La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 14 de abril de 2017

Sucedió a las seis, por GLORIA ACOSTA.



  Julianne la esperaba en la salita contigua como de costumbre. De nada le sirvió disimular el enrojecimiento de los ojos con su amplia sonrisa. Su madre supo que había estado llorando durante la charla con el médico. Me encuentro bien no hace falta que me sostengas del brazo. Su última tanda de quimio; ya estaba acostumbrada. Reparó en el sobre que su hija llevaba en la mano y sus miradas se cruzaron. Dime que es lo que estaba esperando. Julianne asintió y le extendió el sobre sin poder disimular un ligero temblor. Michelle esta vez se aferró al brazo de su hija y juntas regresaron a casa.

  El celador abrió la puerta y condujo a Bruce hasta el cristal blindado. Arrastró con maestría de años los grilletes por la sala, se acomodó en la silla y esperó. Aquella visita a destiempo sólo podía significar una cosa. La puerta de la sala contigua se abrió, el abogado tomó asiento y descolgó el telefonillo. La última apelación había sido desestimada.
— ¿Cuándo?

  Aquella noche Michelle no pegó ojo. El reloj que se había detenido veintinueve años atrás engrasaba de nuevo la maquinaria y se ponía en marcha. El cabrón y yo nos iremos juntos al fin. Soltó una carcajada y no le dio tiempo de llegar al baño para vomitar. Esta última dosis me está matando antes de lo previsto. De madrugada logró conciliar un sueño plomizo y sudoroso.
  Julianne la despertó cerca del mediodía, aireó la habitación y le colocó la bandeja del desayuno sobre las rodillas.
— No soy una inválida.
— Pero sí una cabezota gruñona— y le dio un beso en la frente. Supo de inmediato lo que su madre iba a pedirle y estaba decidida a prohibírselo a toda costa.
— Iré con o sin tu consentimiento. No he pactado con esta maldita leucemia durante veinticinco años para quedarme en casa y leerlo en los periódicos. Voy a estar allí, quiero verlo, y luego podré morir en paz.
  Se hizo el silencio.

  La noche de su última cena, Bruce pidió pollo frito, puré de patatas y helado de chocolate. Apenas cuarenta dólares. El día había transcurrido a una velocidad inusual, casi olvidada entre el sopor tétrico de aquellos veintinueve años en el corredor. El último mes supo que el gobernador daría la orden pese a las presiones de Amnistía Internacional. Primero sería él y luego siete más en diez días. Sintió un punzante alivio en la boca del estómago. Qué más da si ya estoy muerto. Veintinueve años en esta maldita tumba. Esa mañana pudo ver a su madre y sus hermanas sin la pared de cristal. El abogado consolaba a la familia aferrada a la última esperanza del indulto si las presiones de la calle hacían doblegar al gobernador. No iban a tolerar que la pronta caducidad del midazolam fuera el detonante de esa prisa en las ejecuciones. Bruce mostraba una tensa lasitud, y entre el desasosiego y las palabras vanas, se escuchó a sí mismo consolar a su madre aceptando con serenidad el castigo. Una vida por otra vida.

  Julianne sostenía con fuerza la mano de su madre que no apartaba los ojos de la ventana de aquel pequeño cuarto azul, que ocultaba tras una persiana la salita que pondría fin a los años de insomnio. A su derecha se encontraba el abogado y detrás un grupo de testigos voluntarios. Oyó abrir la puerta contigua y escuchó llantos. Ya ha llegado la familia del hijo de puta. Intentó analizar sus sentimientos pero le fue imposible. Miró su reloj. Las seis. Aquel día también eran las seis. Julianne la escudriñó creyendo leer sus pensamientos mientras hacía esfuerzos por contener una mezcla de compunción y pánico que la atenazaba. Su madre le apretó con rabia la mano. Ni se te ocurra llorar, no vamos a darle ese gusto. Se abrió una puerta tras la mampara de vidrio blindado. Imaginó la escena al otro lado; había leído mil veces el protocolo. Vestido de azul, siete cinturones de cuero, la camilla, el director de prisión, los funcionarios y el capellán. Le habrá prometido el cielo. Se le escapó una mueca burlona. En ese momento se abrieron las persianillas y lo vio. Bruce respiraba inquieto, como un crucificado sobre la sábana blanca. Giró el rostro hacia la ventana y habló por el micrófono que pendía sobre su cabeza. Michelle se tapó los oídos. No quería oírle pedir perdón, ni escuchar el llanto de su madre esperando la clemencia del timbre salvador. Veía tras el cristal el sueño que la agitaba cada noche, el rostro enrojecido de lujuria y el robusto cuerpo sobre su hija, penetrándola una y otra vez aquella tarde en la gasolinera. Luego las puñaladas. Ocho. El pecho, la garganta, los brazos, el estomago. Ojalá no te haga efecto el sedante.
¡Lindsay!


  Bruce cerró los ojos y emitió un ronquido. Los tres líquidos corrieron uno tras otro por sus venas. Michelle esperó la confirmación. Luego se levantó, escupió en el suelo y se quitó el reloj.

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