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